Con trasluz

Las dimensiones del silencio

Una reflexión sobre el último filme de Martin Scorsese

José Luis Sáez, S.J.

Si no me equivoco en el cálculo, esta debe ser la 26.ª película que ofrece al público el director norteamericano de origen italiano, sin contar con catorce documentales y ocho cortometrajes, que coronan su carrera de medio siglo en el cine, aunque supongo que el primer largometraje que llegó a nosotros y nos sorprendió por extraño y posiblemente atrevido fue Taxi Driver (1976).

Y no parece casualidad que aquel enfermizo taxista neoyorquino, sobreviviente de una guerra que no era la suya, no se acomodaba al desierto y la angustiosa soledad de la gran ciudad. Era en cierto sentido el reverso de la película que nos ocupa, la más reciente y sorprendente sobre la persecución de los jesuitas y los cristianos en general en Japón a mediados del siglo XVII: Silencio (2016).

Su fuente de inspiración y el guion de este último filme se basan en una novela del mismo título, publicada en 1966, de la autoría del narrador japonés Shusaku Endo, basada en la historia del supuesto misionero italiano Giuseppe Chiara, S. J. Desde que Scorsese la leyó en 1986, tenía decidido traducirla a imágenes, aunque demoraría treinta años en hacer realidad su proyecto.

Y valía la pena esperar tantos años. La línea dramática, jalonada de crueldades, de las que quizás hasta los primeros mártires cristianos se hubieran asustado, me pareció que era probablemente donde estaba la clave del éxito de Scorsese. Una y otra crueldad se suman para retratar cómo funciona una dictadura, no importa el signo que la defina, y cómo funcionan los seres humanos en su debilidad.

Como es obvio a cualquier lector o asiduo espectador, la historia contada en imágenes por cualquier cineasta o autor teatral no tiene por qué ajustarse a la verdad histórica de fechas y nombres. Sin faltar a lo esencial de la historia que nos cuenta Martin Scorsese, sus personajes no tienen por qué ser estrictamente históricos. Algunos nombres pueden cambiar, sin cambiar por ello lo esencial de esa historia que, a pesar de sus casi tres horas de duración, logró que hasta me pareciera corta.

Los nombres de los dos personajes jesuitas casi centrales, es decir, los jóvenes Sebastião Rodrigues y Francisco Garre, no son históricos. Sí es auténtico el del superior al que acuden estos para investigar la verdad de la apostasía del portugués P. Cristóvão Ferreira, S. J. Se trata del visitador de las misiones de Japón desde 1579, el italiano Giuseppe Valignano, S. J., prácticamente tercer sucesor de San Francisco Javier, y desde 1587 refugiado forzosamente en Macao. Y, como es obvio, también es real y auténtico el P. Ferreira, S. J., que se convirtió al Budismo en 1633, cuando llevaba en Japón veinticuatro años de misionero.

La apostasía del P. Ferreira, nacido en Torres Vedras (Lisboa, Portugal) en 1580, y muerto en Nagasaki en 1650, ocurrió, como en muchos casos que vemos en la misma película de Scorsese, al cabo de la tortura de cinco horas colgado boca abajo, culminó en el mero gesto simbólico de pisar un bajo relieve de Cristo en la cruz.

Otro tanto le sucederá al investigador sobreviviente, es decir, al P. Sebastião Rodrigues, —su compañero jesuita se ahoga a su vista—, que acabará por ceder a las presiones, torturas y muertes de tantos cristianos crucificados, y después de pisar la consabida imagen, optará también por el Budismo.

A estas alturas del filme y antes de ver el final, cualquier espectador podría preguntarse qué es eso del silencio. ¿A qué se refiere el título de la novela de Endo y la película de Scorsese? ¿Podría suponerse que es Dios mismo el que calla ante el sufrimiento de los inocentes? ¿No será que esos inocentes optan por el silencio, con tal de sobrevivir, con conciencia de que algo se hará, a fin de cuentas, por los inocentes perseguidos?

El inesperado final nos da otro sentido del silencio. Al iniciarse la cremación del cadáver del P. Rodrigues, los que no se levantaron del asiento, como es nuestra mala costumbre, vieron en un movimiento en zoom de la cámara, que en una de sus manos cruzadas sostenía un rosario. Por eso, no solo hay matices del silencio, sino que hasta la “conversión” del jesuita era una faceta más del silencio, que nos hace cuestionar si él mismo y su maestro, el P. Ferreira, optarían por silenciar sus propias creencias, silenciando hasta los símbolos.

