Con sentido

La maldita circunstancia del agua por todas partes

LEONARDO PADURA

I

Uno de mis paseos preferidos, como el de decenas, cientos de miles, quizás hasta millones de habaneros (ahora que somos dos millones) es el recorrido costero que marca el muro del Malecón. En realidad, debo confesar que hace bastante tiempo no lo practico del mejor modo en que debe hacerse, o sea, a pie, sin prisa, al final de la tarde, de este a oeste, en el sentido del tiempo histórico de su desarrollo, desde La Habana Vieja o colonial donde nació la villa hasta el barrio de El Vedado, hacia donde creció a lo largo del siglo XX. En los últimos años, con más frecuencia, hago la travesía a la velocidad del automóvil pero, a pesar del vértigo, la sensación que siempre me deja ese trayecto habanero es confusa y contradictoria, aunque patente. Como una advertencia llena de significados profundos que van más allá de las evidencias físicas visibles.

Me explico. Para los que no conozcan La Habana, mi ciudad, debo decirles que el Malecón constituye una y muchas cosas: es, ante todo, un muro de cemento de alrededor de un metro de altura y sesenta centímetros de ancho, que desde hace un siglo separa al mar de la ciudad. Con orgullo, los habaneros decimos que es el banco de un parque público más largo del mundo, pues una costumbre acendrada resulta la de sentarse en el muro del Malecón, unas veces de frente, otras de espaldas al mar, para tomar la brisa (cuando hay brisa) y practicar uno de los más amados deportes nacionales: el dolce far niente.

Por lo general, quienes se sientan de cara a la ciudad, quieren ver pasar el tiempo, la gente, contemplar la vida de los otros. Los que optan por acomodarse de frente al mar, casi siempre se empeñan en mirar hacia dentro de sí mismos, mientras observan la superficie plana o rizada del océano, un eterno misterio, promisorio como todos los enigmas.

Paralela al muro transcurre una acera de tres, cuatro metros de ancho, por la cual puede ejecutarse ese paseo peatonal, y más allá, una avenida de seis carriles, en la que el recorrido puede realizarse en auto, a velocidades máximas de hasta ochenta kilómetros por hora, mejor si con todas las ventanillas bajadas para dar libre acceso a los efluvios del mar. En la otra banda de la avenida, luego de la consabida acera, están las edificaciones que, en lucha diaria con la agresividad del salitre, disfrutan y sufren de la corrosiva cercanía del océano, al que deben sus diversos aunque seguros grados de deterioro.

Pero la esencia del Malecón habanero no son ni su muro ni su avenida ni sus edificaciones carcomidas, sino la de ser, precisa y evidentemente, la frontera entre la tierra y el mar. Una tierra caliente y un mar que, asomado a la corriente del Golfo de México que sube hacia el océano Atlántico, puede ir de lo apacible a lo furibundo, a veces en un mismo día. Porque la frontera que marca el Malecón no es solo geográfica (tierra y mar), física (sólido y líquido), sino también orgánica y espiritual (adentro y afuera), pues representa la que con mayor evidencia indica a los cubanos, y en especial a los habaneros, lo que ha sido la esencia de una forma de ser, de ver y de vivir la vida: la insularidad. El Malecón constituye el fin de algo y el principio de otra cosa, en dependencia del punto de vista o el estado de ánimo con que se le quiera mirar. Principio o fin de la isla; principio o fin de lo que está más allá, siempre como una promesa más o menos tentadora, más o menos inalcanzable. El Malecón es la constancia material y visual de una condición geográfica, advertida a veces como una fatalidad, a la cual el poeta Virgilio Piñera, en su verso más celebrado y citado, calificó como “La maldita circunstancia del agua por todas partes” (La isla en peso, 1943).

II

El sentimiento y el hecho de la insularidad inapelable que revela y resume el Malecón habanero se hicieron más evidentes y traumáticos porque durante más de cincuenta años los habitantes del país no pudieron moverse con libertad más allá de los límites de la isla. Una de las leyes revolucionarias tomadas en la década de 1960, cuando el gobierno cubano adoptó el socialismo como su sistema político, fue la de controlar de modo estricto el movimiento de sus ciudadanos hacia lo que está más allá del Malecón. Se instituyeron desde entonces figuras jurídicas como el “permiso de salida” que debían conceder las autoridades migratorias cubanas a los que pretendían viajar, o el de la “salida definitiva” el cual significaba la concesión del permiso de partir con la condición de que no se contemplara para nunca jamás el regreso al país natal que se abandonaba. Para hacer más patente esta imposibilidad del retorno, a los que optaban por la “salida definitiva” se les incautaban todos los bienes (casa, auto, objetos materiales, incluida la ropa que no cupiera en dos maletas) que habían sido previamente inventariados por las autoridades. Era un acto radical, como para que el emigrante no quisiera ni tuviera adonde volver, pues de hecho se convertía en un apátrida, alguien que perdía todo derecho ciudadano.

Con aquellas fiscalizaciones y leyes drásticas se pretendió en algún momento controlar la migración masiva de profesionales que desangró al país en los primeros años revolucionarios; más tarde, coartar las ansias posibles de esos profesionales, o deportistas, o funcionarios, o simples ciudadanos, que solo podían trasladarse a probar suerte en otras tierras si les era concedido ese doloroso “permiso de salida” que los convertía en apátridas —personas sin patria...—. Hasta hace poco, con esa ley onerosa, además, se castigaba o se premiaba, se permitía o se impedía: desde el poder se decidía el destino y los deseos de las personas.

Durante más de cincuenta años los habitantes del país no pudieron moverse con libertad más allá de los límites de la isla.

Alejo Carpentier, otro de los grandes escritores cubanos del siglo XX, reflejó en una de sus novelas lo que significa el sentimiento opresivo de la insularidad y los modos de hacerla más patente con la imposibilidad de quebrarla por los barrotes legales impuestos por determinadas leyes. Al principio de una de sus grandes novelas, uno de los personajes habaneros “pensaba, acongojado, en la vida rutinaria que ahora lo esperaba […] condenado a vivir en aquella urbe ultramarina, ínsula dentro de la ínsula, con barreras de océano cerradas sobre toda aventura posible […]. El adolescente padecía como nunca, en aquel momento, la sensación de encierro que produce vivir en una isla; estar en una tierra sin caminos hacia otras tierras a donde se pudiera llegar rodando, cabalgando, caminando, pasando fronteras…”. Y hacia el final de la obra, otro de sus personajes, también habanero, siente que “… seguía preso con toda una ciudad, con todo un país, por cárcel. […] solo el mar era puerta, y esa puerta estaba cerrada con enormes llaves de papel, que eran las peores. Asistíase en esta época a una multiplicación, a una universal proliferación de papeles, cubiertos de cuños, sellos, firmas y contrafirmas, cuyos nombres agotaban los sinónimos de ‘permiso’, ‘salvoconducto’, ‘pasaporte’ y cuantos vocablos pudiesen significar una autorización para moverse de un país a otro, de una comarca a otra —a veces de una ciudad a otra—. Los almojarifes, diezmeros, portazgueros, alcabaleros y aduaneros de otros tiempos quedaban apenas en pintoresco anuncio de la mesnada policial y política que ahora se aplicaba, en todas partes —unos por temor a la Revolución, otros por temor a la contrarrevolución— a coartar la libertad del hombre, en cuanto se refería a su primordial, fecunda, creadora posibilidad de moverse sobre la superficie del planeta que le hubiese tocado en suerte habitar”. Lo curioso es que estos personajes son Carlos y Esteban, dos de los protagonistas de El siglo de las luces (1962), y que sus experiencias se remiten a los años finales del siglo XVIII y primeros del XIX, antes y durante otra revolución: la que se inició en París con la toma de la Bastilla. Lo más significativo resulta, sin embargo, que mientras se publicaba esa gran novela, con esta palmaria denuncia a los encierros territoriales decretados por el poder, en Cuba se ponía en circulación una ley que controlaba férreamente “la libertad del hombre […] [para] moverse sobre la superficie del planeta que le hubiese tocado en suerte habitar”. Terrible conjunción poética.

El hecho de que tanto Carpentier como Piñera, antes de que se aplicaran las leyes revolucionarias destinadas a controlar la emigración, se refirieran de forma tan dramática al sentimiento de encierro que produce la insularidad geográfica y legal (pues El siglo de las luces estuvo terminado dos o tres años antes de su publicación, según atestiguó su autor y el poema “La isla en peso” data de los años 1940) puede explicar mejor cómo se pudo haber manifestado esa condición en un país moderno, de finales del siglo XX y principios del siglo XXI, en donde los ciudadanos dependieron durante cincuenta años de estrictas  autorizaciones oficiales para salir o regresar a su país. Y se entiende mejor qué podía significar en el imaginario nacional la muralla sólida del Malecón habanero y el piélago que ante él se extendía.

