Copretérito

Carta de Ramón Marrero Aristy

“Por comida y trapos no se puede vender la conciencia”

Ramón Marrero Aristy (1913-1959) es una figura trágica de la literatura dominicana. El autor de Balsié (1938) y Over (1939), novela paradigmática del realismo social en República Dominicana, estuvo entre el grupo de escritores que en los años veinte preconizaron ideas socialistas y terminaron formando parte del régimen dictatorial de Rafael Trujillo. Marrero Aristy murió asesinado por orden del tirano, víctima de los demonios con los que cortejó de manera tan lastimera como suicida en la carrera hacia el desastre que fue su vida.

La carta que reproducimos a continuación, testimonio desgarrador del drama del escritor, de la indigencia económica no pocas veces acompañada de la renuncia a los ideales bajo el poder despótico de la dictadura, está dirigida a Secundino Gil Morales, antitrujillista, luego senador y presidente del Partido Revolucionario Dominicano, y nos fue suministrada por los hijos de Carlos Grisolía Poloney —Grisco—, el amigo citado en la misiva, también antitrujillista y senador.

Según la historia oral, Marrero pudo realizar el viaje al que se refiere en la correspondencia. No tuvo tiempo de mandar a buscar a su mujer porque esta falleció, y un año después, en 1939, publicó Over. En 1940 entró a formar parte del régimen trujillista. “Por comida y trapos no se puede vender la conciencia”, dijo en las líneas finales del texto. Sus palabras hacen muecas desde el círculo perverso de la realidad dominicana.

Diciembre 26 de 1938.

Mano Cundo:

  El mundo me da vuelta y nuevamente como que me viene encima. Siempre estos desagradables días de invierno empeoran mis males. Hay muchas razones: Noche-buena —léase calamidades, amarguras por escasez de dinero, el insulto de los que pueden haciendo alarde de su abundancia—, el airecillo este que invita a todo, menos a la alegría; mi temperamento vagabundo, mi costumbre de andar para un lado y para otro, mi ausencia de capacidad para cazar dinero en cualquier forma.

  Así, en estos días, todo se me agudiza: desde la inconformidad y la necesidad, hasta la neurastenia y el deseo de volar.

 Pasamos una pésima Nochebuena. Ya no podemos soportar la plebe donde vivimos. Es preciso abandonar ese lugar. Cualquier parte decente cuesta como mínimo $40.00. No los puedo pagar, porque ahora no puedo repetir la historia de salir despedido de un hotel. El sueldo —como todo sueldo pequeño— está maldito. Yo tengo que moverme dentro de un ambiente que me exige una representación que no puedo sostener. (Los otros la sostienen fajando, esgrimiendo el sable día y noche).

  Mi mujer come mal, sigue flaca, no tiene aspecto de mejorar. Veo todos los días el cuadrito y siento que algo me sube. No es que ahora quiera abandonarlo todo, sino que tengo derecho a buscar otros medios de vida, sobre todo ahora que tengo fuerzas. Esa teoría de esperar, esperar, en una tierra como esta, donde las aptitudes de los hombres valen menos que cualquier fruta podrida, no es aplicable a un individuo que sepa ver las cosas. He resuelto, súbitamente, salir de aquí.

  Oye: en Macorís hay una goleta que lleva a Curazao por $10. Un pasaporte cuesta ocho. Un viaje a Macorís a arreglar mis asuntos $2.00. Le estoy escribiendo a Grisco. He pensado en que él me envíe $20. Tú me envías $20. Yo reúno aquí $20. La mujer se quedará donde Dios quiera y como Dios quiera (cualquier día que yo quede sin empleo sucederá lo mismo). Yo me voy a Curazao y de ahí paso a Venezuela. Allí hay trabajo y dinero. Lo demás corre por mi cuenta. Lo primero que encuentre se lo mando a la mujer. Con lo segundo mando por ella.

   Esto te parecerá una fantasía, pero ninguna fantasía tan cruel como esta que estoy viviendo aquí. Yo estoy decidido a no progresar a la manera dominicana. No haré eso aunque me cueste lo que me cueste. Ya para ensuciarse de mierda es suficiente. Soy muy joven y no tengo intereses ni familia. Por comida y trapos no se puede vender la conciencia.

  Le dije esto a la mujer y se ha quedado un poco aturdida. ¿Qué hacer? Cualquier día me quedo sin empleo y ocurrirá algo peor. Quiero irme.

  Dile esto a Luis y escríbeme para que organicemos el asunto, pues no quiero tocar el dinero hasta que no sea para irme.

Ramón

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