Con Arte

Laura Gil Fiallo

Mar, gran mar de delirios dotada

Piel de pantera, clámide calada 

Por tantos, tantos ídolos del sol

PAUL VALERY,

"EL CEMENTERIO MARINO"

 

Laura Gil Fiallo

Paradojicamente, el mar es una de las primeras presencias detectables en el arte dominicano y en sus premisas virreinales, pero es también el gran ausente del arte dominicano. Apenas se entiende como, siendo nuestro país una porción de isla, contemos con tan pocos pintores de marinas, y los que se han acercado al tema en algún momento de su producción, sin especializarse en él, son también muy pocos. No obstante estar en franca minoría, la pintura de marinas, o de algún modo, la creación plástica vinculada con el mar, entre nosotros, no ha dejado de proporcionarnos algunos hitos significativos, y arrebatadores momentos de fruición estética.

Uno se pregunta si esta costumbre o manía de vivir de espaldas al mar no se inicia con la mitología taina, que está en la raíz del arte de nuestros precursores indígenas. En efecto, según lo narrado por Fray Ramón Pane en sus ANTIGUEDADES DE LOS INDIOS, los tainos, procedentes de los arawacos de América de Sur, desde donde llegaron saltando de isla en isla por el arco de las Antillas Menores, tenían un mito de orígenes que negaba el arribo por vía marítima, y afirmaba que nuestros primeros pobladores procedían de una caverna.

Quizás el afán del dominicano mulato por identificarse como “indio” , tenga mucho más que ver con un alegato de autoctonía, y una identificación con la tierra, que con la negación de la negritud que siempre se le quiere achacar. Porque el dominicano y su cultura tienen raíces hispánicas y africanas, con una pequeña aportación indígena. Pero ningún árbol se identifica solo con sus raíces. Con la dominicanidad surgió algo nuevo, y ese algo, curiosamente, con frecuencia se constituye de espaldas al mar. Pese al impacto devastador de los huracanes, con los que el mar afirma una y otra vez su presencia, y se impone a quienes quieran silenciarlo.

La pintura occidental más antigua de América es probablemente el cuadro de la Virgen de Nuestra Señora de La Antigua, patrona de los marineros en Andalucía, que se encuentra en la primera capilla a la izquierda a la entrada de nuestra Catedral de Santa María de la Encarnación. La tradición afirma que llego a la isla en el Primer Viaje de Colon, pero lo más probable es que lo hiciera en el tercero. Y que sea la pintura a la que se refiere Gonzalo Fernández de Oviedo, y a la que atribuyen el milagro de haber sobrevivido los españoles a la tempestad que tuvieron que enfrentar sus barcos en Jamaica.

Como gran parte de la pintura española del siglo XV, es una mezcla de las escuelas italiana y flamenca del arte gótico avanzado. El fondo dorado y la flexibilidad lineal provienen de Italia y la minuciosidad realista y el claroscuro de Flandes. La Virgen tiene al Niño Jesús en brazos, y su manto esta cuajado de flores de lis. A sus pies, como era costumbre de la época, los Reyes Católicos aparecen como donantes.

A la derecha del altar mayor hay otra Virgen de La Antigua, de un barroco dieciochesco, como lo fue todo o casi todo el Hispanoamericano, encuadrada por columnas salomónicas, que da fe de la importancia de esa devoción entre los criollos y peninsulares de la colonia de Santo Domingo en la que se fraguo nuestra sociedad mestiza.

Mientras en toda Hispanoamérica el arte del periodo virreinal fue un instrumento de la evangelización, y el del periodo republicano un medio de expresión de las identidades nacionales, nuestro país no fue la excepción. Igual que en otros países de la región, el paisaje y el retrato de los héroes de las independencias son los géneros que predominan en el siglo XIX, y cumplen esa función.