Alejo Carpentier, uno de los grandes escritores cubanos del siglo XX, reflejó en una de sus novelas lo que significa el sentimiento opresivo de la insularidad.

Hasta hace apenas un año el sistema establecido en Cuba para viajar al extranjero contemplaba, en lo esencial, cuatro variantes para atravesar las fronteras de la isla. La más común era que el ciudadano formara parte de una delegación oficial o fuese convocado a realizar una labor en el exterior que contara con el apoyo o la venia estatal. Por esta vía viajaban funcionarios, deportistas, periodistas, artistas (los que con mayor libertad nos movíamos, justo es decirlo), y también los cooperantes internacionalistas (Nicaragua, Venezuela, etc.), los soldados que participaron en campañas como las de Angola o Etiopía, en las décadas de 1970 y 1980 o los muchos jóvenes que se instruyeron en universidades del antiguo bloque socialista. La segunda vía era la del viaje personal al que podían acceder, sobre todo a partir de la década de 1980, los cubanos que fuesen invitados por un familiar o amigo a realizar una estancia en el extranjero (algo muy ansiado entre los cubanos mayores de edad con familia en Estados Unidos), para lo cual resultaba indispensable obtener el permiso de salida conocido como “la carta blanca”. La tercera opción era la ya mencionada “salida definitiva”, que podía ser muy complicada si se trataba, por ejemplo, de un profesional con estudios universitarios, que para emprender el viaje sin retorno dependía de que se le concediera una “carta de liberación” en su centro de trabajo, un documento con reminiscente sonoridad a los tiempos de la esclavitud, indispensable para acceder a la otra epístola, la ya mentada “carta blanca” que abría las puertas de salida. Y la cuarta ruta era la de la partida al exilio sin permiso para hacerlo, opción que a su vez se concretaba de dos maneras fundamentales: la “salida ilegal”, casi siempre en embarcaciones rústicas a través del estrecho de La Florida, a la que se lanzaban quienes no obtenían el permiso de salida, la carta de liberación o la visa de otro país, en especial Estados Unidos, y se sentían forzados a emprender una travesía en la que ha muerto una cifra no conocida de cubanos; y la opción de “quedarse”, que podían poner en práctica los que viajaban con permiso de salida y visa (esos funcionarios, deportistas, artistas, estudiantes) y decidían no regresar al país, aun sabiendo que, como castigo, en la mayoría de los casos las fronteras de la isla se les cerraban por tiempo indefinido a “el quedado” (si deseaba regresar) y a sus familiares más cercanos (si deseaban emigrar). Sumadas todas esas alternativas, no deja de resultar curioso que de un país de fronteras casi cerradas por ley, insular por añadidura, salieran tantas personas empleando tan diferentes rutas. El resultado de salidas y fugas ha sido conseguir que en cinco décadas alrededor de la quinta parte de la población cubana se desperdigara por los más recónditos lugares del planeta –incluida Groenlandia…

Solo a principios del año 2013, como parte de la política de cambios emprendida por el gobierno de Raúl Castro, sucesor de su hermano Fidel, la infame figura del “permiso de salida” ha sido al fin abolida, aunque no la de la “carta de liberación” para algunas profesiones y cargos. Durante años muchas voces en Cuba, de personas que, teniendo incluso la posibilidad de viajar hemos decidido vivir en Cuba, reclamaban el restablecimiento de la libertad de movimiento de los ciudadanos del país. Y, luego de anuncios, controversias, advertencias de posibles o seguras limitaciones, la vieja ley migratoria al fin fue modificada y desde enero de 2013, prácticamente la totalidad de las personas pueden viajar a donde lo deseen solo con tener un pasaporte habilitado, y a donde puedan… siempre que les sea concedida la visa de entrada en el país de destino escogido, un trámite que en la mayoría de los casos sigue siendo difícil, incluso, más difícil ahora que los cubanos no necesitan permiso de su gobierno para salir y regresar (o no) a la patria…

Esta nueva coyuntura, que ya ha sido aprovechada por muchas personas con la intención de irse por un tiempo breve o dilatado del país, ha hecho que algunas empiecen a mirar de un modo diferente los cientos de metros de hormigón armado del muro del Malecón… al menos alentadas por un sueño, una posibilidad. Sobre todo, por un derecho.

III

Esa fatídica insularidad “acentuada” que se vivió en Cuba durante medio siglo generó infinidad de traumas de diversa hondura, de uno y otro lado del muro del Malecón.

Cierto es que el exilio, el deseo o la necesidad de partir, forma parte esencial de la historia y la espiritualidad cubanas desde mucho antes de que se construyera el muro del Malecón o se dictaran leyes revolucionarias destinadas a controlar la migración. El primer escritor verdaderamente cubano, José María Heredia (primo del parnasiano francés que, en realidad, era otro exiliado cubano), fue también el primer hombre cubano que sufrió los rigores del exilio, en los tiempos coloniales, a causa de sus ideas independentistas. Desde que se vio obligado a huir de Cuba, a fines del año 1822, Heredia no pudo regresar a su patria hasta el año 1836 cuando, enfermo de tuberculosis y desengañado de sus ideales, se atrevió a pedir un permiso al gobernador español de la isla con la intención de ver por última vez a su madre. El capitán general Miguel Tacón le concedió entonces dos meses de estancia en el país, pero con la condición de que no participara en ninguna actividad pública… Fue en ese largo exilio, vivido en Estados Unidos y México, donde Heredia escribió varios de sus poemas más trascendentes, conformando la primera gran obra lírica de la literatura cubana, la más alta expresión del romanticismo en lengua española. Entre esos poemas siempre se destaca la conmovedora oda “Niágara” (escrita en 1824, recién cumplidos los veinte años), en la que funda la nostalgia por la patria cubana perdida, en versos más que célebres para todos los cubanos, cuando ante la grandeza de las cataratas le pregunta a la naturaleza:

Mas, ¿qué en ti busca mi anhelante vista

Con inútil afán? ¿Por qué no miro

Alrededor de tu caverna inmensa

Las palmas ¡ay! Las palmas deliciosas,

Que en las llanuras de mi ardiente patria

Nacen del sol a la sonrisa, y crecen,

Y al soplo de las brisas del Océano,

Bajo un cielo purísimo se mecen?

Y en el destierro Heredia también escribe el desgarrador “Himno del desterrado”, cuyos versos repitieron los combatientes de las guerras independentistas de la segunda mitad del siglo XIX, y entre los que nos quedaron estas rimas premonitorias del carácter nacional: “¡Dulce Cuba!, en tu seno se miran / En su grado más alto y profundo / La belleza del físico mundo, / Los horrores del mundo moral”.

El más grande novelista cubano del siglo XIX, Cirilo Villaverde, se vio forzado a partir al exilio norteamericano, y uno de los más lúcidos pensadores de ese tiempo, José Antonio Saco, terminaría sus días precisamente en la metrópoli española.

Muy conocido es que otro de los grandes poetas iberoamericanos del XIX, el apóstol de la independencia de Cuba, José Martí, igualmente sufrió el exilio. Pero en la distancia Martí no solo escribió sus mejores páginas, sino que preparó la guerra que al fin conduciría a la independencia de Cuba. Tal vez por tantos años de lejanía forzada, que lo obligaron a cruzar tantas veces el océano en busca de destinos transitorios para vivir y alimentar su proyecto político, Martí escribió en uno de sus versos más conocidos: “el arroyo de la sierra / me complace más que el mar”.

Como Martí, Heredia, Villaverde y Saco, a lo largo de dos siglos decenas de escritores cubanos, incluidos Alejo Carpentier y Virgilio Piñera, se vieron impulsados, voluntaria o involuntariamente, a partir al exilio en determinados momentos de la historia cubana, convirtiendo la distancia física en una constante de la literatura nacional. Luego, con la voltereta histórica que siempre implica una revolución, otra gran cantidad de escritores decidieron partir, antes o después, la mayoría de ellos para no regresar jamás: Severo Sarduy, Guillermo Cabrera Infante, Reinaldo Arenas entre los más conocidos. En muchos casos, la parte más nutrida y significativa de sus obras se escribió en la distancia y, en muchísimos casos, con la mirada y el alma puestas en la tierra que comienza o termina con el muro del Malecón.

