Con parecer

Graciela Reyes

Borges y el tango

El barrio sur es el barrio esencial de Buenos Aires… Yo puedo estar en el Japón, puedo estar en Edimburgo, puedo estar en Texas… pero de noche, cuando sueño, estoy siempre en Buenos Aires y en el barrio sur.

BORGES, Diálogo con Osvaldo Ferrari, 1984.

Ha salido un nuevo libro de Borges. Esta afirmación haría sonreír a Borges, que lleva muerto desde 1986. Pero, como sabemos, él creía que la literatura es una gran creación anónima, y es posible, en su universo utópico, leer el Quijote, por ejemplo, como si lo hubiera escrito un poeta simbolista francés, tema de su cuento “Pierre Menard, autor del Quijote”, o ir a la hoguera por una herejía que poco tiempo después es una declaración de fe ortodoxa, de modo que no se sabe quién es el hereje, como en “Los teólogos”. Si los datos cronológicos y las particularidades personales no importan, podemos esperar nuevos libros de Borges por toda la eternidad, o libros de otros que podremos leer como libros de Borges.

Este librito, que los editores titularon El tango, con el subtítulo Cuatro conferencias, es un recuerdo literario. Borges rememora la ciudad de su niñez, que era toda barrio sur, su música y sus poetas. El libro reúne cuatro conferencias, pronunciadas los lunes de octubre de 1965, en lo que parece ser una casa particular, en Constitución, barrio del sur. Uno de los asistentes grabó a Borges, y, después de todos estos años y un itinerario intercontinental, texto y grabación acaban de publicarse en Barcelona. Borges, pese a su reconocida timidez, era capaz de crear una conversación íntima, nunca meramente nostálgica y siempre literaria. Para mí, que fui alumna suya, leerlo y escuchar estas nuevas grabaciones fue como verlo y oírlo otra vez, intacto, solo ante un grupo de gente y pidiendo diálogo, no monólogo, igual que en clase. No parece haber conseguido un diálogo en las conferencias, que él llama “charlas”, pero las conferencias mismas son diálogos, son recuerdos que provienen de diálogos con sus amigos escritores, con Lugones, con Bioy Casares, hasta con un compadrito auténtico que demostró al joven Borges cómo se vence a un antagonista un buen rato antes de sacar el facón.

Desde marzo de ese mismo año de 1965, Borges era profesor mío de literatura inglesa en la Universidad de Buenos Aires. Los lunes a las 7 p.m. dictaba su conferencia (según el anuncio aparecido en los diarios) y los jueves a las 7 p.m. hablaba de literatura inglesa durante dos horas a unos pocos alumnos que no nos perdíamos sus clases. Era ciego ya entonces. Se apoyaba en su bastón con las dos manos, levantaba un poco la cabeza, y con su voz algo trabajosa nos hablaba con fervor de los poetas ingleses. Recitaba poemas íntegros, sin titubeos. Lo iba a buscar, después de la clase, una de sus amigas. Acababan de traducir su obra al francés y eso lo había hecho famoso, pero en su propio país tardó unos años en ser bien visto. La distancia entre Borges y sus alumnos y conciudadanos se debía a sus declaraciones políticas, que eran las típicas de un conservador de clase alta, gran enemigo del peronismo (que estaba ausente pero no muerto) y propenso a afirmaciones provocativas. Sin embargo, era un excéntrico, un sabio, un ateo y además uno de los mejores escritores vivos: no el típico señor conservador argentino. Podría ser que, porque no era típico y porque era un escritor extraordinario, fuera más difícil perdonarle algunas de sus desafortunadas declaraciones políticas.

Los temas de sus cuentos eran universales y le garantizaron lectores en todo el mundo, y una buena cantidad de críticas en su país, donde ser argentino y no mostrarlo es imperdonable. Sin embargo, Borges era porteño de ley y era un escritor tan local como universal. Su cuento “El sur” admite tres lecturas, como él mismo comenta, pero su tema, en las tres lecturas, es la nostalgia del hombre letrado por ser valiente como los guapos, por tener ese coraje y ser capaz de matar y morir por cualquier razón o sin razón, para probarse, nomás. Los malevos pertenecen a una epopeya menor, pero gloriosa en su desprecio de la muerte. En una estrofa de su poema “El tango”, dice Borges:

Una mitología de puñales

Lentamente se anula en el olvido;

Una canción de gesta se ha perdido

En sórdidas noticias policiales.

