Cuento

YOSS

Los dragones del lomerío

Un día, en las lomas comienzan a verse altas y oscuras columnas de humo y, ocasionalmente, hasta finas lenguas de fuego. La gente del pueblo, inquieta y sobrada de tiempo, especula a gusto: ¿son los misteriosos incendios provocados por leñadores por cuenta propia o cazadores furtivos?, ¿por elementos contrarrevolucionarios ansiosos de sembrar el pánico?, ¿por el aterrizaje de OVNIS, tal vez?

La policía rural no encuentra más que cenizas… y unas huellas enormes. Así que se hace popular la hipótesis de un cronopio soñador: ¡se trata de dragones, sin duda alguna! Y de los grandes y llameantes, además. Está más claro que el agua.

Las esperanzas, aterradas por el peligro, venden todos sus bienes y abandonan los parajes. ¿Dragones, y llameantes?, ¿con huellas que confirman su presencia? Ni jugando hay que quedarse. Y pensar que hasta hace poco este era un vecindario tan tranquilo…

Las famas del caserío se burlan sin piedad del disparatado terror de las ingenuas esperanzas, y compran todo lo que estas quieran vender… al menor precio posible, claro: negocio es negocio, dragones o no dragones. No hay nada que temer, declaran públicamente; todos saben que ni dragones ni centauros existen ni han existido jamás. Las extrañas y grandes huellas serán de algún otro bicho, ¡hay tantos en el monte!

Pero, en privado, instalan cerraduras nuevas, rejas más gruesas, duermen con el machete junto a la almohada… y algunas hasta, en secreto, deliberan cuchicheando si no convendría contratar a un cazador de dragones, ¡el mejor! Por si acaso.

Por su parte, todos los cronopios del caserío, empezando por el que tan inspiradamente echara a rodar la teoría de la terrible plaga de míticos reptiles, comienzan a dormir más tranquilos. No ha habido que tomar medidas drásticas, como temían: con encender esos fueguitos y dejar esas falsas huellas bastó. Ahora ya se han ido las esperanzas, las famas lo están considerando, y pronto no quedará nadie en el pueblo. O sea, que podrán seguirse dedicando ¡y al fin sin que nadie los moleste más con sus suspicacias y paranoias! al inocente pasatiempo de la cría de unicornios.

Pues ya algunos cronopios han logrado interesantes variedades rosadas, cruzando los rojos y los blancos, y hasta se espera pronto conseguir un ejemplar con la crin arcoíris, sueño de todo unicornista aficionado que se respete…

“Homenaje cubano a Julio Cortázar”

20 de febrero de 2017

AURORA ARIAS

Cacán y la ignominia

De niña me gustaba treparme a los árboles, montar bicicleta y patines, cantar, leer, escribir cuentos de hadas, y sobre todas las cosas, preguntar. Y eso hacía, preguntar la mayor parte del tiempo. La principal depositaria de mis interrogantes era mi abuela Cacán.

Una tarde, como de costumbre, arrastré mi pequeña mecedora de ébano hasta el rincón de nuestra casa en Santo Domingo, donde mi abuela acostumbraba a coser, y me senté a su lado. Antes de abrir la boca para preguntar algo, me dediqué a observar por unos segundos cómo la aguja atravesaba la tela, mientras los pies de mi abuela maniobraban el pedal de su máquina Singer.

—Abuela…

—¿Unjú?

—¿Cómo eras tú cuando eras joven?

Mi abuela rio de buena gana. Yo seguía mirando la rapidez con que el pie fino y largo de mi abuela, calzado con unas sandalias, le seguía el compás a la aguja, de un modo eficaz y concentrado.

—De joven siempre fui muy coqueta —contestó ella.

—¿Cómo así, coqueta?

—Me cosía mis propios vestidos. Fui una de las primeras muchachas de mi paraje natal que salió a la calle montada en un caballo, con pantalones largos, hechos por mí. En una ocasión, hasta me hice un traje militar para ir a una fiesta… Y todos los jóvenes me sacaron a bailar. Mi mamá, claro, me acompañaba.

—¿Eras bonita?

—Graciosa. Tenía una melena larga, de pelo muy negro y…

No pude evitar interrumpirla.

—¿Negro, abuela, en serio? ¿Y por qué ahora tu pelo es plateado?

—Porque a mi edad eso pasa, pero de jovencita, mi cabellera larga y negra llamaba mucho la atención. La gente me paraba en la calle solo para pasarme la mano por esa cabellera que brillaba en el sol. Por las tardes, me tomaba un descanso de los oficios domésticos, las tareas de la escuela y de mi manía de coser, para pararme delante de la ventana a mirar afuera. Pero antes, me lavaba el pelo y me ponía un vestido. Entonces me paraba en la ventana, sonreía y saludaba a todo el que pasaba. Pero en aquellos tiempos, eso podía ser un problema.

—¿Por qué un problema?

Detrás de los cristales de sus lentes, los ojos de mi abuela titilaron como cada noche cuando miraba la foto de su madre antes de acostarse. Luego, un suspiro.

—¿Y por qué tú preguntas tanto, muchachita? —dijo la abuela.

—Porque quiero saber —me encogí de hombros.

Mi abuela me miró con cariño.

—Si quieres saber es porque ya puedes entenderlo. Así que te lo voy a contar.

Yo asentí con la cabeza. Era toda oídos.

La abuela paró de coser, tomó la tijera, y comenzó a cortar algo de hilo.

—En la época en que me paraba en la ventana de mi casa cada tarde, nuestro país estaba gobernado por un hombre llamado Trujillo.

Yo asentí con la cabeza nuevamente. A mis ocho años de edad, había escuchado hablar a mi padre sobre Trujillo. Por la manera en que mi padre se refería a él, me parecía que su muerte fue necesaria. Pero no le dije nada a la abuela, para no interrumpirla. Ella prosiguió:

—Un día, ese hombre llamado Trujillo, que en los tiempos de mi juventud, por la década de los 30, tenía cinco años como presidente, fue de visita al paraje de Guayubín, donde yo vivía con mi madre y mis dos hermanas. A mi madre la conocían como “La Viuda”, y era partera, es decir, que traía a niños y niñas al mundo. Y además de partera, mamá sabía preparar pócimas y menjurjes con hierbas medicinales que curaban a la gente. Y por eso la gente de Guayubín y los campos aledaños la querían y respetaban mucho, al igual que a mis hermanas y a mí.