Ha habido, sin embargo, escritores cubanos que han hecho de la “maldita circunstancia del agua por todas partes” y de prohibiciones o dificultades para cruzar las fronteras del país, la esencia de su vida y su literatura. Quizás el caso más significativo y sostenido sea el del poeta y novelista José Lezama Lima, uno de los grandes autores del siglo XX iberoamericano, quien apenas salió una vez de Cuba: a la vecina isla de Jamaica. Toda su vida, pues, transcurrió en esa Habana cercada en su vertiente norte por el muro del Malecón, la ciudad en la que Lezama se declaró un “viajero inmóvil” mientras se trasladaba a otros mundos perdidos, exóticos, ideales, a través de sus lecturas. Su obra, no obstante su afincamiento físico en la isla, es la menos típicamente cubana que se pueda concebir, en cuanto a densidades, lenguajes, pretensiones: junto a Carpentier, que persiguió de manera ostensible lo universal como fundamento de su estética, Lezama lo alcanzó por la distancia poética que colocó entre su chata realidad cotidiana de funcionario público y su mirada golosa de hombre sin fronteras culturales ni temporales.

IV

La insularidad que simbólica y físicamente revela la serpiente pétrea del Malecón no ha perdido su sentido por un favorable y reciente cambio de leyes. Cierto es que la libertad ganada por los ciudadanos cubanos con una política migratoria que casi llega a la normalidad universal, ha bajado tensiones, ha engendrado esperanzas, incluso ha concretado sueños de viajeros que no pretendían la voluntaria inmovilidad lezamiana. No obstante, ir más allá de lo que encarna el más famoso y concurrido paseo habanero y cubano, sigue siendo un reto para unas personas a las que, en su inmensa mayoría, les está vedada la posibilidad económica de viajar como turistas y a las que, en muchos países de posible estancia o destino, las miran en sus consulados habaneros con caras de “potenciales inmigrantes” y se les exigen los más diversos documentos para obtener un visado. El Malecón sigue ahí, firme en sus cimientos esenciales, testimonio —para algunos— de una fatalidad geográfica.

Pero el hecho de haber nacido y vivido en una isla y, por tanto, sentirse rodeado de “la maldita circunstancia del agua por todas partes” genera otros muchos efectos espirituales y materiales.

Si bien, como antes he puesto en evidencia, una parte muy notable y abundante de la literatura —y en general de la cultura— cubana se ha hecho fuera de las cuatro paredes de la isla, para el escritor cubano de los últimos cincuenta años que, por la razón que fuere, haya decidido permanecer en su tierra, el mundo exterior le ha resultado un destino de difícil acceso literario.

La frontera física del Malecón también fue, hasta hace apenas veinte años, un muro físico para las aspiraciones de mostrarse literariamente los autores del país. Otra ley, o disposición, o regulación (sabe Dios cómo se llamaba) obligaba a los escritores a comercializar sus obras con editoriales del mundo a través de una agencia literaria, adjunta al Ministerio de Cultura, la única instancia autorizada para gestionar ediciones y cobrar contratos y regalías. Dominada por la ineficiencia, la ortodoxia política, las lentitudes burocráticas, la llamada Agencia Literaria Latinoamericana intentaba “vender” a autores y obras en otros países, mientras los creadores debían esperar pacientemente que la institución obtuviera una respuesta afirmativa. De convenirse una edición foránea, entonces el escritor recibía un porciento de las cifras acordadas y, durante años, su dinero le llegaba ya cambiado en pesos cubanos que solo le servían para sufragar gastos del lado de acá del muro del Malecón.

Otra voltereta histórica comenzó a cambiar esa situación. Por suerte para algunos, por desgracia para muchos, en los años noventa, tras la desaparición de la Unión Soviética, en Cuba se comienza a vivir una crisis económica tan profunda que a las paredes más sólidas se les hicieron grietas… y por una de ellas se deslizaron los escritores cubanos en su búsqueda individual y desesperada de editores fuera del país.

El empeño, que al principio llenó a tantos de ilusiones, fue, sin embargo, degradado por la realidad: lo que los cubanos creían importante, renovador, interesante, atractivo no lo fue para la mayoría de las casas editoriales de la lengua —menos para las de otros idiomas— y la insularidad literaria cayó como un fardo sobre las pretensiones de muchos autores que no pudieron atravesar el muro del mercado, cuando más, debieron conformarse con seguir publicando en Cuba —si podían— o en sellos pequeños o marginales del ancho mundo que está más allá de los mares que rodean la isla.

La insularidad genera también un efecto benéfico: el del sentido de pertenencia.

Quizás la explicación a este fracaso sea tan simple como que los encierros dilatados, la insularidad física y mental, tienen el efecto secundario e indeseable de provocar el localismo, o sea, la mirada centrada, concentrada, en lo interior. El propio Carpentier, citando a Unamuno, alguna vez lo advirtió refiriéndose a la cultura de todo el continente latinoamericano: la esencia del arte es “hallar lo universal en las entrañas de lo local”. Pero, ¿cómo asomarse a lo universal desde la convivencia continuada y autofágica con lo local? ¿Cómo ver lo que hay más allá del mar si, por generaciones, de esos sitios solo se han entrevisto flashazos, muestras autorizadas a exhibirse por una política también restrictiva de lo que puede o no consumir política y culturalmente un habitante de la isla? Los encierros físicos, por supuesto, pueden terminar provocando encierros mentales. Incluso castraciones. No todos los inmovilizados pueden convertirse en viajeros como Lezama Lima, porque, entre otras razones, no todos somos Lezama Lima. Ni mucho menos.

V

La insularidad genera también un efecto benéfico: el del sentido de la pertenencia. Creo que pocos habitantes del mundo han desarrollado un sentimiento de pertenencia tan fuerte como el cubano —aunque seguramente estoy equivocado, creo y quiero verlo así—. Quizás la muestra más patente de esa cualidad esté no en los cubanos que permanecen en la isla, sino, por cierto, en los que, a veces con muchos trabajos, sacrificios y riesgos, optaron por la distancia del exilio. Un viejo amigo, escritor cubano radicado en España desde hace dos décadas, me expresó esa realidad con estas palabras: “el problema de los cubanos es que ni huyendo de Cuba salimos de Cuba”. Algo así fue lo que les ocurrió a los independentistas Heredia y Martí en el siglo XIX; lo mismo les ocurrió a Guillermo Cabrera Infante y a Reinaldo Arenas en sus destierros políticos recientes, cuando siguieron escribiendo sobre Cuba y “en cubano”, mientras se enquistaban en un odio permanente hacia el sistema político del país e, incluso, contra muchos compatriotas por el solo hecho de haber decidido permanecer en la isla. Fue lo que le ocurrió a Eliseo Alberto, más cubano en la distancia y capaz de asegurar: “nadie quiere a Cuba más que yo”.

Muchas, demasiadas veces, los periodistas de diversas partes del mundo me han preguntado por qué yo he decidido seguir viviendo en Cuba, cuando tengo editoriales que publican mis libros en veinte países, productores de cine en media Europa con los cuales he trabajado o trabajo, incluso, poseyendo la ciudadanía española (y el consabido pasaporte que abre tantas puertas) que, por acuerdo del Consejo de Ministros, me concedió el Reino de España… Y la única respuesta posible ha sido siempre una y la misma: porque soy cubano, un escritor cubano, que escribe sobre Cuba y los cubanos y que, por decisión y voluntad propia ha decidido —incluso en los momentos más duros de mi vida y de la vida del país, como esos desoladores y hambreados años noventa— permanecer viviendo y escribiendo en Cuba. Y es que el sentido de la pertenencia no solo me ata a mi país, a mi ciudad (con su Malecón y su muro), a mi barrio (vivo en el mismo sitio donde nací), sino que me advierte de algo mucho más complicado: que nunca voy a ser otra cosa que un escritor cubano y que, de vivir en otro sitio, sería uno de esos cubanos que nunca podría “salir” de Cuba.

Tal vez el hecho de haber nacido en un barrio periférico de La Habana, una especie de pequeña villa con relativa independencia de la ciudad (en mi barrio teníamos de todo, excepto funeraria y cementerio), de ser miembro de una de las familias fundadoras de la localidad, alimentó mucho ese sentimiento de pertenencia a un territorio que desde la única colina del barrio resultaba visible en su totalidad, que en cualquier sitio donde estuviera, me pertenecía en su totalidad.

Pero lo decisivo, creo, es que un escritor es su cultura, que incluye ante todo la lengua y el modo en que se utiliza esa lengua, pero también las infinitas referencias y circunstancias propias de una identidad –lo que he ido llamando pertenencia, quizás porque tiene un matiz más fatal, más inapelable, más insular... La música cubana, la desastrosa gastronomía nacional, la pasión por el beisbol, el clima y el paisaje, el modo de actuar, pensar y amar de las gentes y hasta la “maldita circunstancia del agua por todas partes” forman los ladrillos de un espíritu singular que el escritor aprehende una sola vez, a menos que sea un trashumante o un hombre partido por dos culturas, como, en nuestro caso, ocurre con algunos de los llamados escritores cubanoamericanos, nacidos allá o acá, cultores de la lengua de allá o acá, permeados de reminiscencias históricas y de conciencia de acá y de allá.

