Convivencia

La ermita

IDA HERNÁNDEZ CAAMAÑO

 

Quiero rescatar de un hace tiempo, 

aquella sensación de tu mirar ausente 

que rasgando la noche 

la misteriosa noche 

se quedó a la intemperie 

entre los muros mojados 

de una vieja iglesia frente al río 

que hoy avecina esta ciudad a mi vida1.

Una imagen se nos hace presente, no porque objetiva y racionalmente sea de alguna importancia, sino porque arrastra el pensamiento a un espacio mágico, significativo, porque pone sentimiento al corazón, se convierte en símbolo de razones y sinrazones, de perdidas ilusiones o de llamado de atención de lo que somos, hemos sido o queremos ser.

El templo es un lugar sagrado para rituales religiosos, que dependiendo de elementos y circunstancias como su origen, uso, estructura, época, estilo, será una ermita, una abadía, un convento, un monasterio, una capilla, una iglesia, una basílica, una catedral; los templos del mundo son expresiones fehacientes de la cultura de los pueblos, de su desarrollo, y constituyen expresiones artísticas que involucran creencias, tradiciones, rituales, convirtiéndose en símbolos de su historia a través del tiempo .

La catedral es un templo majestuoso, un monumento arquitectónicamente elaborado; la ermita es quizás el más sencillo lugar de oración y recogimiento destinado a “poder cultivar en paz su propia vocación particular”. La ermita es “un santuario generalmente pequeño, situado en un despoblado fuera de la población”.

La ermita del Rosario, desde hace tiempo o tal vez desde siempre, llamada capilla Nuestra Señora del Rosario, es el más antiguo templo católico construido en la ciudad de Santo Domingo. Se ha documentado que en el 1497 se ofició la primera misa de la ciudad. Es asociada a los frailes dominicos pues en ella celebraban sus misas y en especial a fray Bartolomé de las Casas quien allí bendijo la expedición que salía para la colonización de Guatemala y, en 1544, antes de partir para México, ofició su última misa.

Nuestra ermita está situada en la ribera oriental del río Ozama de la ciudad de Santo Domingo, en el desde hace mucho tiempo denominado barrio Villa Duarte.

Mirar un descampado, un monumento, recorrer una calle, un barrio, ver sus casas es caminar sobre la historia propia y de los otros; y se convierte a veces en vías directas al recuerdo, en resorte que activa un torrente de imágenes y situaciones del ayer; a ella, la ermita, la veo hoy a través de su triste esplendor, moribunda, subestimada y sin embargo firme, sagrada y hermosa en esta remembranza como parte de un pasado, de mi propio pasado.

Es posible que cuando aquella ermita llamó mi atención a finales de los años 60, yo no estuviera en el momento cumbre de mi religiosidad; tan solo recorría con especial deleite el malecón, ese paseo que conformaba un gran horizonte de los sueños, al colocar tal vez sin darnos cuenta y por contacto de sus mares, la isla con otros horizontes; y en ese frecuente transitar, fue inevitable encontrar en su espectro en la zona que alcanza la Ciudad Colonial, aquella pequeña, solitaria, silenciosa y apartada construcción que dormía discreta al otro lado del río, y justo al lado de lo que hacía poco tiempo fuera un mirador desde donde la puntería certera del invasor, odiado enemigo, segó tantas vidas indiscriminadamente.

¿Cómo fui a parar a aquel (para entonces y a mis ojos) recóndito, misterioso y solitario lugar hace ya casi medio siglo?

¿Qué mágico atractivo me hizo correr hacia ese espacio sagrado en cierto modo? ¿Llegar allí con un crepúsculo de esos que te estremecen y te drenan de a poco la visión de la vida para hacernos creer que somos casi nada ante el mundo completo? Solo necesitaba un cómplice y lo encontré en la curiosidad de ese amigo a quien, sin yo saberlo, también le atraía la ermita. Atrevidamente propuse llevar una guitarra, que rasgaba incipiente y que fue parte de este lúdico encuentro. Todos los sentidos entraron en acción.

Entramos sigilosos aquel atardecer apacible que creaba a mis ojos y a mi edad un ambiente mágico y atrevido. El río nunca limpio, pero simbólico, rodaba a nuestros pies; los pocos carros y transeúntes de la otra orilla, desentendidos de las cosas que ponían en alerta todos mis sentidos no se enteraron de mi curiosidad. Dos horas por lo menos, sentados debajo de uno de sus arcos, rozando la grama humedecida y fresca, fueron suficientes para hacer de esa única visita a la ermita, un recuerdo imborrable, que hoy la acerca a mi vida en una evocación que todavía me emociona y ahora me entristece.

