Cuento

Aurora Arias

Cacán y la ignominia

De niña me gustaba treparme a los árboles, montar bicicleta y patines, cantar, leer, escribir cuentos de hadas, y sobre todas las cosas, preguntar. Y eso hacía, preguntar la mayor parte del tiempo. La principal depositaria de mis interrogantes era mi abuela Cacán.

Una tarde, como de costumbre, arrastré mi pequeña mecedora de ébano hasta el rincón de nuestra casa en Santo Domingo, donde mi abuela acostumbraba a coser, y me senté a su lado. Antes de abrir la boca para preguntar algo, me dediqué a observar por unos segundos cómo la aguja atravesaba la tela, mientras los pies de mi abuela maniobraban el pedal de su máquina Singer.

—Abuela…

—¿Unjú?

—¿Cómo eras tú cuando eras joven?

Mi abuela rio de buena gana. Yo seguía mirando la rapidez con que el pie fino y largo de mi abuela, calzado con unas sandalias, le seguía el compás a la aguja, de un modo eficaz y concentrado.

—De joven siempre fui muy coqueta —contestó ella.

—¿Cómo así, coqueta?

—Me cosía mis propios vestidos. Fui una de las primeras muchachas de mi paraje natal que salió a la calle montada en un caballo, con pantalones largos, hechos por mí. En una ocasión, hasta me hice un traje militar para ir a una fiesta… Y todos los jóvenes me sacaron a bailar. Mi mamá, claro, me acompañaba.

—¿Eras bonita?

—Graciosa. Tenía una melena larga, de pelo muy negro y…

No pude evitar interrumpirla.

—¿Negro, abuela, en serio? ¿Y por qué ahora tu pelo es plateado?

—Porque a mi edad eso pasa, pero de jovencita, mi cabellera larga y negra llamaba mucho la atención. La gente me paraba en la calle solo para pasarme la mano por esa cabellera que brillaba en el sol. Por las tardes, me tomaba un descanso de los oficios domésticos, las tareas de la escuela y de mi manía de coser, para pararme delante de la ventana a mirar afuera. Pero antes, me lavaba el pelo y me ponía un vestido. Entonces me paraba en la ventana, sonreía y saludaba a todo el que pasaba. Pero en aquellos tiempos, eso podía ser un problema.

—¿Por qué un problema?

Detrás de los cristales de sus lentes, los ojos de mi abuela titilaron como cada noche cuando miraba la foto de su madre antes de acostarse. Luego, un suspiro.

—¿Y por qué tú preguntas tanto, muchachita? —dijo la abuela.

—Porque quiero saber —me encogí de hombros.

Mi abuela me miró con cariño.

—Si quieres saber es porque ya puedes entenderlo. Así que te lo voy a contar.

Yo asentí con la cabeza. Era toda oídos.

La abuela paró de coser, tomó la tijera, y comenzó a cortar algo de hilo.

—En la época en que me paraba en la ventana de mi casa cada tarde, nuestro país estaba gobernado por un hombre llamado Trujillo.

Yo asentí con la cabeza nuevamente. A mis ocho años de edad, había escuchado hablar a mi padre sobre Trujillo. Por la manera en que mi padre se refería a él, me parecía que su muerte fue necesaria. Pero no le dije nada a la abuela, para no interrumpirla. Ella prosiguió:

—Un día, ese hombre llamado Trujillo, que en los tiempos de mi juventud, por la década de los 30, tenía cinco años como presidente, fue de visita al paraje de Guayubín, donde yo vivía con mi madre y mis dos hermanas. A mi madre la conocían como “La Viuda”, y era partera, es decir, que traía a niños y niñas al mundo. Y además de partera, mamá sabía preparar pócimas y menjurjes con hierbas medicinales que curaban a la gente. Y por eso la gente de Guayubín y los campos aledaños la querían y respetaban mucho, al igual que a mis hermanas y a mí.

Un sábado en la tarde, me paré junto a la ventana a mirar hacia fuera mientras cepillaba mis cabellos. Nadie me había dicho que aquel era un día especial para Guayubín, pues recibiríamos la visita del presidente del país. Eso, al parecer, era una gran cosa, especialmente, para un pueblo perdido de la frontera entre República Dominicana y Haití. El caso es que vi el tumulto de gente que se acercaba subiendo por la cuesta del camino vecinal que pasaba frente a mi casa; alcancé a ver, en primer lugar, a un grupo de hombres descalzos y enlodados, con sombreros de paja y machetes al cinto. Me pregunté qué pasaba. Saqué aún más la cabeza por la ventana, y junto a ella, casi todo el cuerpo, y alcancé a ver un caballo blanco muy alto y brioso, montado por un hombre de piel empolvada, bigote pequeño muy bien recortado, y ropa de militar. Sí, porque luego mi madre me contó que en 1916 el ejército norteamericano invadió este país. Y el ejército de los gringos creó una Guardia Nacional, supuestamente para organizar el desorden que había. Entonces, Trujillo entró a esa guardia y se hizo militar.

—¿Eran malos esos guardias?