Tener voz y no utilizarla puede ser un pecado, más en un país como Cuba.

Pero el fuerte sentimiento de pertenencia de que gozamos o padecemos los cubanos, más las imposibilidades sostenidas durante décadas para movernos por el mundo según nuestro albedrío, han sedimentado en muchos de los escritores cubanos (y en mí específica y profundamente), una relación de dependencia con un medio sin el cual nos sería (me sería) muy difícil seguir siendo escritor, a juzgar por lo que conozco gracias a mis lecturas y también a muchas conversaciones públicas y privadas… O si no, ¿por qué Cabrera Infante y Reinaldo Arenas seguían escribiendo sobre Cuba, sobre su vida en Cuba? ¿Por qué escritores cubanoamericanos como Cristina García concibe una novela titulada Dreaming in Cuban y Óscar Hijuelos, el más exitoso y reconocido de esos autores, ganador de un Pulitzer, alcanzó su gran notoriedad con una novela hecha de recuerdos familiares y voluptuosidades cubanas como The Mambo Kings…?

Escribir sobre Cuba y sobre los cubanos que han sido y los que ahora somos es una misión fatal que me acompaña, pero que acepto con algo más que resignación. Lo acepto porque no puedo dejar de hacerlo —como el hecho de vivir en un país con “la maldita circunstancia del agua por todas partes”— pero sobre todo, porque quiero hacerlo. Tener voz y no utilizarla puede ser un pecado, más en un país como Cuba. Vivir dentro de la isla constituye, en cambio, una decisión, un ejercicio del albedrío, que he aceptado de forma voluntaria, porque quiero seguir siendo alguien que viva cerca de mis nostalgias, mis recuerdos, mis frustraciones y, por supuesto, de mis alegrías y mis amores. Aun cuando no practique con demasiada frecuencia algunas de esas sensaciones y revelaciones, como esa de caminar al final de la tarde por el Malecón, sentarme en su muro de frente a la ciudad a ver la vida, o de frente al mar a verme a mí mismo y a pensar que más allá del océano hay un mundo que he tenido la suerte de conocer y disfrutar, pero que no me pertenece, y a volver a sentir que, del muro hacia dentro, hay un país que, a pesar de leyes y prohibiciones que han llegado a hacerlo hostil, me pertenece. Y al que yo le pertenezco.

La apasionante conquista del mar Caribe se produjo durante el transcurso de más de cuatro milenios con el paso de diferentes grupos aborígenes que, por diversos factores, se trasladaron desde las costas continentales hacia las islas antillanas. 

Se desconoce si, como medio de transporte, las etnias más arcaicas emplearon rústicas balsas formadas por troncos de árboles amarrados con bejucos o cuerdas, o si, en cambio, ya usaban la canoa, embarcación monóxila construida a partir de un tronco ahuecado y utilizada profusamente por los habitantes de las selvas orinoco-amazónicas que pasaron desde las costas de Venezuela, alcanzando primero la isla de Trinidad para desde ahí continuar a las restantes islas.

Lo cierto es que, antes de la llegada de las naves españolas capitaneadas por Colón y los hermanos Pinzón que atravesaron el Atlántico en busca de nuevas tierras, los aborígenes de Suramérica se habían desplazado por las aguas del Caribe para poblar las tierras antillanas, estableciendo un dinámico sistema de comunicación e intercambio por medio de sus ágiles canoas.

Así, el mar verde-azulado que circunda el arco insular antillano, lejos de ser un obstáculo divisorio entre las diferentes tribus, se convirtió en su principal vía de enlace y transportación gracias a las habilidades náuticas de los indios, tanto de los continentales como de los antillanos.

El historiador Roberto Cassá valora la utilidad de la canoa, señalando que contribuyó significativamente a conformar aspectos fundamentales de la cultura taína. “Sobre todo, creaba la posibilidad de regulares contactos e intercambios culturales de grupos taínos de islas diferentes y, ocasionalmente, con grupos continentales”1. A este respecto, en su Historia de las Indias, fray Bartolomé de las Casas, quien fue testigo presencial de la conquista del Higüey, informa cómo los indios de este cacicazgo, situado en el extremo oriental de la isla Española, se comunicaban con la cercana isla de Boriquén, hoy Puerto Rico: “[…] y no hubiese sino 12 ó 15 leguas de distancia, cada día se iban en sus canoas o barquillos los de esta isla a aquélla y los de aquélla a ésta venían y se comunicaban, y así pudieron bien saber los unos y los otros lo que en la tierra de cada uno había”.

Los taínos utilizaron las canoas y los cayucos, tanto en la navegación fluvial como marítima, para sus menesteres de pesca y práctica del comercio, al igual que para sus desplazamientos guerreros o como simple medio de transporte.

De modo que la canoa contribuyó en épocas precolombinas a desarrollar un verdadero diálogo y al establecimiento de un lenguaje interinsular, como se desprende de la afirmación de Andrés Bernáldez, mejor conocido como el Cura de los Palacios, quien al poco tiempo del descubrimiento de América, y luego de haber oído personalmente las experiencias del Gran Almirante, señaló con marcado asombro que “en tantas islas no haya diversidad de lenguas”, lo que podía deberse al “navegar, que eran señores de la mar. Y por eso en la[s] de Canarias no se entendían, porque no tenían con qué navegar, y en cada isla había una lengua”2.

El testimonio de Colón 

El propio Cristóbal Colón pondera elocuentemente en su Diario del primer viaje —lo mismo que en su célebre “Carta del Descubrimiento”, dirigida a Luis de Santángel, escribano de ración de los Reyes Católicos— la facilidad y buena disposición que tenían los indígenas antillanos para la navegación cuando indica que eran “hombres que navegan todas aquellas mares, que es maravilla la buena cuenta que ellos dan de todo”, y que con sus canoas “navegan todas aquellas islas, que son innumerables, y tratan sus mercaderías”.

Como experto en el arte de navegar, Colón se esmera al describir las embarcaciones autóctonas: “Ellos vinieron a la nao con almadías, que son hechas del pie de un árbol, como un barco luengo, y todo de un pedazo, y labrado muy a maravilla según la tierra, y grandes en que en algunos venían 40 y 45 hombres. Y otras más pequeñas, hasta haber de ellas en que venía un solo hombre. Remaban con una pala como de hornero, y anda a maravilla. Y si se les trastorna, luego se echan todos a nadar y la enderezan y vacían con calabazas que traen ellos”. El descubridor de América se asombra, además, de su abundante presencia entre las comunidades indígenas cuando frente a la costa norte de Haití, en el cacicazgo de Guacanagari, tuvo un impresionante recibimiento de “más de ciento veinte canoas que vinieron a los navíos, todas cargadas de gente, y todos traen algo, especialmente de su pan y pescado y agua en cantarillos de barro y simientes de muchas simientes que son buenas especias”.

Al principio, Colón llamó “almadías” a estas primitivas embarcaciones, pero después aceptó plenamente el término taíno de canoa, consignándolo de forma reiterada en sus informes, lo que ocasionó que fuera el primer vocablo americano incorporado al idioma español, al ser incluido como palabra nueva en el Vocabulario español latín de Antonio de Nebrija en 1493, la cual alcanzó igualmente difusión en otros idiomas europeos.

Las reiteradas referencias hechas por el Gran  Almirante al desplazamiento de los indígenas en sus prácticas embarcaciones monóxilas han motivado a los estudiosos del periplo colombino a considerar la canoa como una de las claves de aquel primer derrotero por las aguas del Caribe, ya que, gracias a las indicaciones de los indios, Colón fue capaz de guiarse por los mares del Nuevo Mundo en sus viajes de exploración y descubrimiento3.

Precisamente a bordo de una canoa, Diego Méndez, el leal compañero de Colón, protagonizó su legendaria hazaña de cruzar desde Jamaica a Santo Domingo, con el objetivo de pedir auxilio para el desdichado Almirante y su tripulación cuando, al final del calamitoso cuarto viaje, se  varados en las playas jamaiquinas con las naves deshechas.

La proeza náutica realizada por Méndez fue tan celebrada que, poco antes de morir, mandó que en la lápida de su tumba figurase la imagen de una canoa.

Las canoas y los cayucos continuaron utilizándose intensamente durante la época colonial. Y todavía a principios del pasado siglo XX el puerto de Santo Domingo estaba atestado de canoas de variados tamaños, en las cuales los campesinos llevaban sus productos a través del río Ozama para suplir de víveres, frutas y carbón a los vecinos de la ciudad capital.

