Con parecer

José Enrique Delmonte

El peso de la oscuridad de Jesús Losada

¿Cuánto pesa la luz dentro de esta esfera existencial circundada por la oscuridad? ¿Cuánto tiempo permanece como un destello entre dos tiempos infinitos de su ausencia? ¿Cuánta oscuridad es permitida para sondear en lo etéreo en busca de lo inmanente? Un viaje no es suficiente para alcanzar el horizonte, lugar donde se refugia la memoria y apenas una ráfaga de sonrisas poderosas. Dos viajes, o diez, arrugados en mapas apretados, con la nostalgia a cuestas y la angustia de los finales rodeando el alma.

Porque Jesús Losada nos narra un episodio fulminante de los caminos donde ha sido él completo, con su aleatoriedad entre lo fugaz y lo estable, o entre lo enigmático y lo simplemente feliz. Trasladarse a esos territorios donde el ruido no es suficiente para marcar episodios, sino las múltiples imágenes de lo cotidiano, el paisaje abrumador de la ciudad astrosa, la gente común que enmarca un minuto para ser incorporado como palabra, es una proeza. Moverse y permanecer, ampliarse en lo breve y convertirlo en eternidad, distraer los minutos para retrasar el placer y fomentar el mito único de dos seres incapaces de repetirse.

Este es un libro de sonidos graves. Una composición de recursos que ahonda en el imaginario del yo, del yo y el otro, del yo y lo otro, del yo y la génesis de interrogantes eternas. No es posible leerlo sentado en la rapidez, porque tiene la capacidad de la trampa; tiene, para sorpresa, la capacidad de embadurnar el sosiego de incertidumbres, de cercanías emocionales que nos conllevan a la angustia, a la inestabilidad y al pensamiento reflexivo. No se trata, en lo más mínimo, de un ejercicio fenomenológico de la tristeza o la alegría. Se trata, más bien, de un testimonio que puede parecer muy lejano a nosotros y, sin embargo, terminamos metiéndonos en su energía como si hablara de nuestro yo, encadenado a su palabra y habitando sus espacios intermitentes.

El libro redime la memoria e incorpora los temas cotidianos con una carga emocional profunda y serena, con un lenguaje lo suficientemente inteligente como para conducirnos hacia los senderos de agonía. De pronto, Losada nos ofrece una sinfonía de brumas incesantes, que resuena y resuena, hasta obligarnos a formar parte de ella, con la licencia para detenerla o para continuarla en la medida que seamos capaces de soportar la atmósfera gris que provoca. Y aquí está la clave de esta propuesta lírica de un poeta que apuesta a la unicidad de un texto para hacernos vulnerables a su fuerza, débiles ante su complejidad y sobrevivientes de su hondura. Tal como señala el poeta Joan Margarit: “los que han hecho el esfuerzo de aprender a interpretar un poema, de aprender a escuchar el orden fundamental de las palabras, han accedido a un mundo al cual difícilmente renunciarán”. Este es el mundo que nos ofrece Jesús Losada, un errante incansable que atrapa los mundos vividos y los mete en una caja negra para que el lector los reviva. Nadie sale ileso del intento.

El peso de la oscuridad es un poema dividido en tres momentos: “La ciudad apagada”, “Corpus” y “Los mapas apretados”. Como primera lectura, se trata de un testimonio de los viajes del autor a diversos países (bien en India, Nicaragua, Costa Rica, Portugal, Cerdeña o en Santo Domingo) que ofrece un espacio continuo donde se descubre la simpleza de la vida y las interrogantes de la existencia. Un cuestionamiento ante lo incomprendido en que el poeta pregunta por la validez de las cosas, la fugacidad de los momentos, la perdurabilidad de los detalles, el desvanecimiento existencial o la extraordinaria fuerza de la intemperie emocional. Todo esto sometido a una secuencia de imágenes del día a día, que arrastra hacia un espacio de penumbras y de pequeños sufrimientos, solo transformados con los destellos de felicidad que el amor provoca. Esos momentos de incandescencia que hacen desaparecer la oscuridad y en el que se abren los ojos para ver lo asombroso de la vida y lo breve de su desarrollo.

Es el peso de la oscuridad que la ahoga y la convierte en un episodio de matices o de sabores. A través de las marcas que el texto va dejando para que el lector las siga y las cohesione en un souvenir emocional, Losada desarrolla sus posiciones filosóficas y su constante cuestionamiento de lo inmaterial como elemento ineludible del entendimiento de la realidad, desde una perspectiva ínfima hasta una visión cosmogónica fundamental.

