Con sentido

José Alcántara Alamanzar

Una mirada a la cultura dominicana

En memoria de June Rosenberg, antropóloga y maestra

Más que un análisis de nuestra cultura casi al final de la segunda década del siglo veintiuno, en este breve escrito intentaré presentar varios de sus rasgos más evidentes y algunos comentarios personales. Están ya lejanos los tiempos en que un reducido grupo de estudiantes de la carrera de sociología discutía sobre cultura en las aulas de la universidad estatal, asombrado ante la riqueza y la variedad de la especie humana, que la cultura moldea como algo único, ni superior ni inferior a ninguna otra. Hablo de los años sesenta del siglo pasado, cuando la ciencia social creada por el padre del positivismo, Auguste Comte, entonces prácticamente desconocida para muchos de nosotros, era impartida por un selecto grupo de maestros hoy casi olvidados.

Años después, cuando fui profesor de esa disciplina en la universidad durante más de tres décadas, las nociones de cultura me persiguieron con tenaz obstinación, sin que lograra dominar ese término tan profundo como intrincado. Edward B. Tylor, en 1871, la definió como “una totalidad compleja que abarca los conocimientos, las creencias, el arte, la moral, el derecho, las costumbres y todas las demás capacidades y hábitos adquiridos por el ser humano como miembro de la sociedad”. A diferencia de otros animales, los humanos actuamos, no por instintos, sino por aprendizaje y condicionamientos de la cultura.

Es decir, la cultura es todo, absolutamente todo, lo material y lo espiritual, aquello que los seres humanos somos capaces de crear, hacer y pensar en el hábitat que ocupamos, y en lugar de ser un ente estático, constituye algo dinámico, cambiante, diverso, a menudo conflictivo. Durante la carrera, otras teorías, sobre todo de ilustres antropólogos, vinieron a enriquecer mis nociones de cultura: la de Bronislaw Malinowski, para quien es “una herencia social”; la de Ralph Linton, que buscó el basamento cultural de la personalidad al hablar de “modelos de comportamiento”; la de Clyde Kluckhohn, que la definió como “modelos de vida históricamente creados, plan para vivir”; y la que no podía faltar, la del estructuralista Claude Lévi-Strauss, para quien la cultura era “todo fragmento de humanidad”.

Cuestiono la creencia de que la cultura, según un criterio muy extendido, sea sinónimo de “alta cultura”, o las manifestaciones sublimes de las artes y las letras de un país, por oposición a la “cultura popular” o “cultura de masas”. Entre nosotros, desde hace tiempo, hay una profunda crisis de la llamada alta cultura en los campos de la literatura, las artes visuales y la música, sin que se vislumbre un cambio significativo, pese al otorgamiento de premios anuales a las mejores creaciones en poesía, cuento, novela y teatro, entre otros, y a la concesión misma del Premio Nacional de Literatura en los inicios de cada año. ¿Cuánto hace que aquí no se publica una obra excepcional y trascendente en cualquiera de esos géneros?

 

El debate de ideas está prácticamente ausente de nuestro ámbito y los medios de comunicación.

De todos es sabido que han muerto los grandes maestros que en la segunda mitad del siglo pasado representaron lo más selecto del pensamiento, la creación literaria, plástica y musical, sin que la generación de relevo, que hoy sobrepasa los sesenta años de edad, haya adquirido aún pleno ascendiente sobre las nuevas promociones.

La “atomización” de la vida social, la “anomia”, para decirlo con el término inventado por Émile Durkheim, han dislocado todas las estructuras y relaciones colectivas, trayendo como consecuencia más notoria un vacío de movimientos literarios y corrientes que serían portavoces de las nuevas orientaciones, ideas y prácticas más avanzadas. Se han esfumado casi todos los encuentros, tertulias, peñas para analizar y discutir; ya nadie tiene tiempo para eso. Vivimos inmersos en una cotidianidad que nos devora, con múltiples reclamos que no dejan espacio para pensar o crear.

En música han desaparecido —por enfermedad, retiro forzado o fallecimiento— los más conspicuos exponentes de la composición y la interpretación. Por su parte, los pintores vegetan en una hibernación prolongada, debido al viraje de los mecenas y adquirientes de obras de arte, esa burguesía que antes engalanaba las paredes de sus residencias con lo mejor del arte local, o las entidades del sistema financiero que se enorgullecían de sus colecciones de arte, lo que ha traído la desaparición de numerosas galerías de arte por falta de ventas, y la decadencia de nuestros escasos museos y salas de arte.