Vector de intercambio y unión

Con la finalidad de demostrar el conocimiento marítimo alcanzado por los indígenas antillanos y la utilidad de las canoas en la navegación, no solo en la de cabotaje sino también en la de mar abierto, el geógrafo y comandante revolucionario cubano Antonio Núñez Jiménez —en el marco de la conmemoración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América— se propuso reeditar el desplazamiento geográfico de los primeros pobladores de las islas antillanas partiendo desde las zonas orinoco-amazónicas, aprovechando el curso de las corrientes y la orientación de las estrellas.

La expedición llamó la atención sobre la existencia de un mundo autóctono antes de la llegada de los europeos y los contingentes africanos. Aunque lo más relevante de esta singular y riesgosa travesía fue imaginarse el Caribe sin las tensiones políticas y los fuertes contrastes económicos y sociales que hoy fragmentan a nuestros pueblos, al extremo de encontrarnos actualmente más desunidos que hace cinco siglos, cuando los nativos se impulsaban libremente en canoas a través del mar.

En un Caribe fraccionado por barreras lingü.sticas, ideológicas y políticas, la imagen retrospectiva de los desplazamientos indígenas en sus canoas por el islario antillano nos convoca a reflexionar sobre nuestro legado prehispánico.

Los actuales pobladores de las Antillas procedemos de muy diversos y remotos lugares, y muchos de nuestros antepasados llegaron en grandes canoas trasatlánticas impulsadas por velas o vapor. Tenemos —como ha dicho Julia Álvarez en País Cultural— una hibridez y movilidad multirracial, multicultural y multifacética creada a partir de sucesivas migraciones.

Formamos una sorprendente amalgama de pueblos que tuvo como punto de partida las ondas migratorias nativas. Por eso, la canoa constituye un símbolo de interconexión y unidad que despierta un sentimiento muy íntimo de fijación local y representa un claro exponente de las profundas raíces que sustentan las identidades fluidas del Caribe.

Tal vez, intentar unificar los distintos países que conforman el arco insular antillano en un espacio sin fronteras tan solo sea una utopía. Pero puede lograrse. Un ejemplo de tal posibilidad lo constituye la Unión Europea. El propio descubrimiento de América dio vuelos al pensamiento utópico, donde nuevos espacios, nuevas gentes, nuevas formas y posibilidades de vida se conocieron y se integraron para siempre, uniendo a dos partes de la humanidad que hasta entonces estuvieron viviendo de espaldas.

A fin de cuentas, nuestras islas del Caribe tienen derecho a enrumbarse dentro de un nuevo orden geopolítico que trascienda las fronteras nacionales y se coloque por encima de las diferencias que nos segregan para beneficio socioeconómico y cultural de sus pueblos. Aunque parezca una utopía, vale la pena imaginar la concretización de la unidad antillana anhelada por Betances, Martí, Gómez, Hostos y Luperón.

1. Roberto Cassá, Los taínos de La Española, Santo Domingo, Ediciones de la UASD, vol. CLXV, 1972, p. 92.

2. Andrés Bernáldez, Memorias del reinado de los Reyes Católicos, edición y estudio de Manuel Gómez-Moreno y Juan de M. Carriazo, Madrid, 1962, cap. CXVII, p. 276.

3. Antonio Núñez Jiménez, El Almirante en la tierra más hermosa. Los viajes de Colón a Cuba, Diputación Provincial de Cádiz, Jerez de la Frontera, 1985, p. 17. Véase del mismo autor En canoa del Amazonas al Caribe, Imprenta Amigo del Hogar, Santo Domingo, 1992.

Pictografía de canoa taína. Cueva de Hoyo de Sanabe.

Inmigrantes: mutantes andantes

JOSÉ DEL CASTILLO

En los primeros 40 años tras el ajusticiamiento de Trujillo —nieto de ibero y biznieto de haitiano— cuatro hijos directos de inmigrantes protagonizaron la escena política dominicana. Tres de ellos alcanzaron la presidencia de la República: Juan Bosch Gaviño, descendiente de catalanes y gallegos (con escala borinqueña); Joaquín Balaguer, de padre puertorriqueño apellidado Balaguer Lespier de ancestro catalán y madre dominicana (Ricardo Heureaux) de ascendencia haitiana, prima hermana del dictador decimonónico Ulises Heureaux; y Jacobo Majluta Azar, de impronta libanesa por ambos costados. Balaguer gobernó por 22 años, constituyéndose en el arquetipo de estadista que se mantuvo en el poder, gravitando hasta el último momento de su vida al incidir en la reposición de la reelección en la reforma constitucional del 2002.

Bosch, cabeza del experimento de reformas democráticas tras la decapitación de la dictadura, solo ejerció por siete meses en 1963, depuesto por un golpe de Estado en una convulsionada década que nos deparó la guerra civil y la intervención militar norteamericana del 65. Fundador de dos partidos democráticos modernos y pedagogo político por excelencia, fue catalogado por sus adversarios conservadores en la contienda electoral del 62 como “el extranjero”, en alusión a sus ancestros y a sus 25 años de exilio. Majluta —su ministro de Finanzas de 27 años— llegó a la vicepresidencia y culminó el período constitucional de Antonio Guzmán (1978-82), gobernando por mes y medio.

El cuarto político hijo de inmigrantes es José Francisco Peña Gómez —a quien Bosch dedicó su obra Crisis de la Democracia de América en la República Dominicana—, quien nunca logró instalarse en el Palacio Nacional, pese a su formidable liderazgo de masas, verba mesiánica y excepcionales relaciones que le llevaron a la cúpula de la Internacional Socialista y la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina y el Caribe (COPPAL). De ascendencia haitiana y librado del “corte” de 1937 cual Moisés amparado por familias criollas, fue frenado en las urnas en 1994. Y otra vez en 1996, por una coalición sin precedentes, el Frente Patriótico que unió al izquierdista PLD con el conservador PRSC. Así como por el nuevo sistema de doble vuelta electoral que obligaba a obtener mayoría absoluta. Bajo el modelo anterior de mayoría relativa, su 46% en la primera vuelta le habría franqueado cómodamente el acceso al poder. En su suerte gravitó la reluctancia de segmentos del electorado a la idea de ser gobernados por un dominicano con raíces haitianas —justo el grupo étnico menos valorado—, pese al mérito de ser “un hombre que se hizo a sí mismo”.

Un joven político mulato claro poco conocido, discípulo de Bosch, académico talentoso dotado del ángel de la comunicación, fue —como estilaba decir Balaguer— “el instrumento del destino” para dar nuevo giro al curso de la historia. Leonel Fernández, al ascender a la presidencia en 1996, clausuró el ciclo político dominado por los hijos de los inmigrantes. Para iniciar una nueva etapa hegemonizada por un miembro retornado de la diáspora, al proceder él, al igual que su madre, de la hornada de emigrantes dominicanos que se radicaron en New York en las últimas décadas a partir de los 60. De los últimos 20 años, ha gobernado 12.

Estos hechos evidentes son “la obviedad de lo obvioso”, como solía decir mi profesor de Historia de Chile, Carlos Fredes. Nos indican que la dominicana es una sociedad de inmigrantes, de lo cual no cobramos conciencia. Desde hace medio siglo, además, nos hemos convertido en una comunidad de emigrantes que ya supera los dos millones de movilizados, con creciente presencia en Estados Unidos, Puerto Rico, Europa y otros destinos, al grado que más de 800 mil compatriotas “ausentes” retornan anualmente de vacaciones. Parte de la ola de casi seis millones de turistas que recibimos en 2016 de EE. UU, Canadá, Europa y América Latina, que nos identifican como un destino de sol y playa, amén de la más reciente onda de inversiones inmobiliarias como segunda residencia. Agréguese al coctel poblacional la presencia de más de un millón de haitianos y otros extranjeros residentes. Una encuesta nacional de inmigrantes de 2012 proyectó, aparte de nuestros vecinos insulares, otros 10 grupos nacionales procedentes de EE. UU, España, Puerto Rico, Italia, China, Francia, Venezuela, Cuba, Colombia y Alemania. Los venezolanos, con la actual crisis que afecta esa nación, han incrementado su presencia, compitiendo con los haitianos en las esquinas como vendedores ambulantes.

Somos una comunidad de mutantes andantes, como lo son otros tantos grupos humanos que se mueven en el planeta desde un confín a otro portando las más disímiles culturas, obligados a cargar con su propio equipaje hecho de lengua, religión, valores familiares, creencias, hábitos y costumbres,  sellado bajo cierta identidad nacional. Al tiempo que nos vemos precisados a adaptarnos a otros medios, a aprender nuevas lenguas y destrezas tecnológicas, a adherirnos a credos distintos y a regirnos por disciplinas sociales que obedecen a patrones normados por valores diferentes a los nuestros.

