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Reflexiones sobre “Cultura, país”

Coloquio en el relanzamiento de País Cultural

En un ambiente de expectación y amistad fue presentado el N.o 1 segunda época de País Cultural. En el acto, celebrado en la Biblioteca Nacional el 22 de marzo del año en curso, el ministro de Cultura, Pedro Vergés, pronunció las palabras de salutación y Soledad Álvarez, directora de la revista, explicó los objetivos de la publicación y cómo está concebida en cuanto a contenido y diseño.

Como parte de la actividad tuvo lugar un coloquio sobre el tema principal del primer número, “Cultura, país”, a cargo de los integrantes del consejo editorial nacional: Plinio Chahín, Basilio Belliard, Pedro Delgado Malagón, José Mármol y Jochy Herrera. A continuación reproducimos sus intervenciones.

El concepto de identidad en el arte dominicano

Plinio Chahín

La identidad artística es una huella sin límites. Un lugar dinámico y móvil. Los límites del arte se identifican en la desaparición de sus fronteras. En el arte, lo idéntico difiere de lo otro, de su propio acto o gesto, en el instante en que la conciencia del artista se dispersa. Cada acto, cada palabra, cada gesto queda despoblado, referido de modo implícito a una mirada que observa desde detrás. En el arte moderno hay un espectador que participa de la obra, por eso, la obra se hace gesto y llega al público. El público es el espacio del gesto que posibilita la obra, más allá de cualquier valor artístico.

Por lo que acabo de decir, resulta evidente que las nuevas expresiones artísticas aparecidas durante los últimos años abrieron las puertas a la disolución de la noción de la identidad en el arte. Se iniciaba así un proceso que cambió profundamente la naturaleza de la creación artística, suprimiendo poco a poco su dependencia a determinadas particularidades estilísticas. Lo que vino después fueron múltiples variantes del arte conceptual, que modificó radicalmente la actitud de los artistas.

En ese contexto, el arte dominicano no ha cambiado significativamente; es un objeto de consumo sin identidad.

Existe como una especie de espejismo que hace pensar de una manera superficial que la creación de las tres últimas décadas ha sido especialmente dinámica y brillante. Pero, salvo honrosas excepciones, la inflación de artistas y de obras de arte no se corresponde con el valor de la creatividad actual. Caracterizado por su extraordinario eclecticismo, el arte de los ochenta, como es también el de los noventa y del presente siglo, resulta una sucesión de tendencias pasajeras que están retomando fórmulas del pasado.

Hemos visto cómo el resurgir de la pintura dominicana se traduce en una relectura del arte abstracto de principios del siglo XX, y en un sinfín de citaciones de la historia del arte. Con la década de los ochenta entramos en la era de los “neo”: neoexpresionismo, neopop, neogeo son simples etiquetas que sirven para introducir a los jóvenes artistas, cuyas obras se venden gracias a la complicidad de un mercado manipulado   

El arte dominicano no ha cambiado significativamente; es un objeto de consumo sin identidad.

por críticos y marchantes de reconocidas galerías de arte (aunque esta carencia no les importa demasiado a los nuevos coleccionistas y especuladores interesados más que nada en adquirir las nuevas obras sin importar su valor artístico).

No hay que olvidar, como subraya el crítico Yves Michaud en su libro El arte en estado gaseoso (2007), que en el mundo del arte reina una gran confusión de criterios que dan fe de la descomposición avanzada del paradigma de la vanguardia. La pintura de vanguardia se caracteriza por un lenguaje ecléctico, a menudo teatral, con numerosas citas a las obras del pasado y un cierto gusto por la ironía. El éxito ha sido arrollador y en muy poco tiempo las obras han alcanzado precios elevadísimos, algo que no se había visto nunca entre artistas dominicanos tan jóvenes y con muy pocos años de carrera. Para generar toda esta efervescencia, algunos críticos y curators espabilados se apoyan en corrientes aparentemente “nuevas”, con etiquetas llamativas, detrás de las cuales se oculta el reciclaje de viejas categorías estéticas.