Un sábado en la tarde, me paré junto a la ventana a mirar hacia fuera mientras cepillaba mis cabellos. Nadie me había dicho que aquel era un día especial para Guayubín, pues recibiríamos la visita del presidente del país. Eso, al parecer, era una gran cosa, especialmente, para un pueblo perdido de la frontera entre República Dominicana y Haití. El caso es que vi el tumulto de gente que se acercaba subiendo por la cuesta del camino vecinal que pasaba frente a mi casa; alcancé a ver, en primer lugar, a un grupo de hombres descalzos y enlodados, con sombreros de paja y machetes al cinto. Me pregunté qué pasaba. Saqué aún más la cabeza por la ventana, y junto a ella, casi todo el cuerpo, y alcancé a ver un caballo blanco muy alto y brioso, montado por un hombre de piel empolvada, bigote pequeño muy bien recortado, y ropa de militar. Sí, porque luego mi madre me contó que en 1916 el ejército norteamericano invadió este país. Y el ejército de los gringos creó una Guardia Nacional, supuestamente para organizar el desorden que había. Entonces, Trujillo entró a esa guardia y se hizo militar.

—¿Eran malos esos guardias?

—Algunos. Cuando crezcas, lo entenderás. Pero si me interrumpes otra vez, voy a arrepentirme de seguirte contando lo que me pasó en mi juventud.

Mi abuela no lo sabía, pero pese a poca mi edad, me había formado mi propio concepto acerca de los “guardias”, sinónimo de policía para el común de la gente, y sinónimo de “malo” y “asesino”, para mí. Tenía mis razones: desde temprana edad, había escuchado las voces de los estudiantes del liceo frente a mi casa, levantando consignas en contra de Balaguer, por aquel entonces, presidente del país. En cuanto escuchaba las consignas, me las arreglaba para atisbar por las persianas de la sala. Veía llegar a los guardias y de inmediato ponerse en acción, ensañándose a tiros y culatazos contra los estudiantes armados únicamente con pancartas. Veía entonces cómo se llenaban de sangre las calles, los cuadernos, los rostros y los uniformes de los revoltosos del liceo, como les llamaban en el vecindario a los estudiantes que protestaban; y veía también cómo los guardias metían a los estudiantes en unos vehículos grises que parecían jaulas y que llamaban “perreras”.

La abuela tomó el vestido, lo tendió sobre su regazo y comenzó a hacerle algunos ajustes que marcaba con la ayuda de alfileres. Luego del último alfiler, continuó su relato.

—Esa tarde, vi cómo la gente seguía con alegría y alboroto el cortejo del hombre del caballo blanco, rodeado de otros hombres que también iban a caballo, todos armados y con sillas de montar impresionantes, pero ninguno tan bonito como el de aquel hombre que yo no sabía quién era. En ese momento pensé en abrir la puerta y salir corriendo por la calle yo también, a enterarme de qué estaba pasando y reír con los campesinos y los hombres que iban a caballo rodeando a aquel hombre imponente…

—¿Qué significa imponente, abuela?

—Imponente viene de imponer, que significa obligar. Y Trujillo me pareció imponente por su porte, su manera de subir en su caballo blanco por la cuesta que daba a mi casa, mientras todos lo seguían vitoreando con admiración. A medida que se acercaba, me llamó la atención el alboroto que causaba la presencia de ese hombre en nuestro pequeño paraje al que nadie importante había visitado nunca, al menos, que yo recordara. Me moría por participar de todo aquello yo también. Pero si salía a la calle iba a tener problemas con mi madre, que en ese momento estaba en un campo cercano ayudando a una mujer a parir. Por órdenes de mi madre, ni yo ni mis hermanas debíamos abrir la puerta a ningún conocido ni desconocido. Mucho menos podíamos salir de la casa sin el consentimiento de mi madre que, a lo sumo, nos tenía permitido abrir la ventana de dos aguas, y mirar a la calle por un rato. Por supuesto, mis hermanas y yo le obedecíamos. Sin embargo, esa tarde, ocurrió algo inesperado. Algo que mucha gente en el pueblo luego diría que fue un gran privilegio, es decir, algo de lo que mi madre, mi hermana y yo debíamos sentirnos orgullosas y agradecidas: el hombre del caballo blanco, al que los demás hombres montados a caballo llamaban “El Jefe”, se detuvo frente a nuestra casa de madera pintada de rosado, con techo de zinc y cana, tan humilde, pero tan limpia, porque mi madre decía: “pobreza no quiere decir descuido ni suciedad”. Y lo más asombroso de todo: el Jefe detuvo su paso por culpa mía, que estaba recostada de la ventana, con mi cabellera negra, sonriendo. Me quedé con la sonrisa pasmada, no sabía si por sorpresa o por miedo cuando el Jefe me clavó los ojos y se dirigió a mí: “Tú tienes una cabellera muy bonita… ¿cómo te llamas?”, dijo. Le di las gracias y le dije que Cacán. El Jefe miró de reojo a los demás hombres y emitió una sonrisita que los hombres imitaron. Yo seguía con mi sonrisa pasmada, sin entender. Entonces el hombre me dijo que saliera de la casa, que me quería ver mejor. Ahí el corazón se me aceleró. ¿A quién obedezco?, pensé. A mi madre, claro. Así que seguí parada en la ventana y le dije al tal Jefe que, como mi madre no estaba en la casa, no podía pedirle permiso de salir afuera. El Jefe volvió a lanzar una risita más burlona que la anterior. Entonces me preguntó mi edad. Le dije que 15 años. “Te voy a echar maíz”, dijo el Jefe, como si yo fuera una gallina, y todo el que lo rodeaba comenzó a reír. No dije nada, e incluso, sonreí yo también, pero dentro de mí, por alguna razón que no entendía, sentí vergüenza. Nunca un hombre me había hablado así. Y luego que dijo eso, el hombre del caballo blanco al que todos llamaban Jefe, siguió su camino. Sentí un alivio. Cerré la ventana, y no le conté a nadie lo que me había sucedido esa tarde. Horas después, llegó mi madre en su mula, agotada porque según nos contó, tuvo que traer al mundo tres bebés, en diferentes parajes. Aun así, mi madre no descansaba, y al rato, se puso a arrancar sus hierbas del patio para salir a venderlas al día siguiente. En eso estaba, cuando cayó la noche y alguien tocó a la puerta de nuestra casita. En esa época no había energía eléctrica, así que nos alumbrábamos con jumiadoras, y salvo en luna llena, que no era el caso, las noches eran muy oscuras, a pesar de que el cielo estaba siempre repleto de estrellas. Por eso era raro que alguien se aventurara a estar fuera de su casa después de las 8:00 de la noche, a menos que hubiera un velorio, una fiesta, o se presentara un parto. Al ver que mi madre dudaba en abrir, la persona tocó con más insistencia y a la pregunta de mi madre de que quién era, la voz de un hombre respondió: “Abra rápido, que vengo de parte del Jefe”. Entonces mi madre abrió y, de inmediato, el hombre le dijo que en la casa del alcalde del pueblo estaban dando una fiesta en honor a Trujillo, a la que mandaba a invitar a la señorita Cacán.