—Algunos. Cuando crezcas, lo entenderás. Pero si me interrumpes otra vez, voy a arrepentirme de seguirte contando lo que me pasó en mi juventud.

Mi abuela no lo sabía, pero pese a poca mi edad, me había formado mi propio concepto acerca de los “guardias”, sinónimo de policía para el común de la gente, y sinónimo de “malo” y “asesino”, para mí. Tenía mis razones: desde temprana edad, había escuchado las voces de los estudiantes del liceo frente a mi casa, levantando consignas en contra de Balaguer, por aquel entonces, presidente del país. En cuanto escuchaba las consignas, me las arreglaba para atisbar por las persianas de la sala. Veía llegar a los guardias y de inmediato ponerse en acción, ensañándose a tiros y culatazos contra los estudiantes armados únicamente con pancartas. Veía entonces cómo se llenaban de sangre las calles, los cuadernos, los rostros y los uniformes de los revoltosos del liceo, como les llamaban en el vecindario a los estudiantes que protestaban; y veía también cómo los guardias metían a los estudiantes en unos vehículos grises que parecían jaulas y que llamaban “perreras”.

La abuela tomó el vestido, lo tendió sobre su regazo y comenzó a hacerle algunos ajustes que marcaba con la ayuda de alfileres. Luego del último alfiler, continuó su relato.

—Esa tarde, vi cómo la gente seguía con alegría y alboroto el cortejo del hombre del caballo blanco, rodeado de otros hombres que también iban a caballo, todos armados y con sillas de montar impresionantes, pero ninguno tan bonito como el de aquel hombre que yo no sabía quién era. En ese momento pensé en abrir la puerta y salir corriendo por la calle yo también, a enterarme de qué estaba pasando y reír con los campesinos y los hombres que iban a caballo rodeando a aquel hombre imponente…

—¿Qué significa imponente, abuela?

—Imponente viene de imponer, que significa obligar. Y Trujillo me pareció imponente por su porte, su manera de subir en su caballo blanco por la cuesta que daba a mi casa, mientras todos lo seguían vitoreando con admiración. A medida que se acercaba, me llamó la atención el alboroto que causaba la presencia de ese hombre en nuestro pequeño paraje al que nadie importante había visitado nunca, al menos, que yo recordara. Me moría por participar de todo aquello yo también. Pero si salía a la calle iba a tener problemas con mi madre, que en ese momento estaba en un campo cercano ayudando a una mujer a parir. Por órdenes de mi madre, ni yo ni mis hermanas debíamos abrir la puerta a ningún conocido ni desconocido. Mucho menos podíamos salir de la casa sin el consentimiento de mi madre que, a lo sumo, nos tenía permitido abrir la ventana de dos aguas, y mirar a la calle por un rato. Por supuesto, mis hermanas y yo le obedecíamos. Sin embargo, esa tarde, ocurrió algo inesperado. Algo que mucha gente en el pueblo luego diría que fue un gran privilegio, es decir, algo de lo que mi madre, mi hermana y yo debíamos sentirnos orgullosas y agradecidas: el hombre del caballo blanco, al que los demás hombres montados a caballo llamaban “El Jefe”, se detuvo frente a nuestra casa de madera pintada de rosado, con techo de zinc y cana, tan humilde, pero tan limpia, porque mi madre decía: “pobreza no quiere decir descuido ni suciedad”. Y lo más asombroso de todo: el Jefe detuvo su paso por culpa mía, que estaba recostada de la ventana, con mi cabellera negra, sonriendo. Me quedé con la sonrisa pasmada, no sabía si por sorpresa o por miedo cuando el Jefe me clavó los ojos y se dirigió a mí: “Tú tienes una cabellera muy bonita… ¿cómo te llamas?”, dijo. Le di las gracias y le dije que Cacán. El Jefe miró de reojo a los demás hombres y emitió una sonrisita que los hombres imitaron. Yo seguía con mi sonrisa pasmada, sin entender. Entonces el hombre me dijo que saliera de la casa, que me quería ver mejor. Ahí el corazón se me aceleró. ¿A quién obedezco?, pensé. A mi madre, claro. Así que seguí parada en la ventana y le dije al tal Jefe que, como mi madre no estaba en la casa, no podía pedirle permiso de salir afuera. El Jefe volvió a lanzar una risita más burlona que la anterior. Entonces me preguntó mi edad. Le dije que 15 años. “Te voy a echar maíz”, dijo el Jefe, como si yo fuera una gallina, y todo el que lo rodeaba comenzó a reír. No dije nada, e incluso, sonreí yo también, pero dentro de mí, por alguna razón que no entendía, sentí vergüenza. Nunca un hombre me había hablado así. Y luego que dijo eso, el hombre del caballo blanco al que todos llamaban Jefe, siguió su camino. Sentí un alivio. Cerré la ventana, y no le conté a nadie lo que me había sucedido esa tarde. Horas después, llegó mi madre en su mula, agotada porque según nos contó, tuvo que traer al mundo tres bebés, en diferentes parajes. Aun así, mi madre no descansaba, y al rato, se puso a arrancar sus hierbas del patio para salir a venderlas al día siguiente. En eso estaba, cuando cayó la noche y alguien tocó a la puerta de nuestra casita. En esa época no había energía eléctrica, así que nos alumbrábamos con jumiadoras, y salvo en luna llena, que no era el caso, las noches eran muy oscuras, a pesar de que el cielo estaba siempre repleto de estrellas. Por eso era raro que alguien se aventurara a estar fuera de su casa después de las 8:00 de la noche, a menos que hubiera un velorio, una fiesta, o se presentara un parto. Al ver que mi madre dudaba en abrir, la persona tocó con más insistencia y a la pregunta de mi madre de que quién era, la voz de un hombre respondió: “Abra rápido, que vengo de parte del Jefe”. Entonces mi madre abrió y, de inmediato, el hombre le dijo que en la casa del alcalde del pueblo estaban dando una fiesta en honor a Trujillo, a la que mandaba a invitar a la señorita Cacán.