La pintura que empezó a promoverse a fuerza de marketing a principios de los ochenta era una pintura abstracta, exacerbada, brutal y agresiva, inspirada en fuentes tan diversas como el cómic, el grafismo publicitario, el realismo, el pop art. Ante la imposibilidad de encontrar una innovación y una nueva ruptura formal, estos jóvenes artistas dominicanos se han apoderado del pasado, asumiendo una actitud mimética. Al tiempo que ignoran la tradición, para volver a un lenguaje mucho más abstracto y confuso, partiendo a menudo de su pobre subjetividad.

La simulación y la apropiación de los objetos cotidianos o de algunas obras de arte del pasado, con sus burdas copias de cuadros de Joan Miró o Pablo Picasso, constituyen una práctica corriente y un recurso fácil para numerosos creadores, que disfrazan así su falta de talento y creatividad. El éxito comercial de sus obras ha servido de ejemplo a numerosos artistas para retomar una abstracción fría e impersonal y para volver a la reflexión sobre el hecho pictórico iniciado por la anterior generación.

Todo esto ha tenido una enorme repercusión en el mercado, y no es ningún azar que la intervención de un artista en un determinado museo coincida con una importante exposición suya en una galería de la misma ciudad. En todas sus estrategias, la alianza entre los críticos, las galerías y los museos empezó así a reproducir los mecanismos del show business. A partir de entonces las cosas se han ido acelerando, y la promoción de lo “nuevo” tiende a prevalecer sobre cualquier otra consideración, hasta el punto de poner en entredicho el papel de la institución museística porque ya no se dedica en exclusiva a conservar el arte del pasado, sino que fomenta la creación actual. Lo único que ha quedado del arte es el mercado, como espacio identitario de valores y cambios, sin otra posibilidad que sus múltiples valoraciones, fuera de lo establecido y de lo nuevo.

Identidad y errancia

Basilio Belliard

Todo nacimiento es un accidente en la vida de un ser humano. Y más aún, nacer en un territorio. Nadie escoge el tiempo ni el lugar de su nacimiento. Tampoco el de su muerte. No es un deseo ni una voluntad. Estoy condenado a llevar una patria y una nacionalidad sobre mi conciencia. Y sobre esta Nación gravitan mi yo, mi conciencia y mis actos. El yo nunca es libre. Siempre está subordinado y anclado a un territorio que lo condena, y he ahí la hazaña del individuo: vérselas frente a su realidad social. Hay que vivir y convivir con el otro y con los otros, con los demás, en un entorno no ontológico sino jurídico y social.