Las conferencias se dirigen a un público que conoce bien la tradición tanguera. Las notas al texto ayudan a los lectores que no estén familiarizados con ciertas palabras, aunque quedan sin explicar los términos lunfardos de los tangos y poemas citados por Borges, y palabras moribundas, que ya no se usan en Argentina, como cimarrón por “mate” y muchas otras.

La palabra corte es importante en estos textos porque distingue al tango que se bailaba en casas decentes del tango de los burdeles. Las casas decentes, en este caso, son los conventillos donde vivían los pobres y los inmigrantes, ya que el tango no pasó a la clase media y alta hasta después de su “purificación”, hecha en París: cosa asombrosa, dice Borges, que el París licencioso purifique, pero así fue. El movimiento de la danza llamado corte, que solamente podía hacer el hombre, se consideraba desvergonzado; según Borges, las mujeres se negaban a bailar si se hacían cortes, y de ahí proviene la costumbre de bailar el tango entre hombres. Mi abuela, jovencita, a principios del siglo XX, consideraba el tango un baile inmoral. En esos mismos años, su marido, mi abuelo Reyes, un gran bailarín de tango, ganaba un certamen de tango tras otro, a escondidas. Cuando por fin lo bailó con su mujer, el tango ya no era pecaminoso, aunque rozaba, casi meditativamente, la sexualidad, como hasta hoy, si los bailarines for export no lo convierten en una exhibición acrobática, que es lo menos erótico que hay.

El tango nació en los últimos años del siglo XIX en el mundo de los rufianes, prostitutas, compadritos y patoteros, que eran los niños bien que frecuentaban el lupanar. Borges enumera estos burdeles, que estaban en las “orillas” de la ciudad, donde la ciudad empieza a ser campo, y sostiene que el tango no lo inventa el pueblo, ni menos lo impone a la gente bien. Es danza de burdel. En sus principios, a finales del siglo XIX, no se tocó con guitarra, que es el instrumento popular, sino con piano, flauta y violín, y más tarde con el bandoneón traído de Alemania. Los patoteros son los que llevan el tango a París. De modo que en el burdel convivían dos personajes esenciales del tango: los compadritos o guapos, maestros de pelea a cuchillo, arma que habían aprendido a manejar en tareas ganaderas, y los patoteros, que rara vez usaban armas, ya que eran muy buenos boxeadores.

El tercer personaje del tango es la mujer, que no procedía de las clases bajas, sino más bien de la importación de francesas y de centroeropeas (polacas y checoslovacas), llamadas en aquellos tiempos “valescas”. Las letras de los tangos nos hablan de esas mujeres y sus rufianes, sus amores, la muerte de los hombres y la decadencia de las mujeres a medida que envejecen, que es un tema odioso del tango, pero debe entenderse en un contexto en que el hombre es fuerte y corajudo y la mujer, aunque no es débil, es dependiente del hombre, porque solo tiene su belleza y su seducción. La seducción se manifiesta en su habilidad para bailar el tango y para cantar sus letras, como la famosa Malena: “Malena canta el tango / como ninguna…”. Otro tango famoso, “Madame Ivonne”, de 1933, cuenta la historia triste de “Mamuasel Ivonne”, la griseta de Montmartre, trasplantada a Buenos Aires “entre tango y mate” por un argentino. Ivonne pasó de mamuasel a madame, lo perdió todo, y también, por supuesto, al argentino que la alzó de París.

Ernesto Sábato, citando a Enrique Santos Discépolo, dijo que el tango es “un pensamiento triste que se baila”. Borges dice que el tango es una emoción, no un pensamiento. Y sostiene que los primeros tangos no eran tristes y quejosos, porque procedían de la milonga, otra canción de origen incierto, que Borges, como otros de su generación, prefería al tango. Hay tangos nada llorosos, que celebran, como las milongas, la vida y el coraje, pero, poco a poco, se fue imponiendo la queja, no siempre por la mujer perdida, sino por la vida malgastada, por la pobreza y por el desengaño del mundo.

Independientemente de las letras, el tango bailado fue, es y seguirá siendo, como dice Borges, “un paseo voluptuoso”. Un paseo que requiere de los bailarines una coordinación total, del cuerpo y de la mente, paseo que no impide la sonrisa y la picardía (el tango es también una “diablura”, dice Borges en el poema citado) y que, sin embargo, exige de los buenos bailarines el conocimiento del amor y del dolor.

Jorge Luis Borges, El tango. Cuatro conferencias. Barcelona, Penguin Random House Grupo Editorial, 2016.

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