La dominicana es una sociedad de inmigrantes, de lo cual no cobramos conciencia.

Estamos, de algún modo, destinados a mutar, a cambiar, a enriquecernos culturalmente, a adoptar reglas funcionales a la sobrevivencia en un mundo cada vez más globalizado. Y en determinados casos, a asimilarnos a culturas más fuertes y hegemónicas. Por eso las migraciones modernas condensan con su saga el drama de millones de mutantes andantes. Y nosotros, sin saberlo, estamos en el vórtice de la tormenta demográfica.

Parafraseando a J. F. Kennedy al referirse a la sociedad norteamericana, somos una nación de inmigrantes. El poeta nacional, Pedro Mir Valentín, era hijo de mecánico azucarero cubano y jíbara boricua nacido en las entrañas fabriles de un ingenio. Como mis primos Haza del Castillo, cuyo padre cubano era administrador en el Este. A finales del siglo XIX e inicios del XX, cubanos, puertorriqueños, norteamericanos, ingleses, franceses, italianos, alemanes, fundaron ingenios azucareros y emplazaron las redes del ferrocarril, atrayendo a trabajadores de las Antillas Menores, puertorriqueños y de Haití, así como a comerciantes árabes. Dinamizando varios centros urbanos portuarios, que conocí desde chico acompañando al tío Toño Pichardo Sardá a la inspección sanitaria de los barcos que venían a cargar azúcar.

El poeta nacional, Pedro Mir Valentín, era hijo de mecánico azucarero cubano y jíbara boricua.

Me crié escuchando nombres como Chico Conton, Walter James, Garabato Sackie, Rico Carty, peloteros hijos de inmigrantes de las islas que antecedieron a los Sammy, Duncan, Griffin, Offerman, Rodney, que hoy nos llenan de orgullo por sus hazañas en las Grandes Ligas. Como lo eran la exquisita soprano Violeta Stephen y la polifacética familia Lockward procedente de Islas Turcas, que nos prodigó a Juan, el gran juglar de nuestro romanticismo musical. Iglesias protestantes, logias de odd fellows, sociedades mutualistas, gremios, bandas musicales. Poetas como Norberto James, pintores como Nadal Walcot y reverendos como Telésforo Isaac. Los bailes de los Guloyas, el crujiente yaniqueque, los domplines y el guavaberry. Las enseñanzas de inglés de Mr. Hodge, quien tocaba el órgano en la Catedral en la misa dominical de La Salle. Todos ellos conjugan contribuciones “cocolas” a nuestra cultura, aún vivas en ciudades como San Pedro de Macorís, donde “los ingleses” poblaron el barrio Miramar, aparte de los bateyes azucareros circunvecinos.

El aporte de inmigrantes lo encontramos por igual en La Romana con el central que lleva su nombre, fomentado por norteamericanos con poblamiento boricua. De ahí la Casa de Puerto Rico. El antiguo sugar town hoy se ha convertido en el epicentro de un formidable desarrollo turístico, sin abandonar el componente azucarero.

En mis años mozos era asiduo de las librerías fundadas por españoles, como Amengual y el Instituto del Libro de Escofett Hermanos. Así como de la Dominicana, dirigida por don Julio Postigo, editor de la colección Pensamiento Dominicano, con más de 50 volúmenes, una de las cabezas de la Iglesia Evangélica. La que fuera casa de mis abuelos paternos en San Carlos —comunidad de origen canario como Baní y otros pueblos—, lo fue del educador puertorriqueño Eugenio María de Hostos hasta su partida hacia Chile en diciembre 1888. Mi madre se educó con las ítalo-descendientes Pellerano, y tuvo como preceptor a Federico Henríquez y Carvajal, don Fed, el Maestro, colaborador de Hostos. Los Henríquez, con Noel —quien trajo de Curazao su arca prodigiosa a mediados del siglo XIX—, nos aportaron a los hijos de Israel en versión sefardita: Federico, Francisco, Enrique, Enrique Apolinar, Pedro, Max, Camila, Francisco (Chito) y Federico (el Gratereaux), de trascendente significación en la cultura dominicana y las letras hispanoamericanas. Otros sefarditas, como los Marchena, nos dieron comerciantes y políticos, y a un exquisito músico y diplomático como don Enrique. Haim López-Penha Marchena dio brillo a la masonería, legando una historia de esta institución que dirigió. Carlos Curiel, un agudo periodista, doctor en derecho y catedrático universitario, procedía de esa etnia.

Navegando en el Mar de las Antillas, va Santo Domingo en la cresta de la ola demográfica.

Mi madre —a quien los marines confundían durante la Ocupación con una ‘turquita”— convivió en su infancia en El Conde con las familias árabes —Terc, Brinz, Azar— que en la década del diez del siglo XX se asentaron en los contornos del Baluarte. Yo, desde niño, acudía a las fiestas del Club Sirio Libanés Palestino, del cual soy socio. Y recogía en la guagua de La Salle en la Avenida Mella a los Selman, Scheker, Yeara, Dauhajre, Jana, Decaran, Lycha, Mauad, Alma, Nader, Záiter. Estos hijos de inmigrantes que hicieron un fuerte en el comercio en Santo Domingo, Santiago, San Pedro, La Romana, San Francisco, San Juan, con sus ofertas agresivas, derivaron —sin renunciar a los negocios, tal los Lama— hacia las profesiones, descollando como médicos, ingenieros, arquitectos, economistas. En la milicia destacó Wessin. Otros en la política. Rectores en la UASD: Kasse Acta, Cury, Tolentino Dipp, Rosario Resek. Hazim Azar fundó la Universidad Central del Este y Abinader la O&M. Un Haché encabeza UNAPEC. Luis Scheker preside la Academia de Ciencias. Estrella Sadhalá presidió la Junta Central Electoral.

Acompañaba a mi progenitora a realizar la compra en la Casa Pérez, el Colmado Nacional o en la Casa Velázquez. A buscar pan y galletas en la Panadería Quico o provisiones en los almacenes de Adelino Sánchez y Bello Cámpora. Recalábamos en el Bar América a degustar helados y tostadas. Así como en las tiendas de tejidos Cerame, La Opera, González Ramos, El Palacio. Todos negocios de españoles, como el almacén de Manuel Corripio, donde adquiríamos materiales de construcción o la Ferretería Morey o la Cuesta. En El 1 y 5 de Paliza saboreaba buen café expreso o en La Cafetera de don Benito Paliza, apellido sinónimo de excelencia cafetalera. Como Munné y Cortés de chocolate. Y ahora, Rizek.

La Casa de España, el Centro Español de Santiago y el de San Pedro integraron a la comunidad peninsular, clave en el comercio de provisiones, textiles, ferretero, en la industria, la agricultura, y hoy la hotelería. Bajo Trujillo, dos olas inmigratorias causaron impacto. Los republicanos tras la guerra civil, en 1939, influyeron en la educación, las artes, el periodismo, la literatura, los oficios y las instituciones. Y los agricultores asentados a mediados de los 50 en varias localidades, entre ellas Constanza, donde también se habilitaron colonias agrícolas de húngaros y japoneses. Sacerdotes y monjas reforzaron estas corrientes.

Prota, Di Carlo y Abramo equivalían a relojería y joyería en El Conde. Como Svelti a papelería, Ferrúa a litografía, Bolonotto a dulcería industrial, Bonarelli en el Malecón a pizzería y pastas. En torno al Palacio Nacional crecí con los hijos de D’Alessandro, el arquitecto que acometió dicha obra. Al igual con los Rímoli. Iba a misa oficiada en Don Bosco por el salesiano Enrique Mellano, director del colegio, cuya orden fue traída por Ricardo Pittini. En La Salle, los Capano, Rainieri, Marranzini, Marra, Cambiaso, Pittaluga, Piantini (mis primos), Bonetti, Bonarelli, muestra de la impronta italiana. Mi abuela materna, Emilia Sardá Piantini, descendía de inmigrantes catalanes e italianos. Hacendosa fuente de conservación de valores y tradiciones. Entre ellos honestidad, sentido de organización y ahorro. Artífice de polenta rellena y sabrosas arepas.