Para saber lo que soy tengo que preguntármelo. Y casi nunca solemos hacerlo. Vivimos cotidianamente como si fuéramos seres sin territorios, sin pensar que somos sujetos sociales, prácticos y materiales, no solo cuerpos ontológicos. Uno sabe a qué nación pertenece cuando viaja o vive en el extranjero. Es la prueba de fuego de la identidad. La nostalgia  y el desarraigo nos hacen saber verdaderamente lo que somos. Vivir en la tierra nativa toda la vida, una vida no nos basta. Necesitamos errar para encontrarnos y para conocernos. Errancia y quietud, movimiento y reposo del espíritu y del cuerpo definen nuestra personalidad identitaria. Entre emigrar y hacerse sedentario transcurre toda nuestra vida social. El alma dominicana vive los avatares a que la propia condición de insularidad nos condena. El mar nos marca desde que nacemos. El turismo es nuestra religión y como tal vivimos a expensas de su sacramento. Ser dominicano y de cualquier nacionalidad es un ejercicio cotidiano, y por tanto, un aprendizaje ontológico. Aprendemos a ser dominicanos. La nacionalidad es así un aprendizaje cotidiano. Y de ahí que no es una condición biológica sino social. Como tenemos un pasado reciente necesitamos saber cotidianamente quiénes somos. No poseemos una tradición histórica milenaria, ancestral, que nos fortalezca, permee y potencie. No tenemos nostalgia del mar —pues lo tenemos en nuestras narices—, pero sí nostalgia del plurilingüismo. El mar no nos asombra pues lo vemos con costumbre. Tenemos nostalgia de la tradición hispánica, no así de la tradición indígena o africana. Pero además, tenemos rabia de no tener tanta tierra, de no ser un país grande en territorio. Estamos condenados por el pasado colonial, la memoria de una media isla, de un territorio compartido con el país más pobre del continente. Y esa realidad nos pesa, y por qué no, nos ruboriza o encoleriza. Somos una nación en construcción. Una patria y un territorio en cambio y transformación material, económica, política y social, y cuyo prestigio mundial no es tanto cultural sino turístico, y esto es un fenómeno moderno. No hicimos una revolución como Cuba; no abolimos la esclavitud como Haití; ni somos un Estado Libre Asociado de Estados Unidos como Puerto Rico, pero sí exportamos músicos y peloteros, y promovemos playas, sol y ríos, montañas y hoteles. Somos un país cultural, todo país tiene una cultura, solo que algunas tienen más prestigio y brillo que otras, no importa el tamaño del país o de la isla.

El alma dominicana vive los avatares a que la propia condición de insularidad nos condena.

Adquirimos una nacionalidad, de igual manera que nuestros padres nos esclavizaron a un nombre. Ser ciudadano del mundo es una ilusión y una promesa adánica o, más bien, “sisífica” (si cabe la expresión), pero las mismas naciones nos encierran en fronteras materiales. Las grandes fronteras son invisibles o mentales. No con muros cerramos el vuelo del pensamiento, las ideas y la voluntad de viajar.

No hago aquí filosofía del dominicano o de lo dominicano; acaso lo que digo es una tentativa por definirme, y al hacerlo, definir eso que llamamos la dominicanidad y que se refiere al carácter, no al temperamento del dominicano. Trato de interpretarme y, a la vez, de iluminarme. No postulo una crítica social, política o histórica sino un autoexamen de mi identidad psicológica, es decir, hago más bien psicología de mí mismo, y esto tiene a la vez un componente moral. Y, mi juicio, al ser moral, tiene así un carácter individual, pues toda moral es individual. Al hacer moral de la historia, me curo, me exorcizo de las neurosis y las psicosis que encierran el malestar de la cultura. No nos atrevemos a ser nosotros mismos. No queremos ser lo que somos ni lo que fuimos. Este es el gran dilema que resume el laberinto de nuestra identidad: no queremos ser ni negros ni indios. Ni África ni pasado precolombino. Solo reivindicamos nuestras raíces hispánicas. Vivimos de cara al sol de Europa y detrás del fantasma de Haití, que nos llena de incertidumbre y rubor, rabia y fortaleza. Somos habitantes fantasmas de este país y de esta cultura.

Mirada de país y cultura a través del lente de la mal llamada diáspora

Jochy Herrera

Nos corresponde abordar el concepto de país y cultura desde un ángulo muy particular que no es solo el mío propio dada nuestra identidad compartida entre dos ciudades tan dispares como Santiago de los Caballeros y Chicago, lugares de donde fui, de donde soy (y seguiré siendo) por 24 y 32 años respectivamente, sino desde una mirada que, apegados a la verdad, debe categorizarse de por lo menos controversial si no pruriginosa. Me refiero a la mirada de país y cultura a través del estamento de la mal llamada diáspora, aquella que en el caso de nuestra nación es políglota y ya existe allende los tradicionales territorios norteamericanos, depositada en la vieja Europa donde está representada, además de por obreros y deportistas, por profesionales, académicos, empresarios y políticos que ejercen dignamente sus oficios en aquellas tierras.