Se trata de una poética del posicionamiento, donde podemos entender la vida a partir de un átomo que ha conseguido construir un significado dentro del amplio escenario en que nuestro espíritu es capaz de moverse. Y para eso recurre a los fragmentos de lo imperecedero: la luz y la oscuridad, para posicionarnos en una oscilación emocional en que las vivencias determinan la serenidad o la incertidumbre en nuestros pensamientos. Una soledad que adquiere sentido si alguien nos ha acompañado en la aventura, destituyendo tristezas para destellar el presente con esperanzas o con certezas.

El poema puede fragmentarse y leerse en cada página como si fuese una ofrenda independiente. De hecho, Losada nos da esa pista en el índice donde pone nombre a cada una de las páginas que conforman la totalidad. Y sin embargo, se pude leer como un recorrido lineal de principio a fin, estableciendo las pausas que permitan apaciguar nuestras dudas y refrescar nuestro espíritu. Porque el poema es intenso. Intenso en la medida en que toca la estabilidad emocional y la remueve, la comprime y la sojuzga como una máquina poderosa de redención y mito.

La primera parte, “La ciudad apagada”, actúa como contenedor y voz descriptiva, donde aparecen las imágenes de la reflexión con la cual el autor canta a las fisuras de la vida. Losada camina hacia un lugar cada vez más hondo, inicia con figuras urbanas propias de la vida común para descender hasta lo recóndito donde puede descansar la esencia de las cosas.

En “La ciudad apagada” se resume la memoria de la acción que ha fijado un episodio existencial. Es la descripción de un lugar —un no lugar desde el punto de vista material y un lugar en tanto ha tatuado el corazón del poeta— que fue posible por la presencia de un ser inmanente (un ángel) que aligeró la penumbra y le dio vida. Cuando ese ángel se va, la ciudad se apaga, la alegría queda a la espera de nuevas incursiones angelicales y solo queda… el peso de la oscuridad.

Porque el poema es intenso. Intenso en la medida en que toca la estabilidad emocional y la remueve.

En la segunda parte del poema, “Corpus”, lo permanente se diluye y desaparece. Solo quedan las marcas de aquello que tiene sentido porque lo fue para el uno como para el otro, para los protagonistas de una breve historia poderosa. Coloca el efecto de la luz como articulador de acciones en una realidad fría y perversa prevaleciente. Esa luz retrasa la muerte, separa a la mudez que contiene la oscuridad de la efervescencia que caracteriza la vida. Recuerda que esa efervescencia existió en todos los lugares que fueron ocupados por la pasión, por la componenda del amor de dos seres entregados en su destino inexorable.

“Los mapas apretados” es la tercera y última parte del poema. Es el sufrimiento por la separación, por la distancia que se agranda desde el mismo instante en que se inicia el proyecto de tomar rumbos distintos. Saltar de un lugar a otro, abrir senderos y establecer nuevas tiendas para arar la nueva tierra compromete el corazón de los que se marchan, de los que se quedan.

Y comienza la evocación, el recuerdo, la firmeza de lo vivido que retorna constantemente en una dualidad entre lo real y lo imaginario. Vuelve desde la otra dimensión por el “pasillo azul del mar”, en los “ojos del reptil”, en el “musgo y el perfume de las orquídeas húmedas”.

A pesar de las imágenes del eterno retorno, el poeta no tiene paz, nada lo conforta, y camina de un lado a otro en busca de ese otro yo que le sostiene. Poco a poco, el poema se llena de nostalgia, de tristeza, de realidad y nos dice que estamos huérfanos y hambrientos.

El libro ha estado acompañado de un mito que no ha sido posible erradicar. Como cosa del destino, Jesús Losada terminó de leérselo a su compañera, Carmen Isla, la noche antes de su fallecimiento, ocurrido el 14 de febrero de 2015. Para algunos se trata, en principio, de un poema dedicado póstumamente a Carmen a raíz de su partida. De esa forma, el poema adquiere una dimensión más amplia. En realidad fue una despedida no planificada, un episodio del destino.

Cada cual se adhiere al poema de la forma que lo haga suyo. Nosotros ya lo hemos hecho desde nuestra trinchera iluminada, alargando la distancia y el peso de la oscuridad.

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