Los chinos —que llegaron a inicios del XX— sentaron plaza en la gastronomía y hotelería, lavanderías, hortalizas, siembra de arroz y bambú (Dr. Yin Tieh Hsieh), abrieron reposterías y joyerías, mueblerías de bambú y ratán. Incursionaron en zonas francas industriales, supermercados y tradings. Hoy cuentan con un Barrio Chino, dominan las importaciones en la avenida Duarte y la venta de pollos rápidos. Su descendencia se ha multiplicado en las profesiones. Médicos, economistas, publicistas, ingenieros, músicos, historiadores son segunda generación de aquellos inmigrantes esforzados. La Academia de la Historia ha sido presidida por José Chez Checo y actualmente por Mu-Kien Sang Ben. En mi adolescencia frecuentaba el restaurante Meng, famoso por su chicharrón de pollo y pasteles de ciruela. Y más tarde el Mario (de Mario Chez), de calidad suprema.

A inicios de los 40, los judíos de Sosúa desarrollaron la industria láctea con sus quesos y mantequilla, y la cárnica con jamones, mortadela y salchichón. Una experiencia pionera.

Nuestros vecinos occidentales —que dominaron el país entre 1822-44— incrementaron su presencia bajo la ocupación americana de ambas naciones, laborando en los ingenios y en las obras públicas, sectores donde todavía predominan. En las últimas décadas suplen la fuerza de trabajo en las cosechas de arroz y café, la ganadería, la construcción y oficios domésticos, ventas callejeras. El estatus ilegal de la mayor parte de esta inmigración ha sido fuente de conflicto, al presionar servicios públicos como los hospitales. Por demás, una porción creciente de jóvenes haitianos cursa carreras universitarias en el país, mientras otros son asimilados en zonas francas y complejos turísticos. Algunos de segunda generación figuran enrolados al béisbol en las ligas americanas. En nuestra cultura es evidente la influencia del vudú en determinados niveles, así como la presencia del gagá en Semana Santa y en las comparsas del desfile nacional del carnaval. La pintura naif haitiana hace décadas suple al turismo que nos visita, mientras las mujeres de esta etnia trenzan el pelo en los resorts e intercalan cuentas de colores a la sombra de un cocotero.

Un ciclo parece haberse cumplido, desde que Juan Bosch retrató en su cuento “Luis Pie” el drama del bracero haitiano atrapado entre las llamas en un cañaveral del Este, acusado injustamente de haber provocado el fuego, y la proeza de Luis Pie, el joven medallista dominicano de origen haitiano que obtuvo la única presea para el país en las Olimpíadas de Río 2016, convertido en ídolo nacional.

Así, navegando en el Mar de las Antillas, va Santo Domingo en la cresta de la ola demográfica.

El mar, la nación y lo sublime en el Santo Domingo de fin de siglo

Médar Serrata

En el cuadro Duarte contemplando el nacimiento de la República (1890), del pintor dominicano Luis Desangles (1861-1940), el fundador de la nación dominicana aparece sentado frente al mar. Apoyado sobre la mano izquierda, bajo la cual figura un pergamino abierto, con la derecha Duarte protege sus ojos del resplandor que ilumina la parte superior izquierda del cuadro. La luz proviene de una escena que se desarrolla sobre el horizonte, al otro lado del mar: se trata del Baluarte de San Genaro, también conocido como Baluarte del Conde, que surge de entre las nubes como el sol al amanecer. Una bandera tricolor, apenas visible, ondea sobre la estructura, donde se proclamó la independencia dominicana de 1844. Asombrado por el magnífico espectáculo, Duarte no se percata de la figura femenina que aparece a sus espaldas, suspendida en el aire, vistiendo una túnica con la forma de la bandera dominicana. Esa túnica la identifica como el espíritu de la nación. En una mano sostiene un libro abierto, y en la otra una corona de laurel, que se apresta a colocar sobre la cabeza del Padre de la Patria.

Cabe señalar que Duarte observa el fruto de su obra desde la distancia, en la más absoluta soledad, frente a un mar de color sombrío que parece cercar al héroe, confinándolo a una tierra extraña. Esta manera de representar el paisaje marítimo alude a la noción de lo sublime, la mezcla de terror y fascinación ante el espectáculo de la naturaleza que fue uno de los temas recurrentes del arte y la literatura del romanticismo. Implícita en el cuadro de Desangles está la idea del mar como un lugar amenazante, repleto de peligros. Idea que se ve confirmada por los restos de un naufragio, en la parte inferior izquierda del cuadro, en lo que podría interpretarse como una metáfora de las vicisitudes políticas que alejaron a Duarte del suelo natal. El mar une así la concepción de lo sublime —que define la relación entre el sujeto romántico y una naturaleza avasallante— al carácter inestable, e incluso turbulento, de la vida nacional. Este vínculo entre la expresión de lo sublime y el sentimiento nacionalista informa el tratamiento del mar en la literatura dominicana del siglo XIX, convirtiéndolo en un reflejo de las luchas políticas que se libraban en tierra.

La significativa iconografía de este cuadro es apropiada para iniciar el análisis de algunos textos dominicanos, incorporándolos al caudal de obras literarias y artísticas inspiradas por la perenne fascinación del mar. En efecto, el deseo de representar el mar atraviesa múltiples culturas y períodos históricos y ha inspirado una gran variedad de obras de géneros diversos. Como señala Charlotte Mathiesson, en la introducción al volumen de ensayos Sea Narratives: Cultural Responses to the Sea (2016), diarios, cartas, libros de viaje, novelas, poemas, dramas y documentos científicos han captado las múltiples maneras en que los seres humanos se relacionan con el mar, representándolo como un lugar enigmático colmado de peligros, un espacio repleto de posibilidades o una zona de contacto y de conflicto. Alain Corbin, en su importante libro Territorio del vacío: El Occidente y la invención de la playa (1993), rastrea el origen de ese rechazo a El Libro del Génesis, que impuso la idea del “gran abismo”, un lugar de misterios insondables, imagen del infinito, sobre el cual se movía el espíritu de Dios. Filósofos medievales como San Agustín, San Ambrosio y San Basilio creían que el mar era un residuo de la materia de la creación, remanente del caos primigenio. Tratar de penetrar en su misterio constituía un sacrilegio comparable al de intentar comprender la naturaleza de Dios.

Para los griegos de la antigüedad, el mar se ofrece como un signo ambiguo: lejos de la tierra, es un lugar donde las cosas desaparecen para no volverse a ver jamás; próximo a la costa, es un agente de purificación. Esta ambivalencia permea las literaturas europeas hasta mediados del siglo XVIII, cuando la actitud de rechazo hacia el mar empieza a cambiar. Los baños de mar, antes considerados insalubres, adquieren propiedades terapéuticas y surgen los sanatorios en las ciudades costeras. Este cambio se ha atribuido a una reacción contra la vida urbana y contra la explotación del paisaje para la agricultura. A diferencia de la tierra, el mar no podía ser sometido a control para investirlo de propósitos morales. John Mack, autor de The Sea: A Cultural History (2011), sostiene que fue así como, junto a las montañas escarpadas, esa masa inestable llegaría a convertirse en depósito ideal del sentimiento de lo sublime.

La imagen del mar como expresión de lo sublime se manifiesta en los escritores dominicanos del siglo XIX, muchos de los cuales vivieron la experiencia del viaje marítimo a bordo de las naves que los llevaban al exilio, en los frecuentes períodos de turbulencia política, o los traían de regreso al país natal, cuando la vida volvía a la normalidad. En la obra de Javier Angulo Guridi, el mar es tanto un reflejo del estado de la nación como escenario de relatos legendarios de clara filiación romántica. Podemos ver un ejemplo en La fantasma de Higüey (1857). El narrador es un exiliado político que regresa a Santo Domingo después de una larga ausencia solo para encontrar que allí le aguardan “penas mayores que las ya pasadas”. Perdida la ilusión de un cambio en la situación política del país, el personaje se abandona a un exilio interior, viviendo entre las montañas y “las desiertas y tendidas playas” de Higüey. La descripción del paisaje marítimo que ofrece en las páginas iniciales de la novela guarda cierta similitud con la escena pintada por Desangles:

En presencia de aquel espectáculo sublime, éste es, del mar que inmenso se tendía ciñendo los lejanos horizontes, de la tierra que adormecida envolvía en su silencio inalterable sus palpitaciones fuertes y sonoras, y del cielo que cóncavo parecía una vastísima redoma en que el mismo mar se columpiaba... allí, pues, anonadado mi espíritu culpable volaba sin intermisión desde el universo hasta Dios, desde el amor de las cosas terrenales, hasta el sigiloso culto de la austera religión.

Como en el cuadro de Desangles, la representación del mar como expresión de lo sublime está aquí unida implícitamente a las luchas políticas que mantienen a la nación en zozobra, puesto que son estas luchas las que empujan al personaje a buscar la soledad de las zonas costeras. Solo que en la pintura la búsqueda culmina en el instante apoteósico del nacimiento de la República. En cambio, en la novela de Angulo Guridi no hay apoteosis fuera de la naturaleza, frente a la cual los conflictos sociales resultan mezquinos.