Es vox populi el hecho de que las ciencias sociales posmodernas desde hace tiempo rechazan acepciones tradicionales del concepto cultura tales como coherencia, homogeneidad o permanencia. Así, identidad y cultura dentro del discurso posestructuralista del presente es mezcolanza, posfragmentación en el seno de un existir global, itinerante, que entre aviones, emails y WhatsApp han culminado en la conformación de lo que podría considerarse una verdadera comunidad imaginada.

Identidad y cultura dentro del discurso posestructuralista del presente es mescolanza, posfragmentación.

Si bien para algunos aquella pancultura de la globalidad resultaría nociva por ser capaz de presuntamente “corroer” lo local, muchos otros la abrazan e incorporan al ejercicio de la identidad primigenia alimentándola, modificándola y por supuesto, enriqueciéndola. El sancocho dominicano de Nueva York, a título de ejemplo y parafraseando la respuesta de Víctor Víctor a una pregunta que le planteásemos durante una entrevista hace ya varios años, está hecho con plátanos filipinos y se come con aguacates mexicanos. ¿Acaso no es sancocho entonces? ¿No está imaginando y reinventando el dominicano que vive en EE. UU. o en España el mismo caldo que consumen sus compatriotas aquí en la isla? 

En el número de País Cultural en su segunda época que hoy presentamos, la escritora Julia Álvarez dice lo siguiente:

Como dominicanos, nuestro ADN histórico y cultural nos ha preparado para este vertiginoso momento. Ubicados en una media isla, hemos sido siempre un espacio permeable empezando con las ondas de migraciones nativas, siguiendo con la conquista española, la importación de africanos encadenados, las invasiones británicas (en barcos piratas), las ocupaciones francesas y haitianas, la inmigración de refugiados chinos, japoneses, libaneses, judíos, y así sucesivamente. Las culturas insulares son culturas esponjosas (a menos que se encierren en sí mismas, como hizo Japón bajo la política del sakoku en el siglo XVII), pieds-à-terre en los océanos donde la hibridez, ese otro nombre por el que se conocen las identidades cambiantes, reina soberana.

Tales afirmaciones subrayan lo que con frecuencia se soslaya: el que la mezcolanza, el mestizaje de nuestra población y su ubicuo carácter multirracial y multicultural sigue siendo tan real y contundente como lo fue durante aquellos siglos poscoloniales. Entendemos, en suma, que la travesía transnacional y transcontinental a que conllevan los procesos migratorios es apenas una brevísima parada en la dilatada trayectoria de la creación de la identidad, un periplo que mientras reclama espacio en la extranjería continúa debatiéndose en los territorios volátiles de su origen; en la madeja de islas que conforman ese Caribe nuestro de hibridez identitaria de que hablaba el enorme nómada Derek Walcott y del cual es parte esta República Dominicana de múltiples fracturas. Un espacio al que todos los que nos sentimos pertenecer pertenecemos, en la lengua de nuestra elección, con o sin la anuencia de los dictados que intentan imponer los autoproclamados zares de la nacionalidad y el patriotismo.

Posmodernidad e identidad líquida

José Mármol

Si entendemos la posmodernidad como una época de estándares diluidos, esperanzas difusas, culpabilidades esfuminadas, identidades ambiguas; como una sociedad donde impera la insatisfacción como base de la angustia existencial, por mor de la lógica absurda del consumismo; una sociedad en la que es notoria la movilidad delirante, la relativización de la jerarquía de valores —epifanía, por así decirlo, de lo que Nietzsche llamó transvaloración de todos los valores—; la desarticulación y el abismo en la tríada sujeto-cultura-existencia. Si posmodernidad es sinónimo de desmantelamiento del orden tradicional y constante reinicio de un orden nuevo, pero nunca fijo; fronteras desplazadas, individuos parias o apátridas; seguridad anclada a la vulnerabilidad y el riesgo a perder la libertad; ideologías vacías con vocación populista; creencias monoteístas tan laxas que rayan en el politeísmo.