Hasta aquí lo más anecdótico, y las precisiones históricas, que no podía dejar de lado. Para los que quieren saber ya si vale la pena la película de Scorsese —quizás son los mismos que se levantan antes de tiempo en la sala de cine—, baste con decirles no solo que Silencio está a la altura de los mejores logros de la carrera del cineasta, sino que, a mi parecer, Martin Scorsese se superó a sí mismo, y nos ha regalado una brillante historia a la que no le falta lo enigmático y, como la realidad misma que él ha retratado en algunas de sus películas, llena de sugerencias, pero sin solución ni verdadero final. Así debe ser el verdadero cine.

El cine dominicano en una nueva ruta

Felix Manuel Lora

El avance del campo audiovisual en República Dominicana ha dependido de la intervención de los grupos económicos, que conforme a sus intereses han promovido e importado las nuevas tecnologías para su desarrollo y explotación comercial.

Así ha pasado con la prensa escrita, la radio, la televisión y ahora con el cine, un medio que ha formado parte del interés artístico del dominicano desde hace casi un siglo. La osadía de Francisco Arturo Palau es una prueba de esto. Este pionero en el área realizó en 1923 La leyenda de Nuestra Señora de la Altagracia y, un año más tarde, la comedia Las emboscadas de cupido. Ambas producciones, aunque no originaron un estímulo para la realización constante, marcaron hitos en cuanto a manifestación del cine en el país.

Muchos han sido los obstáculos y vientos en contra que han tenido que sortear los realizadores criollos para ejecutar sus proyectos. No obstante, se ha podido construir un cine que, con sus carencias propias, ha tratado de reflejar el imaginario colectivo del dominicano con sus virtudes y defectos.

Durante los 31 años de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo Molina hubo una especie de vacío y nulidad de iniciativa en la producción fílmica de ficción. En ese periodo solo se produjo un conjunto de documentales propagandísticos enmarcados en la euforia del régimen por expandir sus mecanismos ideológicos usando todos los medios posibles. Inclusive, en agosto de 1955 se anunció la creación de la industria cinematográfica dominicana, cuyo primer proyecto sería la filmación de “La reina del merengue” a un costo de 150,000 pesos, como hace constar José Luis Sáez en su libro Historia de un sueño importado (ediciones Siboney, 1982). Pero el anuncio no fue más que una febril intención del Estado como parte de su estructura propagandística.

En 1963, con la obra fílmica de Franklin Domínguez titulada La silla nace otro intento de hacer un cierto cine dominicano. Este filme se convirtió en la primera película posdictadura y en un nuevo punto de partida para una cronología de producción de largometrajes de ficción que hoy, con algunos saltos en el tiempo, definitivamente se ha podido establecer.

A partir de Franklin Domínguez la línea cronológica estuvo matizada por tentativas de construir un cine nacional con cierta identidad. Ejemplos precisos son los documentales de René Fortunato y su tríptico sobre la dictadura trujillista, la película de Agliberto Meléndez Un pasaje de ida (1988), las inquietudes de Ángel Muñiz en Nueba Yol, por fin llegó Balbuena (1995) o en la evocación de las tradiciones sociales de Cuatro hombres y un ataúd (1997) de Pericles Mejía.

Antes de la promulgación de la Ley para el Fomento de la Actividad Cinematográfica en la República Dominicana (Ley 108-10), República Dominicana estuvo prácticamente aislada de los procesos audiovisuales del hemisferio.

Desde el año 2011, cuando se inició la aplicación de la mencionada ley, se han estado apuntalando las bases para construir verdaderamente una industria cinematográfica local. Todo el panorama audiovisual del país cambió de forma radical. De esos pequeños atisbos de realización se ha pasado a una producción constante dirigida a crear un mercado nacional para el producto fílmico dominicano que, por demás, busca su exportación hacia mercados extranjeros.

Inversión y crecimiento: nuevos protagonistas en escena

El impacto en la trasformación del sector es patente. De acuerdo a datos de la Dirección General de Cine (Dgcine), la inversión total en cine en el período 2012-2016, ascendió a $3,188,082,171 pesos, aportada por productores dominicanos beneficiados con la ley.

Por otra parte, el estudio “Impacto Económico de la Industria del Cine en RD”, realizado por Oxford Economics, indica que entre junio de 2011 y junio de 2016 ese sector benefició a la economía con $2,207.1 millones de pesos.

