Con Arte

Claudio Rivera

Perfectus Quorum. Dramaturgia y dirección: Waddys Jáquez

¡Alerta de teatro huracanado!

En nuestra isla persisten zonas en precariedad ancestral, que tienen una franca vocación por lo anárquico y caótico. A pesar de ello se reconoce la urgencia de organizar nuestro pensamiento y accionar en todos los terrenos del arte, particularmente en el teatral.

Se nos antoja rezar a la Virgen de la Cueva para que llueva un reconocimiento de lo teatral que no se lo lleve el viento y se nos muestre anclado en los siguientes paradigmas: la procura de un héroe escénico nacional, la creación articulada a nuestra memoria histórica, la defensa de un actor nacional, heredero y hacedor de cultura como expresión de aspiraciones materiales y espirituales de eso que llamamos pueblo y sus expresiones simbólicas, como por ejemplo pueden ser las formas inagotables en que se expresa la fuerza del carnaval y su capacidad para detonar el imaginario, las tradiciones orales, las leyendas que dan cuerpo a la memoria colectiva y las exigencias que matizan las influencias e inspiraciones de las personas que hoy deciden hacer y apreciar el teatro.

A este enfoque paradigmático pertenecen emblemáticas y sólidas tradiciones teatrales, como por ejemplo La Escuela Nacional de Arte Dramático, el extinto Gratey, los estupendos hacedores de Gayumba, el movimiento teatral universitario y otras experiencias más recientes. Otro paradigma para la creación teatral pudiera estar inspirado en la animación de una sala de teatro independiente con programación estable, como vía de provocar la creación de un público que también aspire y participe en la construcción de esos héroes y heroínas escénicos, que cuenten las historias nuestras al mundo y las del mundo a nosotros. En ese sentido debiéramos reconocer el esfuerzo sostenido del Teatro Las Máscaras, La Cuarta Espacio Teatral, Teatro La Luna, El Teatro Guloya, la Sala Laura Bertrán, XMT, El Teatro Alternativo, Casa de Arte, Teatro Utopía, Huella Latina y la 37 por Las Tablas en Santiago, el Teatro Iván García en Puerto Plata, todos espacios inspirados en los atrevimientos fundacionales de Nuevo Teatro y Casa de Teatro.

Queremos un teatro huracanado que apele a lo más arquetípico del ser humano: sus sueños, en tanto pensamiento detonador de emociones y de las ansias de darle sentido a la vida desde la dignidad y la libertad. En el interior de dicha tempestad escénica se pudiera gestar la construcción de una dramaturgia, de una teatralidad que estimule el placer estético y las formas del pensamiento.

Aprovechemos este ventarrón teatral para ejecutar una cremación simbólica de todas las alegorías atroces de la dictadura, como fue consumado en “Perfectum cuórum” de Waddys Jáquez y resguardemos y refugiemos la vigencia esperpéntica de un fantasma, de un muerto que nos habla, como lo es Bolo Francisco (premio Casa de Las Américas 1985, de Reynaldo Disla).

Hagamos todo esto y más sin pedir permiso y que el vendaval limpie el camino a nuestra vocación por este oficio de necedades, de riesgo y fascinación, el camino hacia nuestro derecho a redimensionar lo popular y a reinventarnos el teatro desde un ensayo-error permanente, en pos de un dominio del lenguaje teatral que siempre encuentre inspiración en nuestra cotidianidad a hechizar y transformar.

Aboguemos por un fenómeno atmosférico que arrastre nuestras deficiencias, ese afán de confundir organicidad con espontaneidad sin elaboración, que nos traiga un equilibrio entre verosimilitud y codificación y nos devuelva una vocación por el dominio artesanal de nuestro oficio.

Provoquemos un teatro huracanado que estremezca el apacible clima tropical de la escena nacional, que se lleve de cuajo lo transgresor mal entendido en detrimento de lo conceptual y el bienestar colectivo, y que en cambio sus vientos máximos nos hagan vincular lo transgresor con el pensamiento de tres de nuestras figuras emblemáticas: Eugenio María de Hostos, Pedro Henríquez Ureña, el profesor Juan Bosch y sus ideas en torno al teatro, considerando que estos grandes maestros han legado a nuestro país, a nuestra América y al mundo, una obra fundacional en cuanto a establecer paradigmas educativos, ciudadanos y sobre el arte y la cultura, aún válidos y pendientes en la agenda de nuestro proyecto de nación.

Salgamos a las calles a regocijarnos en los vientos de un teatro huracanado que nos empape de la manera en que Hostos concibe la verdad artística planteada en su tratado de moral, la que a su vez se amalgama con la visión que tiene el maestro ruso Stanislavsky sobre la relación entre arte, fe y sentido de la verdad y las dificultades para decir la verdad según Brecht. Y descubramos que cada uno presenta el teatro desde un punto de vista axiológico, es decir, su obligación moral para con la sociedad y la humanidad. En todos los casos, la búsqueda, expresión y manifestación de la verdad debe ser el objeto del arte.

Provoquemos un teatro huracanado que estremezca el apacible clima tropical de la escena nacional, que se lleve de cuajo lo transgresor mal entendido.

Empapémonos de las exigencias de Pedro Henríquez Ureña al teatro en cuanto búsqueda de nuevas formas expresivas y del “efecto de distanciamiento” propuesto por Bertolt Brecht como respuesta al agotamiento del Realismo en el teatro. Veremos cómo nos arrastran sus deseos de renovación, que el teatro sea concebido como algo vivo que fluctúa de forma constante y no permanece estático.

Que llegue un teatro huracanado que nos haga temblar ante las exigencias que hace Juan Bosch al teatro dominicano sobre su relación con su realidad histórica y cultural y sus vínculos con los planteamientos que hace Eugenio Barba sobre la relación entre teatro y sociedad. Ambos maestros contemplan el teatro desde su evolución histórica, con el interés de que se comprenda que cada realidad amerita un tipo de teatro y un tipo de lenguaje ajustado a su realidad social y cultural. Ambos recurren a la búsqueda de una identidad propia como forma de realizar una propuesta dramática que despierte el interés general. Ambos puntualizan la necesidad de desarrollar una cultura teatral que, en palabras de Barba, se trataría de formar una tradición teatral propia y en palabras de Bosch se trataría de fundar una tradición teatral nacional.

Procuremos que este vendaval de ideas nos aturda, que nos eleve en una marejada de actitudes indagadoras, críticas y abiertas y que nos devuelva oleadas de pensamientos análogos renovados, que toquen la sensibilidad del espectador de hoy y que nos deje en alerta, en espera del próximo huracán teatral que sacuda nuestra conciencia y nuestra imaginación desde la alegría y la aventura de vencer nuestros obstáculos, de crear desde el juego y la simulación mundos posibles y diversos. Luego de la tormenta vendrá la calma y con ella la poesía. Y con la poesía, la promesa de otra travesía convulsa y fecunda.

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