Como bien apunto Jeannette Miller en su libro dedicado al PAISAJE DOMINICANO, las expresiones decimonónicas de este género en su país están dominadas por una “luz de entretiempo”, plegándose en todo a la estética europea. Es notorio que antes de que se estableciera en 1942 la primera ESCUELA NACIONAL DE BELLAS ARTES, muchas de las academias privadas, como la del español Fernández Corredor en Santiago, o la del alemán Georg Hausdorf en Santo Domingo, fueran de europeos. Y cuando no, de dominicanos que estudiaron en Europa. Puede decirse que el descubrimiento de la especificidad de la luz del trópico, y de la belleza mulata, fue prácticamente simultánea, ya entrado el siglo XX en la pintura dominicana, de la mano de Suro, Morel y Gausachs.

En cuanto a los géneros del paisaje y el retrato, en el caso dominicano es de notar que ambos se fundieron en la imaginería de dos de los pintores más destacados de nuestro siglo XIX. Sisito Desangles nos muestra a Juan Pablo Duarte, el ideólogo de la independencia dominicana, en un ensueño romántico frente al mar, con expresión muy típica de este movimiento decimonónico tan ligado a los nacionalismos y sus ansias libertadoras, y muy ligada a la estética de lo sublime. García Godoy, por su parte, que también hizo copias de marinas europeas integrando temas mitológicos, pinto el célebre cuadro de Duarte en la Fragata Leonor, un momento histórico de esperanza ligado a las luchas independentistas.

Sin embargo será el siglo XX el que nos dé una serie de pintores de marinas que expresen lo específico de la experiencia sensorial de los mares tropicales. Con la fundación de la Escuela Nacional de Bellas Artes, a comienzos de los años cuarenta, el talento criollo pudo ponerse al día con las técnicas y los usos formales de las vanguardias modernas, de la mano de una serie de maestros exiliados de los conflictos bélicos de Europa, especialmente de la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial. Antes de eso, de los primeros maestros que inician la modernización del arte dominicano en la primera mitad del siglo XX, es decir de Suro, Colson, Wos y Gil y Yoryi Morel, solo el último, y de manera tangencial, fue un significativo pintor de marinas. Pese a haberse formado, al decir de Danilo de los Santos, copiando estampas de Joaquín Sorolla, Morel,

Clara Ledesma

como cibaeño, fue mas un pintor de tierra adentro, de tipos campesinos, sus fiestas y costumbres, y de una luz dorada y abrasadora. Pese a su limitada amplitud, la obra paisajística de Morel encuentra algunos de sus acentos más afortunados en unas cuantas marinas donde, posiblemente, sea el que mejor supo captar el movimiento de las olas, sus ritmos encrespados y estallidos de la espuma.

Josep Gausachs, exiliado español y el más formado de los de su grupo, pronto paso a ser el Subdirector y profesor de paisaje de la recién fundada Escuela Nacional de Bellas Artes. Este maestro de maestros hizo una autentica codificación del colorido de las diferentes regiones del país, que enseñaba a sus alumnos de pintura a la vez que las técnicas de todas y cada una de las vanguardias de Europa, y el uso de materiales “pobres”, como el papel de estraza. Su experiencia del impresionismo de Casas y Rusiñol, y su ojo exquisitamente adiestrado en Cataluña y las Baleares, le ayudaron para pintar todos los tonos del verde mar, el azul profundo, el turquesa y la gris plata del Caribe, en diferentes momentos del dia y con distinta iluminación. Su emblemático MAR CARIBE, del Museo de Arte Moderno, que capta la reverberación plateada de un mar con tiempo nublado, nos aproxima a los blancos sobre blanco del venezolano Reverón, quien, junto a Wilfredo Lam, constituye uno de los ejemplos mas cimeros, del neoimpresionismo al tenebrismo, y de la expresión de los matices extremos del fenómeno luminoso en el Caribe hispano.