Yo estaba en el aposento, arrodillada frente a la cama con mis hermanas menores, rezando el rosario de la Misericordia antes de irnos a acostar, cuando escuché que dijeron mi nombre. Dejé el rosario a un lado, salí del aposento y le pregunté a mi madre qué pasaba. Ella estaba hablando con el emisario de Trujillo, diciéndole que su hija ya estaba durmiendo, pero entonces aparecí yo. Enseguida, me di cuenta de que el emisario era uno de los hombres que acompañaba al Jefe esa tarde. El hombre dijo que me preparara para ir a la fiesta, que el Jefe me quería ver. Yo me quedé muda, mirando a mi madre, quien también estaba muda, con la jumiadora en la mano, su vestido negro de viuda, y el rostro duro y serio, lo que quería decir que a mi madre no le agradaba la invitación. Al ver nuestro silencio, el hombre dijo: “Le conviene a la señorita ir a esa fiesta o tendrán problemas”, volvió a ponerse el sombrero, y se fue. Mi madre cerró la puerta, y se persignó como si acabara de hablar con el mismísimo demonio mientras me miraba fijo. Entonces me dijo que preparara un bulto pequeño de ropa para mí y mis hermanitas, porque esa noche nos íbamos del pueblo.

—¿Por qué, abuela? —pregunté.

—Eso era lo que yo también quería saber, aunque no me atrevía a preguntar, pues cuando mi madre ordenaba una cosa, debíamos obedecerle sin protestar. Las personas en el campo dicen que “los niños hablan cuando las gallinas mean”.

No entendí bien lo que significaba eso, pero me dio risa. La abuela también rio.

—Son dichos de la gente de antaño —continuó mi abuela—. Bueno, entonces, obedecí a mi madre y preparé un bulto de ropa. En el patio teníamos la mula que mi madre utilizaba para transportarse, y un caballo viejo que había sido de mi padre. Agarramos los dos animales y nos montamos mi madre, mis hermanas y yo, repartidas dos en la mula y dos en el caballo. Salimos en silencio por detrás de la casa, traspasando la oscuridad. Encontramos un trillo por el que fuimos cabalgando por varias horas, hasta que el caballo viejo de mi padre se desplomó y tuvimos que parar. Mis hermanas estaban muertas del sueño, y yo también. Creo que mi madre estaba igual de cansada que nosotras, pero se hacía la fuerte. Ahora que vuelvo a recordar ese momento, sé que aparte de cansada, mi madre estaba muy asustada. Me miraba como si yo estuviese bajo una amenaza de la que ella intentaba salvarme aunque en ello se le fuera la vida. Creo que su miedo era tan grande como su decisión de que no paráramos. Eso me animó a seguir, aunque no entendía bien por qué cuatro mujeres solas atravesábamos la noche, todo a partir de la invitación a una fiesta, hecha por el hombre del caballo blanco. Para colmo, comenzó a llover. Debía ser medianoche y no había ninguna casa en cinco kilómetros a la redonda. Con todo, mi madre decía que no podíamos parar, que teníamos que alejarnos aún más. Cargué a mi hermana menor, mientras mi madre cargaba a la del medio. El caballo viejo quedó en el camino, gimiendo bajo el aguacero. La mula que se movía con dificultad entre el lodo, tiritaba de frío tanto como nosotras. Así, de madrugada, llegamos a otro paraje y fuimos a casa de una comadre de mi madre, con la que estuvimos hasta que, días después, supimos que el Jefe Trujillo se había marchado lejos de nuestro paraje. Cuando regresamos, nos encontramos con que le habían pegado fuego a nuestro “bohío”, como le llamaba mi madre a nuestra casita. Nadie sabía quién había cometido ese crimen, o no se atrevían a decirlo. Algunas personas culparon a mi madre de que eso sucediera. Lo cierto es que, de repente, mi madre, mis hermanas y yo nos quedamos sin techo, sin nada... Eso me hizo menos graciosa, creo, menos inocente…

Mi abuela detuvo su relato, como si de pronto cayera en cuenta de que no estaba sola y yo seguía mirándola con ojos curiosos desde mi mecedorita.

—Son cosas que aunque no estén en los libros, sucedieron —dijo mi abuela luego de un suspiro, mientras la aguja de su Singer volvía a penetrar la tela del vestido.

Jeannette Miller

Pití

El ingeniero abrió la puerta de la oficina y alcanzó a ver al guardián embebido en un celular donde trataba de escribir algunas palabras.

—¡Coño, Pití! yo te pago para que estés atento a cualquier cosa, no para que llames las veinticuatro horas del día a Haití, que ya hace un año que el  terremoto pasó.

El muchacho levantó la vista despacio y no dijo nada mientras caminaba lentamente hacia el pequeño patio donde comenzó a regar las matas.

Era un hombre muy bello, negro como el betún, sus dientes se destacaban por una blancura increíble y la perfecta disposición en dos hileras donde no faltaba nada. Ojos rasgados con pestañas tupidas y una languidez que acentuaba el diseño de su cuerpo alto, delgado, que le permitía deslizarse como un gato sin que nadie lo sintiera.

Únicamente hablaba para responder las preguntas del jefe, quien lo dejaba vivir en el patio, aunque solo trabajaba de noche. Durante el día asistía a la escuela pública y estaba terminando el bachillerato porque quería ir a la universidad. Así que se levantaba temprano y desde que el jefe llegaba, salía para regresar justo a la hora en que comenzaba su turno.

Aunque todavía chapuceaba el español, tenía sus papeles en regla y hasta una Cédula de Identidad y Electoral que afirmaba que Pití había nacido en Pedernales y que por lo tanto gozaba de la nacionalidad dominicana. Para conseguirla tuvo que pagar diez mil pesos, porque aunque trataba de no encontrarse con agentes ni militares se sentía más seguro con el documento, y es que a menos que no hubiera una orden de arriba, a los haitianos con cédula los dejaban tranquilos, pues los policías de bajo rango sabían que ya ese negro había pagado su peaje y que parte de ese dinero iba al bolsillo de los jefes.