Si al hablar de posmodernidad tenemos apareada la paradójica globalización o mundialización, por cuanto resulta económica y socialmente excluyente. Si en ella imperan la deforestación, sequía y calentamiento global; la riqueza creciente de unos pocos y la pobreza de las mayorías, reflejo de una desigualdad galopante en todos los ámbitos sociales, y muy especialmente, en asuntos como justicia, libertad, educación, salud y empleo.

De acuerdo con Jean Baudrillard, vivimos una era en la que predomina una economía caracterizada por la especulación y por el “crac virtual” y en la que la democracia, como sistema político ideal, no es otra cosa que una ilusión, pero, con una determinación estratégica de subsistencia que procura un grado cero de la energía civil, haciendo de la libertad una especie de ilusión publicitaria que, a su vez, reduce al ser humano al grado cero de la idea y de la memoria. Así es como vamos a lo que el propio filósofo denomina deconstrucción masiva de la historia, con características virales y epidémicas.

Si la posmodernidad es el equivalente a la lucha entre tribalización o rebarbarización política y globalización del poder; lucha entre los nacionales y los inmigrantes o extranjeros; batalla sin cuartel entre los fieles y los infieles, que se presenta con ribetes de vuelta a la Edad Media; supremacía del poder económico global sobre el poder político local de los Estados nacionales debilitados o fantasmagóricos.

Si los tiempos posmodernos implican la confrontación de lo volátil contra lo fijo, lo líquido contra lo sólido, incertidumbre contra determinismo, saber contra poder y poder como saber, ciencia contra dogmas, tecnología contra hábitos; además, el enfrentamiento entre la ética y los parámetros   

Las identidades son, más bien, proyectos. Son una tarea a afrontar, a realizar “prolijamente” y con “diligencia”, es decir, con la elección de los propios individuos, que son, en definitiva, homo eligens.

del conocimiento científico-tecnológico contra el dogma y el designio de la fe religiosa; la pugna entre la ética, la productividad y el margen de beneficio o solvencia económica; la complejidad de la acción civilizadora preñada de terrorismo y barbarie; la industrialización y el genocidio; y finalmente, la lucha entre la libertad y el mercado como expresión de la diferencia entre imaginación y razón, entre cultura del ocio y productividad eficiente; entonces, debemos sospechar, al menos, que establecer la identidad del sujeto que tiene aquellos referentes por realidad ha de ser una tarea, cuando menos, muy compleja, si no, un propósito siempre inconcluso, forzado a recomenzar cada vez que se cree tenerlo consigo.

De ahí que el pensador polaco Zygmunt Bauman (2011) sustente, y estaría yo de acuerdo, que en la moderna sociedad líquida de consumidores las identidades, así, en plural, no son “regalos” de nacimiento ni algo “dado” para siempre y con certeza. No. Las identidades son, más bien, proyectos. Son una tarea a afrontar, a realizar “prolijamente” y con “diligencia”, es decir, con la elección de los propios individuos, que son, en definitiva, homo eligens. Más aun, esa tarea, que recomienza cada vez, como el mito de Sísifo y la piedra, hay que encararla hasta el final, por remoto, sinuoso y complejo que este nos parezca.

Si, en efecto, este es el magma conceptual, el fresco reflexivo que representa la posmodernidad, queda claro, desde la perspectiva de pensamiento líquido de Bauman, que el eje central de la estrategia vital en ella será no “hacer que la identidad perdure, sino evitar que se fije”. En tal contexto, hay que preguntarse si acaso habría una o múltiples respuestas a una de las preguntas clave de la identidad, la pregunta que atraviesa, desde lo cotidiano a lo trascendente, la vida del individuo posmoderno. Esa pregunta es: ¿quién soy yo?

El país fundado en el corazón

Pedro Delgado Malagón

Una maestra mexicana, doña Inés Padilla de Acevedo-Serrano, me entrega el fuego de la palabra escrita cuando cumplo escasamente cuatro años; y la memoria vacía de mi niñez se despliega así al verbo y a la emoción de todos los hombres en todos los tiempos.