Plutarco Andújar

Además de Gausachs y de Hans Paap, otro exiliado, Georg Hausdorf, judío alemán que había regentado una academia privada de pintura en Berlín, en posesión de una impecable y minuciosa técnica germánica en la pintura y el grabado, también incursiono, con ambas técnicas, en el género de la marina. Como grabadista logro con exquisitos entramados lineares captar la textura y los reflejos del agua en algún aguafuerte. Pero lo más interesante de algunos de sus cuadros es la presencia de un elemento expresionista, sin serlo en sentido cabal, en marinas donde la iluminación pone un punto siniestro o al menos perturbador, por la espectacularidad de la luz entre las nubes. Su estética no está lejos del paisajismo del romanticismo alemán, en algunos casos donde la naturaleza, siempre impregnada de “un no sé qué “misterioso y panteísta, tiene también mucho de inabarcable y de inquietante.

Entre los dominicanos, Marianela Jiménez nos ha dado algún cuadro marino con vegetación de manglar. Y Clara Ledesma uno dotado de magnificos ritmos lineales con barcas en la costa. Sin embargo, la mayoría de los pintores dominicanos dejan de lado, inexplicablemente, el tema marinero durante los años cuarenta y cincuenta, e incluso los sesenta. Salvo algún que otro naif, que es un estilo muy minoritario en el arte dominicano.

Va a ser Plutarco Andújar el que rompa el tabú, y es preciso reconocerle un punto de audacia a un artista, cuya estética ha sido considerada con frecuencia como complaciente. Sus luminosas marinas, normalmente intervenidas por la presencia humana, con barcas y pescadores y figuras femeninas cargadas de frutas y flores, nos presentan del mar una visión idílica, desligada de conflictos y ajena a la potencial destructividad de las aguas. El mar tiene apariencia de lago, casi sin oleaje, y parece más bien el emblema de la dicha infinita sin esfuerzo y de la armonía total del hombre y del Cosmos que del infinito romántico o la lucha prometeica del humano con la naturaleza.

Otra estética opuesta, la de lo siniestro , domina las imágenes alegóricas al peligro del mar infestado de tiburones que nos ofrece José García Cordero, y que aluden al drama de los viajes ilegales por mar, de dominicanos que pierden la esperanza en su universo isleño y se lanzan a una riesgosa travesía en pos de un incierto futuro. Tema abordado también por algunos fotógrafos, como Carlos Acero Ruiz, entre otros.

Sin tratar directamente del mar, artistas como Jorge Severino lo han aludido alguna vez al hacer cruzar el espacio, a la manera surrealista, trascendiendo la gravedad y la frontera entre los elementos, un cardumen de peces coloreados alrededor de una elegante dama de rasgos negroides y piel morena. O como Cruz María Dotel, que consagra una de sus instalaciones de mayor fuerza poetica al elemento acuático, con espejos y cuentas de vidrio, y con remembranzas bachelardianas. Otros, como Jorge Pineda , hacen del remo un símbolo y emblema del riesgoso viaje por mar. E igualmente las metáforas del viaje están presentes en otros instaladores como Marcos Lora. O artistas como la fotógrafa e instaladora Quisqueya Henríquez, nos sorprenden con un sugestivo HELADO DE AGUA DE MAR.   O como Fernando Varela, en clave casi abstraccionista, nos regalan como signo o símbolo algunas formas de inspiración náutica.

En los noventa y después una mención especial corresponde al escultor Genaro Reyes, “Cayuco”, que entre la instalación y la escultura nos muestra su peculiar experiencia e interpretación estética de las barcas del puerto de Miches, de donde es oriundo, en una clave de expresión ruda, casi primitiva, artesana y a la vez poética y contemporánea.

Iris Pérez, en una reciente exposición de pintura en el Museo de Arte Moderno, incluyo un cuadro con el tema tan alusivo a los mitos medievales, del VIAJE NOCTURNO POR EL MAR, como imagen viva de los peligros al acecho de nuestro propio inconsciente y sus arquetipos.

Finalmente Tony Capellán en nuestra más reciente TRIENAL DEL CARIBE, pudo lograr una acendrada belleza plástica en su instalación Mar Caribe, con restos de sandalias de colores marinos, vestigios de náufragos   y esperanzas perdidas, precisamente arrojadas por la marea de un irascible mar huracanado.

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