La sorprendente noticia de una situación inusitada, como el querer convertir en calle privada la que da acceso a un templo público, que por ya no estar apartado de la ciudad ha perdido su carácter de ermita; ver cómo ancestrales y simbólicos monumentos no encuentran en las autoridades correspondientes un frente contra el vandalismo impune, sentir que estos lugares no tienen los dolientes imprescindibles para su defensa; constatar que las instancias reglamentarias del poder se declaran incompetentes frente a un absurdo e innecesario conflicto, pone un rostro de oscura realidad a la historia de nuestras reliquias, a los valores de nuestra cultura, a nuestra calidad humana.

Mi vida, la vida de los otros, tratando de contribuir con nuestra actitud a un mejor universo; el tiempo, ese “gran escultor” como me encanta decir con Marguerite Yourcenar, fue pasando; el mundo tecnificándose y arrojando otra mirada sobre las cosas, sobre la vida; y cuando, como dice el verso de Neruda “nosotros los de entonces, ya no somos los mismos”, ni la ciudad tampoco, nos acercamos a ella con asombro, incertidumbre e impotencia. Y yo me pregunto, ¿cómo puedo conjugar el paso de los años, la virulenta modificación de los lugares, de los ambientes conocidos, su a veces patética actualidad, con su anterior y magnífico significado?

Sin ninguna respuesta, y ahora temerosa de llegar a la ermita a cualquier hora, confrontando impedimentos y deplorables ruidos, veo sus muros desde lejos, y en las fotografías una sombra oscura, impertinente, se cierne sobre la poderosa fuerza del recuerdo. Enclavada entre tantos ruidos y conflictos, continúo mirando con lánguida emoción aquella ermita, donde entre sus antiguos muros se encierra un eco reverente, una historia, un pasado.

“Por el camino verde, camino verde que va a la ermita…”2  todas las carreteras y los senderos están prohibidos, mas todos los recuerdos, con su belleza, son permitidos.

Ya no eres más la ermita de mis recuerdos, pero continúas siendo el recuerdo de la ermita de una tarde cualquiera en mi isla, en mi ilusión moribunda de una patria mejor.

1 “No recuerdo el río”, Viajera del Polvo, 1993.

2 “Por el camino verde”, canción popular de Carmelo Larral.

parque de aquellos

Aquellos que caminan en los parques prefieren el crepúsculo

Crónica sentimental de Santo Domingo, la ciudad de los ojos castaños

Vianco Martínez

La ciudad estaba enamorada de julio cuando Goico, un ácrata nacido pintor que se tambaleaba entre los colores y la noche, tomó para siempre las de Villadiego. Fue ensayando su muerte a través de sus pinturas, que se fueron desvaneciendo al final. Mientras se apagaba, la ciudad se encendía, negada a morir con él.

Sitiada por las paradojas y toda preñada de luz, Santo Domingo se parece a él. Tiene los ojos castaños y la triste luminosidad de sus obras, y está llena de reyes coronados de tristezas y mendigos coronados de colores. Y lo más importante, sabe reír cuando le corresponde y entristecer cuando le llega su hora. Sin Goico puede que la ciudad se haya vuelto menos colorida, y la tristeza más triste. Sin él, la invención tiene un dejo menos de eternidad.

Una vez hubo una guerra en la ciudad y ya casi está olvidada. Fue en abril, hace muchos años, en un momento en que la esperanza trabajaba a tiempo completo. Guerreros metidos a poetas y poetas metidos a guerreros. Y todos llevaban el aliento de su época. Esta es la hora de la dignidad, dijeron sus defensores, que tenían un verso en una mano y un fusil en la otra. Y la brisa marina era su dama de compañía.

Ciudad que ha sido armada / para ganar la gloria / Santo Domingo /digna fortaleza del alba1

Convertida por la historia en una circunstancia, Santo Domingo se levantó; el presidente Caamaño —presidente bajo las bombas— derramaba la dignidad de sus esquinas sobre los ocupantes extranjeros, mientras recuperaba el puente y asolaba a los tanques enemigos, devolviéndolos a su lugar; tanques que no pudieron vencer y que lo único que lograron fue que el futuro naciera lastimado.