La supresión de los suplementos culturales y revistas de alcance nacional ha reducido a su mínima expresión la crítica literaria y solo aparecen comentarios de obras y autores a cargo de conocidas figuras que mantienen columnas en los diarios locales. El debate de ideas está prácticamente ausente de nuestro ámbito y los medios de comunicación, en los que por demás se privilegia el “marketing” político, la crónica amarilla por más abyecta que sea, los deportes, la farándula y el “kitsch” publicitario en prensa, radio y televisión. Es cierto que circula mucha información en las redes sociales, gracias a la universalización de la tecnología digital, pero la gente está más interesada en el morbo que suscita la vida privada de otras personas que en el conocimiento per se.

Los intelectuales y artistas, otrora tan activos, parecen haber caído en un profundo silencio. Los intelectuales, esa categoría social tan aguerrida y beligerante hace medio siglo, ha visto esfumarse su “poder simbólico”: esa capacidad relativa de influir con sus ideas en el curso de los acontecimientos culturales de su tiempo, es decir, su autoridad para hacerse escuchar por quienes tienen en sus manos la conducción de los asuntos públicos que atañen a todos.

 

Los intelectuales, esa categoría social tan aguerrida y beligerante hace medio siglo, ha visto esfumarse su “poder simbólico”.

A la hora de establecer los caracteres de nuestra cultura, todas las precedentes definiciones permanecen como un sustrato al que puedo recurrir, pero que siempre quedará limitado a ciertos aspectos que no incluyen el universo de una abstracción tan vasta. Para empezar, nuestra cultura no es un todo unitario, sino una totalidad constituida por distintos elementos étnicos (taínos, españoles, africanos); un cosmos de múltiples expresiones subculturales y contraculturales, yuxtapuestas o en conflicto, heterogénea, plural, diversa, que ha tenido una evolución histórica accidentada y conformado el perfil “mulato” que caracteriza a nuestra población en el conjunto de las Antillas hispánicas. Esto ha sido estudiado a fondo por diversos especialistas, como puede comprobarse en Ensayos sobre cultura dominicana (1988), libro editado por Bernardo Vega bajo el sello editorial de la Fundación Cultural Dominicana.

El primer rasgo que llama la atención al proyectar la mirada sobre nuestra media isla es que la dominicana, desde hace décadas, ha dejado de ser colectividad rural para transformarse en urbana, que ya no depende de los cultivos tradicionales de café, cacao, tabaco, caña de azúcar, ni su población se dedica al conuco, pues las dos terceras partes residen en las zonas urbanas, laboran en la actividad burocrática, comercial o industrial, sobre todo en Santo Domingo y Santiago de los Caballeros, ciudades que concentran un alto porcentaje de la misma.

Este crecimiento se ha producido de manera espontánea, sin ninguna planificación, arrojando un saldo de abigarrada aglomeración de sectores que podríamos estratificar convencionalmente en “altos”, “medios” y “bajos”. Pero lo que llama la atención es el incremento de núcleos marginados que se caracterizan por el hacinamiento, la escasez de servicios, el desempleo, la insalubridad, la baja escolaridad, aspectos que contrastan con el rápido crecimiento vertical de sectores residenciales de la clase media alta y de la élite social en impresionantes torres de lujo que en la capital de la república se concentran en el llamado Gran Santo Domingo.

Las respectivas subculturas de unos y otros grupos demográficos poco tienen en común, sobre todo porque son abismales los valores, las creencias, las normas, las prácticas cotidianas, el lenguaje y la visión del mundo. Como si fuera poco, la migración del campo a la ciudad, y del país hacia el exterior continúa engrosando la llamada “diáspora” en numerosos países y es fuente sustantiva de las remesas enviadas por los dominicanos que residen en el exterior a sus parientes en la República Dominicana y contribuyen a apuntalar la macroeconomía nacional, junto al turismo y las zonas francas. Por cierto, estos últimos forman dos microcosmos con sus propias leyes. El turismo porque no solo promueve espacios de diversión y entretenimiento en playas “paradisíacas”, tal como lo anuncia la publicidad al uso, sino también los sórdidos laberintos de la droga y la explotación sexual, según lo refiere por experiencia propia Jean-Noël Pancrazi, en su novela corta Los dólares de arena —llevada luego al cine—, quien puso al desnudo un mundo inimaginable, subrepticio o evidente, de promiscuidad y comercio sexual. Las zonas francas, a su vez, por su urdimbre de explotación laboral en áreas de “libre comercio”, pero teñidas de aspiraciones frustradas y limitaciones de toda índole.