Reparo, más tarde, en una abuela de mirada luminosa que pone en mis manos su pequeña guitarra encordada con tripa de gato, sin imaginar que en ese instante me abría las puertas del universo impagable de las resonancias y de la eufonía.

Advierto, además, la presencia de un puñado de seres altruistas, de mentores que con sabiduría apacible vuelcan en mi inexperiencia los saberes de la naturaleza, de la ciencia, de la historia, de la deontología y de los atributos milagrosos del arte.

Son esos los signos de una patria que ahora vienen a mi mente; las señales más hondas de ese país en que me abrigo y que profeso como mío.

En el instante en que nos embarcamos en la edición de este nuevo País Cultural, cabrían las interrogantes: ¿de qué cultura y de qué país hablaremos en estas páginas?

El concepto del mundo como aldea global parece hoy un desatino. En las naciones y en las ciudades ha vuelto a nacer el tribalismo. Tribus que, en los países ricos y educados, procuran amurallar sus fronteras. Tribus que, en las comarcas pobres y alejadas del progreso científico y social, buscan romper su injurioso aislamiento.

Preguntémonos, en tal caso: ¿a quién o a quiénes hemos de dirigir esta publicación?, ¿seremos un órgano esencialmente didáctico, pedagógico, o acaso un instrumento eficaz para codearnos con las élites intelectuales del planeta? Creo, necesariamente, en la pertinencia de ambos objetivos, en la viva eficacia de estos dos propósitos. Hacia dentro: educar, ahondar, desentrañar, descubrir y revelar lo que somos. Hacia fuera: rozarnos con el mundo y sus manifestaciones más palpitantes.

El país que hemos fundado en nuestro corazón está hecho de recuerdos y lontananzas, de repercusiones tristes y de júbilos estrictos. Mas no todos, en esta tierra, albergan una exaltación similar. Gran parte de nosotros subsiste en un ámbito de emociones fragmentadas y aturdidas, quebradas y deshechas según los caprichos de un destino que, en innumerables trances, quiso que retrocediéramos hasta la penuria y la desnudez del hombre prehistórico.

El país que hemos fundado
en nuestro corazón está hecho
de recuerdos y lontananzas,
de repercusiones tristes
y júbilos estrictos.

Pero un pueblo sin memoria colectiva está condenado al ostracismo de la imaginación. Se ha dicho que solo los pueblos con una ficción apropiada resultan históricamente inteligibles, auténticamente descifrables. Los pueblos sin literatura (o con una literatura rústica o muy reducida o inconclusa) son inferiores como formas de vida, sean los que fueren su extensión, su población o su poder. Pensemos, de este modo, en los visigodos o en los tártaros o en nuestros taínos. La literatura ha sido un factor decisivo en la construcción y maduración de las sociedades. Digámoslo mejor: la literatura ha constituido el órgano de la sensibilidad social.

Admito que no será una tarea sencilla el edificar la plataforma del recuerdo colectivo, esto es, el andamiaje de esa mitología inaugural que nos facilite la catarsis del presente y el pasado mediante la expresión literaria y artística. El esfuerzo inaplazable, en tal caso, nos llevaría a escudriñar en nosotros mismos y, luego, a descifrar algunas claves umbrías de nuestro relato histórico. Con este bagaje en las manos, nos asomaríamos a la modernidad investidos, claro que sí, de la certeza de quiénes somos y de cuál es nuestra carta de ruta. Esa, y no otra, se me ocurre como la faena ineludible.

La revista País Cultural, de ese modo entendida, tendrá la misión de desbrozar caminos, de retirar obstáculos y de hacernos ver el futuro sin la mirada reticente y resentida de quienes entienden la historia y la sobrevivencia nuestra como una inacabable galería de ideales rotos.

Que así sea nuestro porvenir.