Se llamaba Raphael Enedí, pero en la cédula le pusieron Rafael Pérez, sin embargo, todo el mundo lo llamaba Pití, especie de nombre genérico con que nombraban a los haitianos para no tener que enredarse con esas pronunciaciones ininteligibles, y que los que sabían aseguraban que era una adaptación de petite; además, el sobrenombre lo señalaba como haitiano.

Pití había llegado cuando el terremoto y primero trabajó tres meses en una construcción sacando piedras. Cuando el maestro de la obra vio su comportamiento y se dio cuenta de que sabía leer y escribir, lo recomendó al ingeniero como guardián nocturno, pues ya el hombre había tenido problemas con un vigilante que le hizo una cuenta de teléfono de siete mil pesos y una mañana cuando abrió la puerta, el guardián se había ido dejando la factura telefónica encima de la mesa de la recepcionista, asegurada con una piedra cubierta de lodo rojo.

El ruido de la llave en la puerta de entrada anunció que llegaba Lucía, la muchacha que limpiaba la oficina y que además colaba café, servía agua, sacaba la basura, etc.

Era una cibaeña blanca, gordita y muy graciosa; de todo se reía y constantemente ponía buena cara, aunque el ingeniero, al que apodaban Fierabrá, le pidiera el café acompañado de un coño. —Pero, ¡coño!, ¿es que aquí no van a colar café hoy?—. Lucía sonreía como si fuera una gracia y corría a preparar el café como al ingeniero le gustaba, oscuro y que le llegara bien caliente. —¡Que me queme el jocico, ¿oíste? Yo no bebo café frío ni agua ‘e tindanga.

Lucía tenía dieciocho años, la piel clara y el pelo castaño, y por eso todos le decían “Rubia”. Eso pasaba con quienes eran más claros que oscuros; podían tener el pelo negro pero le decían rubia o rubio, quizás porque los encontraban muy blancos en una población mayormente negra y mulata. Pero ¡cuidado con quien le decía negro a otro, aunque este fuera color teléfono!
—Mire, yo no soy negro, negros son los haitianos. ¿Usted no ve que nosotros somos marrones, buen fresco?—. Y así continuaba el mito de los negros que se creían blancos y que eran más racistas que nadie. —En mi casa, negro yo y el caldero—, afirmaban algunos mientras miraban con desprecio a cualquier persona que tuviera un tonito quemado o el pelo crespo.

Todas las mujeres usaban desrizado, y era tanta la demanda que el tratamiento iba desde marcas muy caras hasta un producto que se hacía en los patios con el líquido que soltaba la papa podrida y que tenía la facultad de alisar el pelo. A ese líquido le agregaban vaselina y perfume, y en los salones de belleza las peinadoras recomendaban aun a las mujeres de pelo lacio, que se untaran un poco de desrizado, pues era lo que daba el último toque a cualquier cabellera y dejaba un pelo que retozaba con la brisa. Además, no se rizaba con el agua, así que podías bañarte en el río o en la playa y siempre ibas a tener una melena lacia.

No fueron pocas las mujeres que se quedaron calvas o con claros en la cabeza producto de que esa mezcla para desrizar quemaba el pelo y lo arrancaba de raíz, solo aquellas saloneras que sabían aplicarlo con el peine acostado para que no tocara el cuero cabelludo, podían hacer alarde de su pericia y pregonar que en su salón de belleza se hacían los mejores desrizados. Tan buenos eran los resultados, que nadie se daba cuenta de que esa melena sin una sola onda, era falsa.

Y resulta que Lucía se enamoró de Pití y Pití de Lucía. En la oficina comenzaron a sospechar porque cuando tenían que dirigirse la palabra se turbaban, hasta que un domingo el chofer del jefe los vio en las pacas de la Duarte, comprando ropa y muy agarrados de mano.

Al otro día se armó un lío muy grande en la oficina. Era lunes y todo el mundo llegaba con sus cuentos del fin de semana. Casi al mediodía apareció René riéndose, haciendo chistes a Lucía y a Pití, diciendo que los había visto, que qué bien escondido se lo tenían, que desde cuándo estaban juntos, y ella se puso a llorar. Pití trató de contestarle al chofer del jefe, vino la discusión y al final lo botaron por conducta inapropiada, pues uno no podía tener relaciones románticas con compañeros del personal, lo cual era una enorme mentira, porque no habían sido uno ni dos los casos en que se enredaban y todo el mundo lo sabía. Pero como Pití era negro y haitiano, y Lucía blanca y cibaeña, sus amores actuaron como un pescozón sin mano, o peor todavía, como un mentís al racismo que la mayoría esgrimía detrás de chistes y frases de doble sentido.

Poco tiempo después de que botaran a Pití, Lucía se tuvo que ir, pues no la dejaban quieta con una serie de relajos y de indecencias, y hasta le decían que era una sucia por haberse acostado con un haitiano.

Nadie supo que el día que Lucía salió, Pití la esperaba en la esquina con una maleta casi vacía para coger el autobús que iba hacia el Este.

Tres años después, entrando a un hotel cinco estrellas que acababan de inaugurar en Bávaro, el ingeniero se quitó los lentes, se estregó los ojos y vio a Pití atravesar el lobby vestido como un príncipe, mientras arreglaba el gafete de su identificación que rezaba: Rafael Pérez, Asistente de Administración. l

Santo Domingo, enero de 2017


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Anthony Phelps

La Muerte de la imagen

Traducción: Manuel García Cartagena

Él estaba parado frente a la puerta, y el cristal, oscurecido por la noche, reflejaba su imagen como un espejo. Sin embargo, su vista, volcada hacia el interior, no captaba su reflejo.

Lentamente, extendió la mano hacia el picaporte, e hizo girar su mecanismo. Sus dedos no experimentaron ninguna molesta al entrar en contacto con el metal. Su cuerpo no tembló bajo la descarga fría que lo penetró ascendiendo por sus músculos y nervios.

La puerta se abrió y él se encontró de golpe en plena tiniebla. Sus ojos agrandados buscaron brutalmente la carne de la oscuridad, penetrando hasta el corazón invisible de la negrura.

No reconoció la calle, ni los árboles ni los arbustos, y la montaña a la izquierda parecía una gran oruga cuyos anillos, cabalgándose los unos a los otros, crearan jorobas y huecos de sombra.

