Confluencia

Diego Muñoz

Perseverancia en el amor

Le pregunté qué clase de comida le agradaba. En vez de responderme, se levantó la parte de arriba del cráneo y dejó caer una manzana adentro. Supuse que se trataba de alguna clase de respuesta. 

Después ofrecí llevarla a una discoteca. Entonces se desatornilló una pierna. Eso me pareció rancamente irritante. Me puse de pie e intenté besarla, pero comenzó a chirriar y los ojos se le llenaron de gráficas verdes como electroencefalogramas. Entonces decidí mandarme a cambiar. No era el día apropiado para tolerar tanto desperfecto.

Los sucesivos estados del amor

Se convierte en caballo para galopar vigorosamente al lado de las olas; ella en potra de marfil, cuyas crines estremece el viento salobre. Se transforma en pez para navegar alrededor de él y arrullarlo con aletas azules y cola plateada. Vuelan en círculos, ya pájaros, rompiendo el aire con evoluciones convergentes para regalarse besos fugaces. Se transmutan en mariposas para entregarse a la búsqueda de un néctar oculto. Al fin, regresados a su condición humana, se dejan caer sobre la arena, extenuados y dichosos. Se transfiguran en lobos para poseerse con ferocidad, hasta hundirse en la nada del comienzo, o en el sueño, o en el amor, que son lo mismo.

Pintando de carmín

Se ha propuesto teñir de rojo el mundo entero, aunque vista de riguroso azabache y sus ojos —también negros— tengan reminiscencias verdosas. Va por allí con escaleras y zapatos de tacón, rodillos de distintos tamaños, brochas y pinceles destilando bermellón. Tras su paso no hay mínimo rincón que escape al carmesí. Has de tener cuidado si ella se cruza en tu camino. La reconocerás por el balde con pintura colgando de su mano y la brocha que primero manchará tu rostro con indeleble rojo para luego convertirte en una mancha grana.

Kianny Antigua

Dos días de verano

Primero lo llamé. Luego grité su nombre; el grito, con el púrpura del cielo, se volvió susurro. Al día siguiente, una gaviota le picoteaba la espalda mientras su cuerpecito flotaba y golpeaba las rocas como bote de juguete sobre el arrecife.   El sol ardía como si el infierno respirara en la boca del mundo.

Boca de Nigua

Para Nardy

Con los tablones de la cama aún cicatrizados en la espalda y el grillo acribillándole media pierna, el hombre piensa en su mujer, tan salada, tan caña de azúcar prieta y en la corta distancia que los desune.

El calor, el infierno atizado que brota de las calderas cuya hambre voraz él constantemente alimenta, cubre su cuerpo. El mismo sudor se rehúsa a quedarse, a acompañarlo, a ser presa fácil de las llamas.

Sabe que de ese modo no hay hombre que aguante y, sin otro pago, se aferra a las horas de luna que le regala alguna noche y su hembra, siempre con fe en sus dioses y cuidando de no traer al mundo de los amos otro niño de fuego.

Pedro Antonio Valdez

Amor, fuego, agua

Se cuenta que una vez el fuego se enamoró del agua, y que el agua parecía corresponderle. Todos sabemos cómo transcurrió la historia: nunca se tocaron. Porque a veces la distancia es el mejor abrazo del amor.

La vaca que voló

Porque la sobrecogió un sentimiento repentino, la vaca se inclinó sobre sus pezuñas traseras y se fue elevando. Se detuvo un momento a comer de las copas de los árboles y continuó flotando entre las frescas ondas del viento.

Tras acomodarse sobre las mullidas nubes, se lamió las alas. De pronto se detuvo y pensó turbada: “Un momento... ¡las vacas no tenemos alas!”. Y se vino abajo.

Visitas al circo 

Aunque guardaba cierta semejanza con mi marido, el hombre que el mago hizo reaparecer de la caja era otro. De todos modos esa noche me lo llevé a casa. Pero al poco tiempo me di cuenta de que era tan inútil como el anterior. Por eso he comprado un par de boletas para la función de esta noche. Quizás esta vez retorne de la caja uno que definitivamente valga la pena.


 

Emelda Ramos

Lector de poquedades

 En nuestro círculo de lectura marcó su diferencia: libros, mejor pocos. Y lo que parecía reprobación por nuestra juvenil avidez, era toda una axiología: un libro vale en cuanto te pone a pensar. En las tertulias de café, confesó que era demasiado leer todo un libro, bastaban las primeras páginas para saber si valía el esfuerzo y de ser así, saltaba a lo trascendente: el capítulo final. Con la mayoridad, arribó a lo inquietante: solo leer la solapa del libro, pues retrato, vida y vanidad de autor incluida, dejan ver la envidia del crítico y la ambición del editor. En pocas palabras, la Condición Humana, lo cual consumiría no pocas lecturas y elucubraciones. Ahora nos revela que el bocado más exquisito de un libro electrónico o impreso, está en la dedicatoria, pues con poquísimas palabras nos da la poética, la originalidad y el sentido de justicia de quien escribe. Allí hay un enigma por descifrar, en lo que nos queda de vida, de lo cual nos convenció, haciéndonos cavilar toda una tarde en cierta dedicatoria: “A los amados hijos que nunca tuve”.

 Huracán

 Los pasajeros vuelven del parador al bus, en olor de frituras. La chica que eligió compartir asiento conmigo trae, además, una oferta: ¿probó el nuevo refresco? Sonriente, me muestra la marca: “Huracán”. Tomo tres sorbos y me gana una sensación de hielo en las piernas y fuego en el corazón. “Huracán”, la voz ancestral reclama, yo apuro la bebida y como embebida en el espiral espumante, de súbito me llega un zumbido de viento, huracán que tiene un ojo, y el ojo es el techo de la guagua, que no se detiene y tiene nubes mi mente. Mas, mentalmente voy al punto de mi destino y atino a ver que ya Kennedy con Lincoln quedó atrás —trastrueque de voluntad— y trago más trago escancio el recipiente y siento que algo va a explotar. Exploro en el bolso la colonia para refrescarme, no la encuentro; y a tientas, busco el móvil y es inútil; reviso y ha desaparecido mi dinero, como también se ha evaporado, mi amable compañera de asiento.


 

Aquiles Julián

Personalidades Múltiples

Su desorden llegó a tal grado que fue,

simultáneamente, el criminal perseguido;

el policía empecinado en capturarlo;

el testigo del crimen que tenía que acallar;

el juez que lo iba a condenar a la máxima pena;

el periodista que describía el suceso

y el descuidado lector que paseaba su vista

por la crónica roja.