Yo estaba en el aposento, arrodillada frente a la cama con mis hermanas menores, rezando el rosario de la Misericordia antes de irnos a acostar, cuando escuché que dijeron mi nombre. Dejé el rosario a un lado, salí del aposento y le pregunté a mi madre qué pasaba. Ella estaba hablando con el emisario de Trujillo, diciéndole que su hija ya estaba durmiendo, pero entonces aparecí yo. Enseguida, me di cuenta de que el emisario era uno de los hombres que acompañaba al Jefe esa tarde. El hombre dijo que me preparara para ir a la fiesta, que el Jefe me quería ver. Yo me quedé muda, mirando a mi madre, quien también estaba muda, con la jumiadora en la mano, su vestido negro de viuda, y el rostro duro y serio, lo que quería decir que a mi madre no le agradaba la invitación. Al ver nuestro silencio, el hombre dijo: “Le conviene a la señorita ir a esa fiesta o tendrán problemas”, volvió a ponerse el sombrero, y se fue. Mi madre cerró la puerta, y se persignó como si acabara de hablar con el mismísimo demonio mientras me miraba fijo. Entonces me dijo que preparara un bulto pequeño de ropa para mí y mis hermanitas, porque esa noche nos íbamos del pueblo.

—¿Por qué, abuela? —pregunté.

—Eso era lo que yo también quería saber, aunque no me atrevía a preguntar, pues cuando mi madre ordenaba una cosa, debíamos obedecerle sin protestar. Las personas en el campo dicen que “los niños hablan cuando las gallinas mean”.

No entendí bien lo que significaba eso, pero me dio risa. La abuela también rio.

—Son dichos de la gente de antaño —continuó mi abuela—. Bueno, entonces, obedecí a mi madre y preparé un bulto de ropa. En el patio teníamos la mula que mi madre utilizaba para transportarse, y un caballo viejo que había sido de mi padre. Agarramos los dos animales y nos montamos mi madre, mis hermanas y yo, repartidas dos en la mula y dos en el caballo. Salimos en silencio por detrás de la casa, traspasando la oscuridad. Encontramos un trillo por el que fuimos cabalgando por varias horas, hasta que el caballo viejo de mi padre se desplomó y tuvimos que parar. Mis hermanas estaban muertas del sueño, y yo también. Creo que mi madre estaba igual de cansada que nosotras, pero se hacía la fuerte. Ahora que vuelvo a recordar ese momento, sé que aparte de cansada, mi madre estaba muy asustada. Me miraba como si yo estuviese bajo una amenaza de la que ella intentaba salvarme aunque en ello se le fuera la vida. Creo que su miedo era tan grande como su decisión de que no paráramos. Eso me animó a seguir, aunque no entendía bien por qué cuatro mujeres solas atravesábamos la noche, todo a partir de la invitación a una fiesta, hecha por el hombre del caballo blanco. Para colmo, comenzó a llover. Debía ser medianoche y no había ninguna casa en cinco kilómetros a la redonda. Con todo, mi madre decía que no podíamos parar, que teníamos que alejarnos aún más. Cargué a mi hermana menor, mientras mi madre cargaba a la del medio. El caballo viejo quedó en el camino, gimiendo bajo el aguacero. La mula que se movía con dificultad entre el lodo, tiritaba de frío tanto como nosotras. Así, de madrugada, llegamos a otro paraje y fuimos a casa de una comadre de mi madre, con la que estuvimos hasta que, días después, supimos que el Jefe Trujillo se había marchado lejos de nuestro paraje. Cuando regresamos, nos encontramos con que le habían pegado fuego a nuestro “bohío”, como le llamaba mi madre a nuestra casita. Nadie sabía quién había cometido ese crimen, o no se atrevían a decirlo. Algunas personas culparon a mi madre de que eso sucediera. Lo cierto es que, de repente, mi madre, mis hermanas y yo nos quedamos sin techo, sin nada... Eso me hizo menos graciosa, creo, menos inocente…

Mi abuela detuvo su relato, como si de pronto cayera en cuenta de que no estaba sola y yo seguía mirándola con ojos curiosos desde mi mecedorita.

—Son cosas que aunque no estén en los libros, sucedieron —dijo mi abuela luego de un suspiro, mientras la aguja de su Singer volvía a penetrar la tela del vestido.

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