La guerra terminó y sus héroes viven olvidados. Se ha vuelto mezquina la ciudad con sus recuerdos. A veces parece que sus calles viven para olvidar.

El mar, el mar

Esta ciudad que está en el litoral, esa dama señorial que viste de salitre, que en las noches juega con la luna y en febrero se quita el sombrero y se acuesta con la brisa, esa que lo entrega todo a la luz del sol, es la misma que se va en los ojos de cada marinero que pasa por el puerto. Los arpegios que vienen del mar y los susurros que cantan las gaviotas son parte del hechizo de sus tardes.

Hay un hombre mirando al mar, un hombre con la mirada trepada sobre las olas. Frente a él, las gaviotas cantan pero nadie las escucha. Esta ciudad es así, sorda para las gaviotas y dispuesta para la bullanga. Pero las gaviotas siguen ahí, como un cuadro suspendido en el lienzo de la nada, y no les importa si las quieren o las dejan de querer; llegan en las horas silenciosas y cantan aunque nadie las asunte.

Nathalie Handal, poeta palestina y ciudadana sin frontera de todos los lugares, guardó sus mejores asombros para esta ciudad:

Un abrigo multicultural. Una moto. Una estrella parecida a Júpiter. Un espejo de voces incompletas. Un dibujo de plumas azules. Un baile color de coco. El aliento que exhalan los tambores de bambú. Un lienzo con soles amarillos. Las campanas sueñan con las noches de antes en una colonia de nubes2.

Para luego preguntar en versos blancos:

 ¿No sabes, hijo, que en el malecón las mujeres se ponen tan doradas, tan fascinantes, que incluso el sol desaparece durante el día?3

Una ceiba y una sonrisa, tres ríos y una luna para cada tristeza son suficientes para hacer una ciudad.

Los lugares no ocurren sin sus habitantes y aquí, en esta ciudad de trenzas largas y caderas de agua, que devuelve mejorada la luz del sol en la sonrisa de sus muchachas, hay dos millones de almas para hacerla ocurrir, dos millones de almas como dos millones de hortensias. Y cada sueño es un proyecto inconcluso.

Manuel Rueda, poeta de siempre, que vino del Noroeste y, caminando por sus calzadas, terminó amándola y metiéndola en sus versos, la definió hace tiempo con el lenguaje de los dioses:

Santo Domingo es esto: un millón de habitantes / que te miran / un millón de moribundos que se esfuerzan bajo el sol / que hacen ruido y te miran/ te gritan / te esquivan a sabiendas / te persiguen / te violan / te agarran la solapa / te sacuden los hombros / te interrogan / te besan / te preguntan / te comprimen / te arreglan la corbata3

Aquellos que caminan en los parques prefieren el crepúsculo. Y la sombra de las ceibas. Y el lamento de las palomas. Esos parques fueron hechos para que la brisa tenga sentido y para rendirle un homenaje a la soberanía de las flores y las matas. Por ellos van muchachas que parece que acaban de salir de un cuadro de Elsa Núñez y se han puesto a caminar calle arriba y calle abajo.

Y nada como el buen decir de Miguel Alfonseca, el poeta del parque Hostos:

Han vuelto los niños a reír / en tus calzadas donde murió la primavera / donde la primavera se perdió bajo las púas / porque la sangre estaba allí invadiendo 4.

Con el calendario convertido en un recuento de ocasos y amaneceres, a Santo Domingo le tomó siglos salir de los muros y las piedras, y ahora, peleando con una modernidad hecha con pedazos de pasado y migajas del presente, y encandilada de horizontes lejanos, se quedó sin límites y se volvió desmesura. Ya nadie sabe dónde empieza y dónde termina esta ciudad. Ahora su guerra es la del tiempo y su mejor desvelo es el que dedica cada día a prevalecer.

Aquí está ella, toda galana, con sus viejos lucimientos y todas sus tristezas, ella, como una diosa mancillada, con su carrusel de alegrías necesarias y alucinada con los fuegos fatuos de la modernidad, llevando la música en las manos y aprendiendo a reír con los pies cada vez que tiene que llorar.

Esta es Santo Domingo, la ciudad de ojos castaños.

2   Nathalie Handal: “Santo Domingo”. Del libro La estrella invisible.

3   Nathalie Handal: “El viejo malecón”. Ob. cit.

4   Manuel Rueda: “Santo Domingo es esto”. Del libro La ciudad en nosotros, de Soledad Álvarez.

5   Miguel Alfonseca: Del libro La ciudad en nosotros.