La noche estaba poblada de seres nocturnos parecidos a los del día, y sin embargo distintos. Eran la misma montaña, los mismos árboles, los mismos arbustos, la misma calle, y sin embargo, sus imágenes no halagaban los sentidos, sino que excitaban al espíritu que hacía malabares con ellas, deformándolas, mutilándolas a voluntad.

Volvió a mirar a su alrededor y, por primera vez desde que vivía allí, sintió que su espíritu dialogaba con aquel paisaje en una suerte de intercambio, como si la oscuridad se asociara con sus deseos.

¿Probablemente él solo veía la proyección luminosa de su propio pensamiento sobre la pantalla de la noche? Quizás.

Bajó tres peldaños y el ruido de su talón sobre la piedra perturbó por un instante la dirección de las ondas nocturnas. Se sintió molesto por esto; se detuvo y miró sus pies. Vio sus zapatos. Su mirada subió por su pantalón negro que parecía más negro, se detuvo en el saco que simulaba mancha de luz, y la camisa, más blanca todavía.

Llevó la mano a su cuello y sus dedos delgados y aflautados encontraron el lazo de su corbata de moño.

Llevaba puesto un traje de gala.

La noche también, con su bella falda larga, acolchada y densa como la carne de una negra, y con su río de estrellas.

Avanzó sobre la calle gris y la grava crujió ligeramente bajo sus pasos.

El cielo impasible lo miraba con sus millones de ojos, sin comprender, sin tomar parte en lo que sucedía en su interior. Y él creía que el cielo y la noche participaban en el juego que se desarrollaba en su cerebro. Somos nosotros, sin embargo, quienes creamos la naturaleza a la medida de nuestros estados de ánimo, la reajustamos a nuestro tamaño con el propósito de sabernos rodeados, soportados, comprendidos.

Uno tras otro, sus pasos se movieron y siguieron más adelante en la sombra más profunda de los grandes árboles, en las cercanías del estanque.

Lentamente, él entró en lo negro y la oscuridad lo rodeó como un abrigo. Los árboles de ambos lados del camino juntaban sus ramas, entremezclando sus hojas.

Sintió la frescura de la maleza y su nariz se hinchó. Apresuró su paso, empujado por una fuerza desconocida, atraído hacia delante por una mano invisible hacia algo que lo esperaba desde siempre y cuya esencia él ignoraba.

Todo su ser estaba a la expectativa cuando él llegó al borde del estanque y su corazón latía como un redoble.

Se acercó al espejo del agua y se reflejó allí, inmóvil, fijado en la espera de algo que él no sabía. Luego, lentamente, junto a su reflejo, una imagen se precisó y una voz aterciopelada como el sonido del oboe murmuró detrás de él:

 —¡Buenas noches, René!... ¡Cuánto tiempo llevo esperándote!

Se dio la vuelta. Miró largamente a la mujer parada ante él y comprendió que su larga espera había sido premiada.

—¡Buenas noches!

Su voz no tenía su entonación acostumbrada. ¿Era verdaderamente él quien le hablaba a aquella extraña? ¿Extraña?... No la conocía, y sin embargo, era como si ella siempre hubiera formado parte de él.

Sin haberla visto nunca, reconocía la falda larga que moldeaba su fragilidad; sus dedos conocían la suavidad de aquellos hombros desnudos que desbordaban del corpiño blanco de su vestido, también del terciopelo de su carne.

—¿Quién eres?... Te conozco y no te conozco... Es como si una parte de mi ser no te hubiera visto nunca, mientras la otra vivía contigo desde la creación del mundo...

Ella no respondió, sonrió misteriosamente y su sonrisa se fundió misteriosamente en él. Se acercó a ella.

—Mientras venía hacia aquí esta noche, esperaba algo, estaba a la expectativa... Sabía que esta espera mía sería premiada, pero ignoraba incluso aquello que esperaba encontrar... Y ahora vienes tú por detrás, tu imagen apareció en el agua cerca de mi propio reflejo y tu voz murmuró mi nombre... Aquí estás ahora, frente a mí, fresca como el ángelus del alba, frágil como el tallo de un rosal bajo el peso de la rosa, y bella como mil y una mujeres... y mi corazón que late a un ritmo desordenado y mi sangre que circula más rápido no me engañan: ¡era a ti a quien yo esperaba! No sé de dónde vienes... ¡No sé quién eres, pero la parte de mí para quien tu presencia es necesaria te conoce y te adora!... y ahora también, para la otra parte de mí, te vas haciendo familiar... La nube que te mantenía apartada se ha disipado... ¡Ágata!... Y tu nombre mil veces escrito y repetido hace temblar mis labios. ¡Ágata!... Era a ti a quien yo esperaba.

Él se acercó un poco más a ella y quiso atraerla y abrazarla, ¡pero sus brazos se cerraron sobre el vacío!... Ella había desaparecido.

 ¡Ágata!...

Una voz débil le respondió desde el estanque:

—¡Solo soy una imagen, René... solo una imagen! Me creaste con tus sonidos, con tus palabras; soy una forma inatrapable salida de tu corazón de poeta... ¡Y esta noche tú has querido amarme como una mujer de carne! ¡Has matado a tu imagen!...

La voz se cayó y el silencio se hizo más denso.

Él miró sus pies, vio el vestido blanco y lo recogió. Después, como empujado por una fuerza irresistible, ¡salió corriendo en la noche como un loco!...

Ella estaba parada ante la puerta de cristal. El viento fresco le acariciaba la carne haciéndola temblar.

Ella golpeó el cristal suavemente y escuchó su paso que se acercaba resonando a través de la casa.

La puerta se abrió silenciosamente.

—¡Buenas noches, René!

Él estaba parado delante de ella con sus zapatos negros, su pantalón más negro, su traje blanco y la camisa como una mancha de claridad, y su corbata de moño.

—¡Buenas noches, Ágata!... ¡Cuánto tiempo llevo esperándote!

—¡No soy una imagen, René! Tu amor me ha hecho carne y deseos...

—¡Y eres bella como mil y una mujeres!

Ella estaba desnuda bajo las estrellas y su bello cuerpo se destacaba en el cielo, mientras los latidos de su corazón hacían palpitar sus senos perfectos.

—Tengo frío, René, y necesito tu calor.

Ella se ofreció a él al borde de la noche con todo el candor de su virginidad.

Lentamente, él se acercó a ella, retrasando algunos segundos el instante en que la tocaría.

Se inclinó sobre ella, la tomó en sus brazos levantando su cuerpo frágil, y ella lo abrazó con toda su carne nueva.