¿Qué tienen en común las élites económicas y sociales acaudaladas, con sus estilos de vida miméticos de las subculturas minoritarias de modelos metropolitanos de Estados Unidos y Europa, con las de los grupos marginados y excluidos que viven del asistencialismo más atroz? Muy poco, o casi nada, pues mientras las primeras, entre otras cosas, disfrutan de los placeres que proporcionan el confort y los productos que se derivan de sus riquezas, que poseen apartamentos en el exterior o suntuosas villas en áreas costeras exclusivas del país y comulgan con la idea de convertir “en bien supremo nuestra natural propensión a divertirnos”, para decirlo con las fulminantes palabras que Mario Vargas Llosa empleó en La civilización del espectáculo (2012), las segundas vegetan a la sombra de la exclusión social y la falta de oportunidades, de buenos ingresos, educación, empleo y salud, y tienen que conformarse con la manipulación política populista que las neutraliza con ayudas, o se ven empujadas a la delincuencia.

A mi entender, las corrientes contraculturales de nuestra sociedad no son los colectivos feministas que defienden el derecho de las mujeres al aborto; ni los ambientalistas que denuncian la destrucción de nuestras reservas forestales, las fuentes acuíferas y el medio ambiente en sentido general; ni los representantes de los LGTB, que en los últimos tiempos alzan su voz para denunciar los abusos que padecen en una sociedad machista y homofóbica, y han pasado de ser una subcultura subterránea a una de protesta abierta, que se atreve a desafiar los convencionalismos sociales y la hostilidad colectiva para mostrarse tal como son. Tampoco serían los millares de inmigrantes haitianos que intentan sobrevivir en un medio al que han llegado compelidos por las brutales condiciones de vida de su país, adaptándose como pueden a las nuevas circunstancias.

 

Aunque el papel del intelectual esté muy restringido en la actualidad, debemos intentar esclarecer el debate y hacer consciente de lo que ocurre a la ciudadanía.

Las contraculturas más temibles hoy día estarían formadas por categorías sociales convertidas en auténticas camarillas que con sus acciones desvertebran el precario equilibrio de la sociedad; los grupúsculos de funcionarios y congresistas corruptos que, salvo honrosas excepciones, viven bajo el techo de la impunidad gracias a la quiebra de la justicia; las pandillas delincuenciales que representan una temible amenaza para la seguridad ciudadana; los actores del narcotráfico, el lavado de dinero, el delito de cuello blanco, y en contrapartida, el robo a mano armada perpetrado por individuos sumidos en la pobreza y la ignorancia, que apelan al asalto callejero y practican la “cultura del pillaje”, flagelo que ha convertido el país, sobre todo las ciudades, en un territorio inseguro y peligroso.

Parecería que el Estado fuese incapaz de ejercer su poder para controlar esas fuerzas irreductibles; para someter a la justicia a funcionarios públicos acusados de desfalco e imponer las sanciones que establece la ley por los desmanes de tantos que viven bajo la protección de la impunidad; para hacer valer su autoridad entre grupos gremiales que tratan de imponer sus intereses a toda costa, en perjuicio de la ciudadanía y de las leyes del país. Todo ese confuso amasijo que me atrevería a llamar “contraculturas del delito”, se levanta como un muro infranqueable en nuestro presente cultural.

Rosario Espinal escribió en su libro Democracia epiléptica en la sociedad del clic (2006), que en el país hay tres ramificaciones de la delincuencia, las cuales también podemos considerar como expresiones de nuestra cultura actual: “delincuencia de la pobreza, delincuencia de las redes (robo de vehículos, narcotráfico, tráfico de personas), delincuencia de la riqueza (que se produce a través de instituciones establecidas y favorece a grupos empresariales como los del sector bancario)”. A lo que se refiere la brillante socióloga es a que vivimos en un país de débiles instituciones, donde las tropelías más descabelladas se repiten impunemente sin cesar, ante el asombro de todos; en medio del creciente endeudamiento que compromete nuestra soberanía; en el marco de una democracia fallida llena de iniquidades; con “partidos políticos” cuyas acciones constituyen cada día un escarnio a la dignidad colectiva, mientras nos encaminamos a ciegas hacia un futuro incierto plagado de temores.

El diagnóstico de ese sucinto panorama no deja resquicio para una mirada optimista de nuestra cultura de cara al porvenir. De todos modos y guardando las distancias, aunque el papel del intelectual esté muy restringido en la actualidad, debemos intentar esclarecer el debate y hacer consciente de lo que ocurre a la ciudadanía. Por eso, para concluir, repito la frase que escribió Albert Camus hace casi siete decenios en la introducción de El hombre rebelde (1951): “El propósito de este ensayo es un esfuerzo para comprender mi tiempo”. Y, diría yo: para contribuir a transformar nuestra ominosa realidad.