En el relato que ocupa la mayor parte de La fantasma de Higüey —una truculenta historia de piratas que se desarrolla en alta mar y en las soledades de la Isla Saona—, el paisaje marítimo refleja las acciones y los estados de ánimo de los personajes. Esta correspondencia entre el ser humano y la naturaleza aparece en otros poetas dominicanos del XIX, tales como Salomé Ureña y Gastón F. Deligne. Pero en pocos alcanza la prominencia que tiene en José Joaquín Pérez, otro escritor que conoció la experiencia del destierro y que se valió del mar para plasmar esa experiencia en un sinnúmero de poemas de factura romántica. Así, en “Guaiguasa (Episodio del Destierro)”, el desterrado mira su alrededor y sufre porque no encuentra el paisaje conocido, ni siente la brisa del Ozama, ni llega a sus oídos el ruido de la ciudad. Solo se escucha el estruendo de la costa, donde un árbol moribundo se cimbrea. Como en Duarte contemplando el nacimiento de la República, el poeta vive la experiencia del mar como una realidad que lo confina: “Y por límite... el mar, e iris de espumas, / y piedras que calcina un sol de fuego, / y sola allá, indecisa, entre las brumas, / una ciudad en lánguido sosiego”.

En “Ecos del destierro” (1873), Pérez le pregunta a su propia poesía adónde se dirige, “así cruzando los extensos mares / con el dejo fatal de la agonía / que lanzo lejos de mis patrios lares”. Y en “La vuelta al hogar” (1874), el sonido del mar se hace eco del júbilo que le embarga al regresar a Santo Domingo:

Y ¡ven! le dice ronco el estruendo

que hace en las rocas lejos el mar...

¡El mar! que un día su adiós oyendo

fue de ola en ola su adiós llevando,

luego tomando

con hondos ayes del pobre hogar.

La armonía entre el ser humano y la naturaleza aparece también en poemas de trasfondo histórico, tales como “Abismos”, en el que la voz poética imagina el estado de incertidumbre que debieron sentir Cristóbal Colón y los hombres que le acompañaron en su primer viaje de exploración y conquista al navegar rumbo a lo desconocido, al describir como “un abismo, ese mar de negras olas, / insondable, fatídico, desierto, / sobre el que van desamparadas, solas, / frágiles naves sin destino cierto”. El poeta concibe el mar, amenazante, cargado de peligros, como reflejo del abismo interior que separa en la mente de los exploradores los mitos y leyendas de la Edad Media de los avances científicos del Renacimiento.

Finalmente, en un poema titulado “El mar”, Pérez compara la vida humana con el movimiento fugaz de una ola. Lo mismo que la ola, “que crece y en su aliento / brinda un iris de espumas a la brisa”, antes de desaparecer sin dejar rastros, “así el hombre, en el mundo, vacilante / se alza del tiempo en la voluble oleada; / y apenas brilla altivo un solo instante/ se confunde en el seno de la nada”. La imagen supone una serie de asociaciones implícitas. La metáfora de la ola como representación de la vida humana nos remite a otra metáfora: la del mar, inmenso y voluble como el tiempo. En una imagen que recuerda las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, el mar evoca aquí la imagen de la muerte: esa nada en la que la vida humana se confunde, tras brillar apenas un instante.

Estas nociones románticas no desaparecieron con la proliferación de signos de la modernidad que empezaban a asomar en la vida urbana del Santo Domingo finisecular. Sin embargo, la expansión del transporte marítimo, el desarrollo de los balnearios costeros, y el surgimiento de la industria del turismo producirían nuevas formas culturales en las que el mar ocupa una posición de primerísima importancia. Una multitud de bañistas y marinos mercantes descenderá sobre los pueblos costeros y el oscuro oleaje que confinaba al personaje del cuadro de Desangles será desplazado por la luminosa sensualidad de la playa.

Cultura, país

Interconexión, desplazamientos masivos, predominio de lo efímero, transformaciones científicas y tecnológicas, vértigo por la celeridad... ¿cómo repensar conceptos como cultura y país a la luz de estos cambios?

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Cuadros para una exhibición de identidad

J U L I A  Á L V A R E Z

Traducción: Jochy Herrera

Hace veinticinco años, esperando en un aeropuerto para abordar mi vuelo a Santo Domingo, una mujer de origen dominicano me preguntó de dónde era. “¿Y de dónde crees tú que yo soy?” le respondí, juguetona, segura de que su certero radar de quisqueyana me identificaría como dominicana desde el momento en que yo abriera la boca. Irguió su cabeza revisándome: yo vestía traje pantalón negro, iba con los zapatos desamarrados y, sentada en una silla en postura yoga, anotaba en mi diario todas las visiones, sensaciones y sonidos presentes en aquella sala de espera rodeada de mi gente. Añoraba mis viajes a “casa” para saciarme de cariño y cultura dominicana ya que residía en Vermont, un estado rural con muy poca diversidad. Esa parte de mí estaba hambrienta, y el que esta mujer reconociese mi origen hubiese sido el primer bocado dulce de conexión y pertenencia en muchos meses.  (Leer más)

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País y cultura para Santo Domingo

ADOLFO CASTAÑÓN

 I

Me proponen un tema definido “país y cultura”. Tengo, claro, mis impresiones y creencias —no me atrevo a llamarlas ideas— sobre el particular, aunque no comparta la fraseología que revolotea en las cabezas de muchos de nuestros amigos. De un lado, país remite a paisaje, a paisano, y se me ocurre a pacto; de otro, la atmósfera que se respira despierto o dormido es como una mezcla fluida de palabras, visiones, ecos que se resuelven en lo que podría llamarse “lenguaje”. Los límites de mi mundo son los de mi lenguaje, creo que dijo el santo padre del mutismo contemporáneo, que prolongaba con ese enunciado aquello de que si acaso lo que se dice es dudoso, no hay duda de que autorretrata al que lo enuncia. Estas líneas podrían ciertamente abrirse como ojos de agua bajo el piso de la nueva casa de las ideas que piensa abrirse en una de las orillas de ese país-lengua que, más allá de aduanas y salas de espera, se extiende entre las islas, las montañas y los lugares de ese conjunto de naciones que se conviene en llamar América Latina, hispana, india, criolla, mestiza, católica o ibero, céltica y de más de siete colores. (Leer más)


una mirada

Una mirada a la cultura dominicana

JOSÉ ALCÁNTARA ALMÁNZAR

En memoria de June Rosenberg, antropóloga y maestra

 Más que un análisis de nuestra cultura casi al final de la segunda década del siglo veintiuno, en este breve escrito intentaré presentar varios de sus rasgos más evidentes y algunos comentarios personales. Están ya lejanos los tiempos en que un reducido grupo de estudiantes de la carrera de sociología discutía sobre cultura en las aulas de la universidad estatal, asombrado ante la riqueza y la variedad de la especie humana, que la cultura moldea como algo único, ni superior ni inferior a ninguna otra. Hablo de los años sesenta del siglo pasado, cuando la ciencia social creada por el padre del positivismo, Auguste Comte, entonces prácticamente desconocida para muchos de nosotros, era impartida por un selecto grupo de maestros hoy casi olvidados. (Leer más)


perrito

Factores de cambio, dualismos y contrastes

FRANK MOYA PONS

En el futuro, cuando los historiadores escriban acerca de la República Dominicana de hoy, de seguro observarán las contradicciones estructurales y funcionales en la sociedad que hemos construido en los últimos cien años.

Es muy posible que alguno de esos investigadores señale la existencia de muchos patrones duales de comportamiento que reflejan las tensiones entre segmentos de la sociedad que se modernizan rápidamente, mientras otros, por causas diversas, cambian más lentamente.

La nueva sociedad dominicana de hoy es muy diferente a la sociedad tradicional existente en la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, muchas personas no son conscientes de esa diferencia pues la mayoría de la población es muy joven (la mitad nació después de 1990) y no conoce cuán distinto es el país en que viven de aquel en que nacieron sus padres. (Leer más)


bosquecito

El país cultural, una aproximación

MARCIOVELOZ MAGGIOLO

Decir o proponer lo que puede ser un “país cultural” es una empresa de muchas facetas, en la que determinar valores iniciales puede ser engorroso, a no ser que consideremos definirlo como un recipiente que contenga tantas definiciones, descripciones, acciones y temáticas históricas como tradiciones posea. El problema de las definiciones se torna, entonces, antropológico, y cualquier enfoque que se adopte encontrará escollos. No sabemos, por ejemplo, la magnitud de la desaparición de tradiciones sobre las que se asientan muchos de los valores de nuestra vida cotidiana, ni tenemos noticias de otras que debieron dejar su huella en nuestros modos de vida. (Leer más)