—¡No soy una imagen, René!...

—¡Y eres bella como mil y una mujeres!

Sus labios se buscaron y se unieron más allá de las palabras y de los sonidos.

Luego, ambos penetraron por el umbral de la puerta y, con un solo y brusco movimiento, él cerró la puerta frente a la noche, a las estrellas y a las formas nocturnas.


 

el munequito

Rita Indiana Hernández

El muñequito

Santo Domingo 1965

Aprovechando mi ausencia, alguien se ha atrevido a ponerle la mano a mis discos. Es mi mamá que ha puesto mi LP favorito en el tocadiscos de la sala sin consultarme. Está cansada de las noticias de Radio Santo Domingo que desde que la tomaron los rebeldes papi insiste escuchemos las 24 horas del día. Ahora que suena Hard Day’s Night a un volumen que a mí nunca me han permitido, mi padre se ha ido a su cuarto y con la puerta cerrada escucha los reportes del frente constitucionalista acostado de lado sobre la cama, taciturno y con ganas de volver a su trabajo en el Banco Agrícola, con ganas de salir de la casa acordonada por mujeres que durante el día aprietan el rosario cada vez que a lo lejos suena una explosión y que por la noche juegan a las cartas apostando botones, caramelos y pintalabios usados.
La carátula del disco todavía tiene el plástico protector en el que vino conmigo de Londres el verano pasado y por dentro estaría igual si no fuese porque lo he puesto tanto que cuando la canción dice “when I’m home” la frase se repite y se repite haciendo que abuela Queta y Consuelo se persignen y que mami medio sonreída levante la aguja y la vuelva a colocar un poco más adelante.
Consuelo está en el marco de la puerta de la cocina que es desde donde se le permite participar en las cosas que ocurren en la sala que no sean la limpieza de la misma o la repartición de las tazas de café que trae en una bandeja varias veces por día. A Niurka, la niña de Consuelo, mami le permite libertades que Consuelo nunca ha disfrutado como usar un baño que no sea el del patio y sentarse en una de las mecedoras de caoba de la sala en las que sus piernitas oscuras, sus medias amarillas y las sandalias de charol cuelgan sin alcanzar el piso como las de una marioneta.
Mami quiere a Niurka como a una hija, dice, porque Consuelo es como su hermana y cuando dice esto delante de la gente y de Consuelo, a la sirvienta le brillan los ojos camino a la banqueta alta junto a la meseta de la cocina en que pasa las horas a la espera de nuevas órdenes.
Mami y Consuelo nacieron en el mismo ingenio azucarero, el ingenio Consuelo, del cual Consuelo lleva el nombre. Mi abuelo materno, el esposo de abuela Queta, era el administrador, un rubio cubano educado en Kansas. El papá de Consuelo era un negro apellido Wallace que llegó de Saint Kitts y que trabajaba en el taller de la locomotora.
Esos eran unos negros limpios, no como los haitianos, que son tos unos asquerosos, añade abuela Queta en voz baja justo después de que mami ha dicho la palabra hermana y delante de la pequeña Niurka, que salió más clarita que la madre y que todavía no sabe que también es negra. Consuelo la parió como quien dice en nuestra casa, en la que trabaja desde que mami se casó y a la que abuela Queta la mandó junto con la nevera nueva en la parte de atrás de una camioneta. Eso lo sé porque papi le pregunta el año en que llegó ella para calcular cuántos años lleva de casado y qué tan vieja es la nevera, que tiene unas figuritas de óxido en la puerta por el salitre. Mami lleva meses quejándose de lo vieja que está la nevera y papi sin levantar la vista del periódico le pregunta si ella cree que somos ricos.
Yo me di cuenta de que no lo éramos la primera vez que fuimos a casa de tía Lilita, la prima de mami, que tiene piscina y cancha de tenis y que nos guarda fundas con la ropa que ya no quieren ella, sus hijos y su marido. Ropa que todavía está a la moda cuando nos la dan y que huele al cedro del que están hechos todos sus clósets. Fue tía Lilita quien me pagó el viaje a Londres para que Santiago no fuera solo a estudiar inglés.
En el avión Santiago me dijo que si quería andar con él no podía cortarme el pelo más y cada mañana me colocaba sobre la cama la ropa que debía ponerme combinando piezas suyas con algunas mías. El día antes de regresar me regaló sus botas Chelsea, que había sustituido por un par nuevo, un pote de brillantina con el que nos pegamos el pelo hacia atrás para disimular que ahora las pollinas nos tapaban las cejas y el disco de los Beatles que mami escucha en la sala.
Niurkita lo baila moviendo el pelo a lo loco como le he enseñado, su pelo crespo no se mueve porque está consolidado en moños muy apretados, pero Consuelo comoquiera la hala por un brazo bruscamente haciendo que el muñeco de trapo de la niña caiga al suelo. De fuera entra un viento frío que despeina la lana negra del pelo del muñeco y los claveles blancos que abuela Queta ha puesto en un florero junto al tocadiscos. Niurka se da cuenta de que estoy allí y me toma de la mano para que les muestre como se baila aquello, como he visto en Londres a rubias de seis pies sacudirse junto a un Santiago con un pantalón ceñido que competía en voluptuosidad con su falso acento británico.
No puedo bailar así cuando papi está en la casa, quiero decirle, y ella levanta el muñequito y mueve sus patitas para recordarme cómo hacerlo, agitándolo para que su pelo de lana se sacuda como lo hace el de Ringo cuando toca la batería, como hacía el mío cuando antes de acostarme ponía seguro a la puerta de mi habitación y esperaba a que el pelo lavado se me secara, sin ponerme brillantina, y me cayera chorreado sobre la frente.
El pelo es lo menos que me gusta del muñequito, porque el traje está tan bien hecho que todo lo demás sufre en comparación. El muñequito se lo trajo de regalo Orestes el limpiabotas la última vez que vino y Consuelo dejó que Niurka se lo aceptara porque el muñeco quedó muy bonito y no parecía hecho por un niño pobre.
Orestes llegó por primera vez el sábado de Semana Santa antes de que estallara la revolución preguntando si teníamos zapatos que limpiar. Yo acababa de levantarme y la luz mañanera que se colaba por la puerta entreabierta me atrajo. El piso de la galería estaba cubierto por zapatos alineados como peones de ajedrez. A un lado los zapatos negros de mi padre y al otro los zapatos de otros colores, en un orden descendente del más caro al más barato tan meticuloso que solo mami podía haber logrado. En el centro medio acuclillado y frente a la fila de los negros estaba un flaco con la piel como esos cibaeños que una vez fueron blancos y gracias al sol del trabajo campesino se curten como pollos al carbón.
