Con parecer

Carlos Aganzo

Swing luego existo

Poesía y jazz: una relación con alma

“El jazz surgió de la experiencia de los esclavos, las canciones de las plantaciones y el blues”. Así se lo cuenta el bajista Tyrone Brown a los alumnos de los colegios de Filadelfia que acuden al ciclo de conciertos didácticos que él y su compañero, el violinista John Blake, realizan desde 2015 con su disco A Sky with More Stars, con el que rinden homenaje a la figura de Frederick Douglass. A mediados del siglo XIX Douglass, un esclavo negro al que su amo enseñó a leer en la clandestinidad, se convirtió en un verdadero icono tanto en los Estados Unidos como en Europa, no solo a través de sus libros (Relato de la vida de Frederick Douglass, un esclavo estadounidense o Columbia orator), sino también de sus conferencias, contadas a modo de diálogo socrático. El poema Bars Fight, escrito por Lucy Terry en 1746 y mantenido por la tradición oral hasta su publicación en 1855, se proclamó en los tiempos de Douglass como la primera obra afroamericana de la historia, adoptándose como una especie de himno de los abolicionistas. En esos mismos años el blues, heredado en línea directa de los hollers o shouts, y de las canciones de trabajo de los campos de algodón, se constituiría en la expresión artística por excelencia de la negritud. Blues y poesía cantada se daban así la mano desde los mismos inicios de la gran lucha por la libertad y la igualdad de los afroamericanos. “A veces he pensado —escribió Douglass— que la mera audición de esas canciones hizo mucho más por impresionar algunas mentes frente al carácter horrible de la esclavitud, que la lectura de volúmenes enteros de filosofía”.

Después del blues vinieron, a finales del XIX, el ragtime y el estilo Nueva Orleans. Más tarde el Dixieland. Hasta que finalmente en el segundo decenio del siglo XX, con sede sobre todo en Chicago y Nueva York, las cuatro letras del jazz se terminaron convirtiendo en algo que iba mucho más allá de la música: en una verdadera revolución cultural. El primer gran encuentro entre la literatura y el jazz es precisamente de esos años. Surgió en Nueva York, se bautizó con el título de Renacimiento de Harlem, y constituyó un intenso y brillante movimiento en el que músicos, artistas plásticos y escritores, con una contribución muy especial de los poetas, forjaron la iconografía esencial del mito. Un fenómeno que destacaron periódicos y revistas culturales de la época, como Survey Graphik. Y que tuvo sus templos consagrados, como aquel Teatro Apolo al que cantaba Lou Reed en su Take a Walk on the Wild Side. Harlem Shadows (1922), del novelista y poeta Claude McKay; Cane (1923), de Jean Toomer, y Confussion (1924), de la también poeta y narradora Jessie Fauset, pasan por ser las tres obras fundamentales de aquella manifestación multicultural, que contó con la militancia de otros poetas notables, como Countee Cullen y James Weldon Johnson.

Julio Cortázar

Muy conocido en España fue uno de los miembros más relevantes de aquel Renacimiento de Harlem: el poeta, novelista y periodista Langston Hughes, quien inventó, junto a Carl Dunbar, la ‘jazz poetry’, o poesía jazzística, que aplicaba con gran efecto a la escritura poética los principios éticos y estéticos —y sobre todo rítmicos— del jazz. Hughes, que aprendió a hablar español en México y descubrió allí a Cervantes, Baroja y Blasco Ibáñez, viajó a Madrid durante la guerra civil española como corresponsal del Baltimore-Afro-American, acompañando a Nicolás Guillén para buscar el testimonio de los milicianos Seberg y los labios de Jean-Paul Belmondo sobre la banda sonora de Martial Solal, en la maravillosa À bout de souffle (1960), de Jean-Luc Godard. Aquella frase de Johnny, el trasunto de Charlie Parker en el relato de Cortázar El perseguidor, pasa por ser el paradigma del alto genio alcanzado por esta música de negros adoptada, mimada y engrandecida por los blancos: “Es horrible Miles, esto ya lo toqué mañana”. Rayuela y 62 modelo para armar, con su poesía desbordante, ilustran el esplendor de aquella estética capaz de superar “todas las imaginaciones”. Cuando se editó en España, en 1999, Jazzuela, donde Pilar Peyrats reunía todas las citas jazzísticas de Cortázar al lado de la grabación de algunos de los temas originales —de Charlie Parker, Miles Davis, Coleman Hawkins, Bessie Smith, Thelonius Monk, Louis Armstrong, Fats Waller, Bix Beiderbecke…—  citados en la obra, el disco-libro se agotó prácticamente de inmediato.

Después de Boris Vian vino Julio Cortázar, para convertirse en el verdadero cronista de lo que fue el esplendor del jazz.

Seis años antes de que Cortázar sacara a la luz su Rayuela, en Estados Unidos Jack Kerouac había publicado On the Road, la obra definitiva de la Beat Generation, y también de todo un movimiento contracultural que tenía como banda sonora el jazz de su tiempo —después del swing, el bebop, y más tarde el cool jazz y el hard bop—. Kerouac, que se definió a sí mismo como “un poeta que sopla azul, una tarde de domingo, en una sesión de jazz”, viajó con la música negra mucho más allá de lo que lo habían hecho antes en su país otros escritores blancos como Scott Fitzgerald (Cuentos de la era del jazz), James Ellroy (Jazz blanco) o Dorothy Baker (El chico de la trompeta).

Publicado en España por Menoscuarto, el último libro del venezolano Gabriel Jiménez Emán, novelista, ensayista y poeta de factura ciertamente jazzística, lleva por título El último solo de Buddy Bolden. Sobre la crónica de la memoria de este cornetista, considerado como uno de los padres del jazz, su escritura vuelve a ser un ejemplo de cómo esta estética musical es capaz de influir en todos los géneros literarios hoy en día. “El jazz —recuerda Jiménez Emán— vive la paradoja de ser visto como una música de grupos intelectuales (prestigio que sin duda le fue otorgado en Europa), cuando más bien surgió de barrios pobres, vecindarios humildes, y de los sacrificios extremos de sus intérpretes”.

En España, en consonancia con lo sucedido en la mayor parte de los países iberoamericanos, la poesía ha sido el género literario que mejor ha sabido interpretar la esencia del jazz, su vocación de llegar hasta el fondo del alma a través de los ritmos más oscuros del corazón. Fruta extraña (2013), de Juan Ignacio Guijarro, evoca en su título aquel tema con el que Billie Holiday glosó la costumbre de ahorcar a los negros rebeldes a la entrada de las ciudades, como advertencia para los de su raza, y ofrece un intenso recorrido a través de “casi un siglo de poesía española de jazz”. Tras el solo inicial de José María Moreno Carrascal, en el libro suenan los versos encendidos de autores como Emilio Carrere, Pedro Salinas, Federico García Lorca, Luis Cernuda, Ángel González, Joan Margarit, Julia Uceda, Cristina Peri Rossi o Juan Carlos Mestre. Así hasta 130 autores. También entre ellos el leonés Antonio Gamoneda, quien escribió en 1961 aquel Blues castellano que rompió de alguna manera con el sonido interior de toda la poesía de su tiempo. “La memoria es mortal —dice Gamoneda—. Algunas tardes Billie Holiday pone su rosa enferma en mis oídos. / Algunas tardes me sorprendo / lejos de mí, llorando”.

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