EDITORIAL

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Al pronto de iniciada la travesía de País Cultural en su segunda época, surgió el mar como motivo de esta edición. Imagen, metáfora, motivo de la literatura y el arte desde que Ulises emprendiera el regreso a Ítaca, el mar es para el isleño la marca de agua de su identidad, espacio histórico, paisaje cultural en el que se proyectan mitos y visiones simbólicas, presencia cotidiana, desde siempre comienzo y fin de todos los caminos.

Al mar debemos lo que somos. Arraigos y temores, inspiración, certezas e incertidumbres. El perfil, no solamente geográfico. La configuración, no solamente arquitectónica de ciudades precisadas a protegerse del peligro de las invasiones y de las furias de las tormentas. 

Por el mar el idioma que recibimos de España, la lengua que nos une al mundo. Por el mar, en oleadas sucesivas los componentes esenciales de la cultura mestiza que nos define. En las naves españolas, con el invasor blanco y el negro esclavo sus modos de producción, instituciones, creencias, música, comida, a la vez que formas de dominación y también de resistencia. Y siglos después, en barcos de vela o de vapor, los ingredientes enriquecedores que aportarían a la cultura criolla canarios, inmigrantes de las Antillas, judíos, árabes y asiáticos, entre muchos otros grupos étnicos.

Si en nuestra memoria el poso del mar y el viaje, en el imaginario el deseo de levar anclas y surcar el horizonte, así fuere en yolas frágiles, en pos de la promesa de una vida mejor.

A la circunstancia de vivir entre la tierra y el mar —dos mares en verdad: el de las Antillas de las influencias africanas y el Atlántico conectado a la cultura occidental—, entre el mar y una frontera que no termina de aceptar, el dominicano contemporáneo ha respondido no con la mirada hacia adentro o con el mito de la insularidad, sino con la empecinada voluntad de lontananza, de vencer el aislamiento trocando el mar-reja, el mar-obstáculo en el camino de ida y vuelta que le permita encontrarse con el otro, ser parte de la universalidad. El lema con el que los poetas sorprendidos se opusieron al énfasis en el color local —“Poesía con el hombre universal”— atraviesa el siglo XX hasta apagarse sus ecos en el auge del turismo y la batahola de la llamada globalidad.

En un tiempo marcado por la interconexión y la migración, a la vez que por el fortalecimiento de muros y fronteras, la poética del mar y la reflexión sobre la identidad adquieren pertinencia, nuevas significaciones. Así, en este número de País Cultural, en la sección “Con sentido” los iluminadores ensayos del cubano Leonardo Padura y de los dominicanos Manuel García Arévalo, José del Castillo y Médar Serrata, a los que se agregan los textos de Floriano Martins sobre el viaje de los surrealistas, una visión del mar en la plástica dominicana de Laura Gil, y el tríptico de poesía marina presentado por el poeta Juan Carlos Mieses, entre otras valiosas colaboraciones para disfrute del lector.

SOLEDAD ÁLVAREZ