Al verme sonrió. En las ventanitas que habían ocupado sus colmillos de leche comenzaban a salir los definitivos un poco montaditos en los dientes de alante. La camisilla desbembada colgaba como breteles sucios de unos hombros aún infantiles y el pantalón corto heredado de algún adulto permanecía en su sitio gracias a una cuerda de cabuya. Por una de sus piernas cortadas y sin ruedo se veían los cojones rosaoscuro. Sentí pena y asco al mismo tiempo y más por proteger los ojos de Niurka que por caridad le dije a mami que iba a regalarle un pantalón fuerte azul que ya no me servía. Él no se lo puso de una vez cuando se lo dimos porque quería bañarse primero. Consuelo que le acababa de traer pan con mantequilla y leche en la lata que se usa para este tipo de gente le dijo: ¿pero no será aquí que tú piensas bañarte? Poniendo cara de que algo olía mal.
Las manos del limpiabotas aplicaban el betún con la gracia y delicadeza con que mi abuela Queta acaricia las flores cuando las coloca en un jarrón con agua. A pesar del trabajo sus uñas estaban cuidadas, no así las de los pies abultados por los callos que llevaba por zapatos.
La guerra no había comenzado y José Alfredo, el hijo mayor de Consuelo, la visitaba todos los fines de semana cuando le daban un día libre en el ingenio. Aquella mañana llegó silbando a su mamá como a un perro, vestido con ropa que había sido de papi, tan pasada de moda que aunque fuese de mi talla no me la hubiese puesto. Consuelo como siempre salió corriendo a bañarlo en besos chillando mi hijo, mi hijo y solo después José Alfredo me saludó con un ¿Y entonces Milito? Mientras al limpiabotas le propinaba un cocotazo con el puño cerrado como si lo conociera. Papi que desayunaba en el fondo de la casa le gritó que entrara para discutir con él las noticias del Listín Diario logrando que abuela Queta virara los ojos, como hace cada vez que Niurkita llama tía a mi mamá.
Cuando José Alfredo salió de nuevo traía en brazos a Niurka porque parece que no se ha dado cuenta que su hermanita ya tiene seis años y el vestidito de la niña en desorden revelaba un pedazo del panty blanco. El limpiabotas chupándose los restos de mantequilla en los dedos miró a Niurka y ella al descubrir al muchachito saltó de los brazos de su hermano y le pegó un beso en la cabeza afeitada al limpiabotas. Yo fui a contárselo todo a abuela Queta y ella metió a Niurka en el baño y le lavó la boca y las manos con jabón de cuaba mientras Consuelo le halaba uno de sus moñitos de lao a lao con el mismo vigor en el brazo con que cepilla los ladrillos del patio a cuatro patas.
Me arrepentí de haberla chivateado al verla llorando sola sentada en el borde de la bañera y aproveché que ya estaba frente al espejo para ponerme un poco más de brillantina porque con el calor algunos flecos se me sueltan. Por la ventana del baño entraban las voces de la galería. José Alfredo hizo un chiste que no estaba autorizado a hacerme a mí y provocó una risa ancha y larga en Orestes el limpiabotas con la que desapareció todo mi arrepentimiento.
Orestes venía de algo llamado la parte alta que yo imaginaba como un hueco en la cumbre de una montaña. Un hormiguero gigante del cual surgían todos los negros, rodeado de ardientes arenas en las que el limpiabotas había conseguido sus callos. Cuando estalló la revolución Orestes llegaba con noticias del frente de batalla cuyas filas engrosaban sus vecinos; la chusma que apoya a Caamaño según mami y el pueblo indómito según papi. Mami mandaba a callar a papi dándole con una revista HOLA doblada y él le gritaba Trujillo está muerto y enterrao subiendo el volumen a su radio de transistores. Mami a falta de radio que subirle se sumó a las mujeres del barrio que todas las mañanas escondiendo los rolos bajo pañoletas de colores caminaban en fila india hasta los campos de la Universidad a llevarles mangú, salami y café a los soldados gringos que a cambio nos daban una leche condensada más buena que el diablo.
Mami levantaba a Consuelo al amanecer a preparar ese desayuno y por las persianas que dan a la galería acechaba a un batallón de hombres sin camisa que trotaba por la Benigno Filomeno de Rojas en lo que hervían los plátanos.
Ya sabíamos que los constitucionalistas iban a perder cuando vi a Phoenix bajando la Alma Mater por primera vez. Sé que era sábado pues Orestes sacaba sus instrumentos de la caja de limpiar botas junto con el papelito doblado en cuatro que José Alfredo le mandaba a su madre desde la trinchera en Ciudad Nueva. Todos salimos a la galería a escuchar a Consuelo leer con dificultad aquella carta y Phoenix que iba en dirección al malecón en traje de baño, descalzo y con una tabla del tamaño de una puerta bajo el brazo, le dijo adiós a mi madre a quien le había comido varios desayunos. Ella devolvió el saludo muy efusiva y yo también y papi metiéndome el puño que hacía tiempo quería darle a mi madre, gritó falta de respeto coño por los héroes de la patria.
Mami se metió en la casa con papi atrás convencido de que había metido la pata y yo aproveché para seguir al rubio y su extraño aparato hasta la playita frente al Banco Agrícola. Con la mano en la oreja que había recibido el golpe lo observé desde el arrecife, que el tipo había bajado dando saltitos como si las piedras no puyaran. Ya en la arena se arrodilló junto a su tabla y la frotó con algo parecido a un jabón. El sol recién nacido pintaba el comienzo del cielo del mismo naranja que su espalda y regaba por el agua y por su pelo, que llevaba demasiado largo para un soldado, pequeños diamantes amarillos.
Se lanzó con la tabla sobre las olas que rompían en los tres metros de arena que el arrecife delimitaba para los escasos bañistas que no le tenían miedo al mar abierto, con su cuota de tiburones, mantarrayas y aguavivas. Con los brazos como remos se metió para lo hondo y se quedó sentado sobre la tabla como haciendo una oración de cara al horizonte. De pronto viró con todo y tabla y viéndome a los ojos un segundo dejó que una ola gigantesca lo empujara hacia mí mientras de un salto se ponía de pie sobre la tabla y navegaba la cresta de la ola de un extremo a otro. Yo me perdí la mitad del milagro buscando en la avenida alguien que me confirmara que aquello estaba pasando y luego lo hizo muchas veces más tras las que salió con los hombros colorados plantando la tabla en la arena como una bandera, haciéndome señas de que bajara con él a la playa.
