Consonancia

Darío Tejeda

Foto Mariano Hernández

Una mirada desde la bachatología

La pena que llevo en mi alma

La imagen prototipo es esta: un hombre aparece con su guitarra y su voz condenando a la que dibuja como cruel mujer, a quien acusa de sus angustias y sinsabores por haberlo abandonado; el reproche desnuda, en tono nada compasivo, la garganta profunda de la bachata: la abrupta caída masculina en un inmenso abismo por la pérdida de su poder (dominio) sobre lo femenino. Pero hay un patético cambio de roles: ante su imposibilidad de imponer, el hombre implora; ella es el factor X dominante; él, la encarnación del subordinado. Aun si la ofende verbalmente, su actitud tiene un nombre: despecho. Maldigo a quien no puedo someter.

En esa pena que llevo en mi alma, en ese dolor profundo que me causó tu partida, en ese lamento por lo que perdí… en eso consiste el amargue, denominación típicamente dominicana que expresa, musicalmente, la incapacidad masculina ante el poder femenino: es decir, la inversión de las relaciones de poder entre géneros.

Sí, es cierto; como en el movimiento romántico, la bachata hace posible lo que la realidad niega: que la mujer sea reina, princesa, mi cielo, mi luna, mi estrella, mi linda muchachita, el amorcito de mi alma, mi morenita linda, mi mami, mi dulce amor… El contraste con la realidad es abismal: la vida real está repleta de heridas, golpes, traiciones, violencia de género, feminicidios… La cultura bachatera es un universo paradójico.

Claro que se dan las dos caras de la moneda: a menudo, el feminicidio termina en suicidio; pero ese funesto final evidencia la incapacidad masculina para seducir (o doblegar a su antojo) la sensibilidad femenina. O, de otro modo: es la confesión factual de la quiebra del poder masculino; la mujer se ha apoderado y, ahora, es la que gobierna; el hombre es su víctima: ante ella se hinca, se humilla, implora: no te vayas, mami, por favor, te necesito...

Ante su incapacidad, queda la barra: allí está la vellonera (o bien sus equivalentes actuales: el Internet con Youtube, el celular con Google play, el audífono…); a ella me voy a descargar mis penas, a pedir: “traiga otro trago, cantinero, otra botella”; a desear denme veneno o a morir bebiendo porque sin ella mi alma está perdida…

De la angustia de estar enamorado, de la desazón porque la quiero y es ajena, de la frustración porque no puedo tenerla, de la melancolía porque se me fue, del dolor porque la perdí, de la nostalgia con que siempre la recuerdo, del vacío que me dejó, de esa amargura porque “yo no tengo suerte, soy un desdichado”, del interminable infortunio tan bien descrito por Oscar Lewis en Los hijos de Sánchez… de todo eso nació el amargue: el “blues dominicano”, como lo definió Luis Días.

Herencia plebeya del romanticismo —particularmente, del romanticismo popular cultivado por los trovadores de barrios marginados dominicanos—, en el amargue de la bachata lo singular es el dolor por lo perdido, o la añoranza de lo imposible; así, el amargue refleja una quimera: una realidad inventada; otro mundo, distinto del mundo real. Ese es su principal recurso estético: invertir la realidad para producir un universo imaginario —en este caso, gobernado por lo femenino, mientras en el mundo real domina y predomina lo masculino...

En esa burbuja, el hombre adora a la mujer que no tiene, mientras en el mundo real maltrata a la que está a su lado. Hablamos, en general, de una sociedad patriarcal concreta: la dominicana contemporánea; pero, retomando a Lewis, podemos focalizar esa atmósfera en las clases populares, nicho privilegiado de la bachata, donde conviven la violencia de género con la intrafamiliar, la delincuencia criminal con la exclusión social, el engaño de pareja con la mafia política, la riña vecinal con la corrupción policial. Cualquier fiscalía barrial sería una rica cantera de litigios, enredos y casos de lo que en un tiempo se llamó la cultura de la pobreza.

Como género musical, lo que hoy conocemos como bachata exhibe la reacción del “Juancito Nadie”, de Elvis Martínez “El Camarón”, ante un desagradable ambiente de carencias, inequidades, exclusiones, violencias y engaños, paridos por la modernidad en el Tercer Mundo; pese a ser hijo de esta, ese clima incierto se muestra con rostro antimoderno, en el sentido de opuesto a la idea de progreso, noción central de la modernidad; en el caso dominicano, esta se centró en la concentración de la propiedad agraria (con su secuela de proletarización campesina y emigración rural al mundo urbano), la industrialización manufacturera sustitutiva de importaciones, la siembra de varilla y cemento en las obras públicas, y, más recientemente, en el maquinismo de zonas francas industriales, el vacacionismo de resorts tropicales para obreros-turistas del Primer Mundo, las burbujas financieras de la banca múltiple, y los megaproyectos del capital inmobiliario que levantan ciudades verticales, al estilo de un “Nueva York chiquito”; ante el avance arrollador de ese mundo ancho y ajeno —que en el contexto andino retrató Ciro Alegría—, al plebeyo dominicano aún le queda el lamento: el quejido para expresar, musicalmente, sus angustias existenciales, sus déficits emocionales y su rosario de pérdidas: como prototipo de anti-héroe derrotado, marginal en una sociedad urbanizada, reacciona fabricando un sueño: la pompa fantástica que constituye ese cosmos irreal gobernado por lo femenino, en el cual el hombre es quien sufre; sí: él es el sufrido, el sacrificado, el vencido. Ha perdido su corona; la crisis de la sociedad patriarcal está sepultando uno de los poderes más preciados del tradicional ethos masculino: el ser patriarca.

Pero no hay víctima sin verdugo. No es extraño que Aridia Ventura haya asumido para sí ese rol, y se proclamara “La Verduga”; en su rol de villana —entiéndase, liberada del yugo masculino, con autodeterminación, con poder, voluntad y sensibilidad propia—, la mujer será recriminada y maldecida por el despechado animal masculino que la acusa de infame, cruel, traicionera: una perdida... cuando no se somete a sus deseos y caprichos. Clara señal de que el patriarca ya no lo es: ha perdido su poder.

Pero en su juego de antinomias hay otro rol, el reverso de la villana: esa será la mujer abnegada, la mártir, la que todo lo aguanta, papel que asumió para sí Mélida Rodríguez, quien se proclamó a sí misma “La Sufrida”. Como el bolero, del cual lo hereda en su condición de hija de este, la bachata, también, es un gran recipiente del marianismo: la exaltación femenina como emblema de sacrificios.

Acudiendo a su arsenal de polaridades maniqueas, el amargue de la bachata canta a los personajes de esas dos caras de la bipolaridad femenina engendrada por el machismo: la hija y la madre, que representan la mujer virtuosa, abnegada, heroína, santa —la virgen María criolla—; y la esposa, la novia y la amante, que representan a la villana, la mujer pecaminosa: justo aquella ante la cual se desvaneció el poder masculino, simbolizado en el hombre que ahora, amargado en el bar, postrado ante la vellonera, llora sus penas e implora por ella: clama su regreso consciente de que ella jamás volverá.

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