Con relación a la inversión extranjera, de acuerdo a Dgcine, el país ha percibido, solo en 2015, cerca de $422 millones de pesos. En 2016, las primeras películas extranjeras filmadas en territorio nacional aportaron unos $2,300 millones de pesos.

La política generada desde el Ministerio de Cultura, a través de Dgcine, ha garantizado la producción de un cine dominicano de presupuesto adecuado a la realidad del mercado. El costo promedio de una película dominicana es de $46 millones de pesos (aproximadamente un millón de dólares) muy por debajo de los demás países. Los resultados están a la vista: en 2014-2016 se han exhibido en las salas de cine comerciales 58 producciones dominicanas entre largometrajes de ficción y documentales.

Aparte del incremento de las realizaciones locales, la Ley 108-10 ha estimulado la expansión de la infraestructura de exhibición cinematográfica. Veinte nuevas salas se han abierto al público. Hoy día, el 39% de las boletas vendidas cada año en todas las salas de exhibición cinematográfica en el país corresponden a películas dominicanas, según datos de la Dgcine.

A todo esto se suma el creciente número de técnicos del audiovisual egresados de distintos institutos y el aumento de empleos directos estables en el sector de la producción cinematográfica.

Otro factor relevante es la creación de establecimientos especializados en realización cinematográfica, como el Estudio Quita Sueño del cineasta Ángel Muñiz y Lantica Media del Grupo Vicini, este último abarca un complejo de producción fílmica y TV levantado en 17 hectáreas en Juan Dolio, el cual incluye tecnología de punta para filmación acuática. Este complejo es conocido también como Pinewood Dominican Republic Studio.

Universidades e institutos y una carrera para hacer cine

Las ofertas para estudiar cine en República Dominicana no son nuevas. Algunas de las principales iniciativas buscaron establecer mecanismos institucionales hacia el desarrollo de la industria del audiovisual en el país. Cabe mencionar el Comité Pro Instituto Nacional de Estudios Cinematográficos, fundado en 1973, el Instituto Dominicano de Cine y Televisión y el Instituto Dominicano de Arte y Cine, creado por Grupo de Cine Militante.

Con la resolución número 66-507 del Consejo Universitario del 18 de octubre del 1966, la Universidad Autónoma de Santo Domingo crea la sección de cine adscrita al Departamento de Extensión Cultural y Acción Social. Un gran paso adelante fue la creación en 1979 de la Escuela de Cinematografía adscrita al Departamento de Artes. Pero no será hasta el 1982 cuando la UASD empiece a ofertar la licenciatura y el nivel técnico en las áreas de cine, fotografía y televisión, carreras que al día de hoy gozan de una matrícula considerable.

Otro resultado de la Ley 108-10 ha sido la generación de gran interés en mejorar la calidad profesional de los involucrados en el sector audiovisual local. La urgencia por contar con guiones de calidad ha dado lugar a numerosos concursos e instrucciones específicas en la materia.

En este último lustro la asociación Entrenamientos Cinematográficos del Caribe auspició por tercera ocasión “Dominicana Tiene Talento”. También la Dirección General de Cine formalizó el Primer Concurso de Guiones, lo que se sumó a las convocatorias de proyectos a evaluarse para otorgación de recursos.

De su parte, el Ministerio de Educación de la República Dominicana y la Organización de Estados Iberoamericanos alentaron a los estudiantes de los dos primeros grados del nivel medio a producir historias y relatos para la elaboración de guiones y la producción de cortometrajes.

A su vez, las universidades privadas ya han incluido la carrera de cine en su oferta académica. En 2016 Intec incluyó la Licenciatura en Cine y Comunicación Audiovisual, mientras que la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra diseñó un nuevo plan de estudios para la Licenciatura en Comunicación Audiovisual y Artes Cinematográficas.

Por último, cabe observar el cambio del panorama del cine en República Dominicana en los últimos tiempos, así como el grado de interés por la formación de los profesionales y técnicos indispensables para su desarrollo, a través del número y la variedad de instituciones implicadas en ello. Además de las mencionadas antes, están: Entrenamientos Cinematográficos del Caribe, el Instituto Global de Multimedia, Escuela de Cine GC Films, Instituto Técnico Superior Comunitario, Instituto Nacional de Formación Técnico Profesional, Fundación Académica del Nuevo Cine, Escuela de Diseño de Altos de Chavón y el Centro de Estudios en Comunicación Audiovisual, dependencia de la Corporación Estatal de Radio y Televisión.

De todo lo anterior puede deducirse que el futuro del cine dominicano es promisorio.