En nada ya yo estaba metido en el agua en calzoncillos, más preocupado por llegar con el paje sin brillantina que por los animales marinos que se veían nadando bajo nuestros pies. Phoenix me hizo subir a la tabla boca abajo y agarrado a uno de sus bordes nadó conmigo hasta el lugar en el que las olas comenzaban a crecer. Me explicó cómo debía nadar sobre la tabla en la misma dirección que la ola cuando la sintiera venir y después, con ella en los talones pararme en las dos piernas con un big push up manteniendo el equilibrio doblando las rodillas y abriendo los brazos como lo había visto hacer. Él se quedó flotando a mi lado y mirando a ese lugar en el fin del mundo donde se forman las olas para darme la señal de que la que venía era buena.
Cuando logré coger mi primera ola y recorrí el zíper de espuma blanca escuchando los gritos de alegría de Phoenix en la distancia, me sentí feliz y con ganas de devolverle la trompada a mi papá. En la orilla el gringo me abrazó y subimos la Alma Mater cargando la tabla juntos hablando de música y de carros. Pero al llegar a la esquina de mi casa vi la sombra de mi pelo sin camuflaje proyectada en la acera. Me despedí del soldado y trepé por el muro del patio para asomarme a la ventana del cuarto del servicio y pedirle a Niurka que me trajera el pote de brillantina del baño. Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra vi la mesita que Consuelo tenía ocupada con una imagen laminada de San Miguel Arcángel, una botella de refresco rojo y una campana de mango de madera. Consuelo estaba sentada en una silla de guano frente al altar y hablaba con voz ronca con su hija que sostenía una velita en su mano derecha. Al verme Niurkita se acercó a la ventana, fue al baño y me trajo la brillantina sin que Consuelo se moviera ni una sola vez y enseguida empecé a ponerme los pegotes allí mismo, peinándome con los dedos, aplastándome el comienzo de melena. Cuando estuve listo salté fuera y allí, con una camisa vieja mía que mami le había dado bajo el brazo, estaba el limpiabotas con cara de curiosidad. Le pasé por el lado sin saludarlo y entré por el frente como si nada hubiese pasado.
Esperé a Phoenix toda la semana, temiendo que allá en las trincheras de Ciudad Nueva lo hubiesen matado y que ya nunca bajara a surfear de nuevo, pero no fue hasta el sábado cuando otra vez bien temprano y coincidiendo con el limpiabotas una tregua le permitió salir a la playa y yo ya estaba preparado con el traje de baño puesto y con el pote de brillantina en el borde del muro trasero de la casa. Cogimos un par de olas, pero el agua se cundió de aguavivas y nos quedamos un rato sentados en la orilla. Él habló de sus planes de mudarse a California y yo del problema de la brillantina. A la vuelta el pote no estaba donde lo había dejado y la voz de papi preguntando por mí llegaba como un trueno desde la galería. Volví a trepar el muro para ver si se había caído, me asomé a la ventana de Consuelo, pero ni ella ni Niurka se dejaban ver. Me encaramé por las rejas de la ventana hasta el techo y reptando hasta el frente como los hombres rana al otro lado de la ciudad alcancé a ver a Orestes con cara de yo no fui entregándole la carta de José Alfredo a su madre y el pote de brillantina a la mía.
La brea negra del techo de casa se me pegaba a la piel de los codos y las rodillas, encontré un trapo y lo usé de almohada acostado de espaldas en lo que se me ocurría algo. Pensé en la revolución, en José Alfredo y en Phoenix entrándose a balazos allá en la Fortaleza Ozama. Pensé en papi, deseoso de volver al aire acondicionado de su oficina, en mami y en papi, en los susurros de Consuelo en su habitación y pensé en California. Cuando mi pelo estuvo lo suficientemente sudado como para acomodarse a mi antojo bajé y entré por la galería fingiendo un dolor de cabeza. Orestes que no tenía más zapatos que limpiar y soplaba un plato de sopa hirviendo que Consuelo le había servido, al verme dijo con una voz ñata y burlona, Milito, tu papi te anda buscando y te va a dar pau pau. Le di una patada en el plato cubriéndolos a él y a los zapatos que había limpiado con el caldo caliente, haciéndolo llorar de dolor tirado de lado en la galería, rodeado de fideos y muslos de pollo, atrayendo la furia de mi padre con el alboroto, que me dio galletas hasta que se cansó mientras el muchacho quemado se alejaba de la casa corriendo sin dejar que Consuelo lo socorriera.
Nadie me habló durante días en la casa excepto abuela Queta, que me puso Vicks VapoRub en los moretones que me había dejado papi acompañando cada sobo con una maldición dirigida al limpiabotas. ¿Te estaba molestando verdad? Yo no sé qué es lo que le pasa a tu Renata que deja que esta gente coja tanto puesto. Así tiene a la prietita creyéndose la gran cosa y a Consuelo nada más le falta sentarse a la mesa con uno.
Fingí más dolor del que tenía toda la semana pero el sábado salí temprano a esperar a Phoenix y en la galería sin su caja de limpiabotas estaba sentado Orestes. Su cara lucía la fijeza que viene después de mucho llanto. Por debajo del vendaje que llevaba en las quemaduras de los brazos sobresalían cataplasmas de plantas todavía verdes. En las manos tenía un muñequito de trapo. Al mirarlo sentí la misma mezcla de asco y pena que me produjeron sus cojones bajo su pantalón remendado aquel primer día. Para evadir su mirada celebré el traje que llevaba puesto el juguete, confeccionado por Orestes con las telas de la ropa mía que mami le había ido dando. El muñeco era un regalo para Niurka, que al recibirlo bailó con él en círculo y luego dando saltos hacia el interior de la casa. Yo me fui sin despedirme comiéndome una tostada camino a la playa donde Phoenix y yo cogimos turnos con la tabla que había prometido dejarme cuando terminara la guerra.
A la tercera ola me sentí mareado y subieron ácidas a mi boca migajas del pan que acababa de tragarme. Es el sol, me escuché pensar, justo antes de que mi cabeza sonara como un coco seco contra la tabla y de que ya no fuese el sol, ni las palmeras rayando de celajes el horizonte arenoso, en cuyo centro un hombre blanco que corría a ayudarme se hizo cada vez más pequeño hasta desaparecer.