Con sentido

Leonardo Padura

La maldita circunstancia del agua por todas partes

I

Uno de mis paseos preferidos, como el de decenas, cientos de miles, quizás hasta millones de habaneros (ahora que somos dos millones) es el recorrido costero que marca el muro del Malecón. En realidad, debo confesar que hace bastante tiempo no lo practico del mejor modo en que debe hacerse, o sea, a pie, sin prisa, al final de la tarde, de este a oeste, en el sentido del tiempo histórico de su desarrollo, desde La Habana Vieja o colonial donde nació la villa hasta el barrio de El Vedado, hacia donde creció a lo largo del siglo XX. En los últimos años, con más frecuencia, hago la travesía a la velocidad del automóvil pero, a pesar del vértigo, la sensación que siempre me deja ese trayecto habanero es confusa y contradictoria, aunque patente. Como una advertencia llena de significados profundos que van más allá de las evidencias físicas visibles.

Me explico. Para los que no conozcan La Habana, mi ciudad, debo decirles que el Malecón constituye una y muchas cosas: es, ante todo, un muro de cemento de alrededor de un metro de altura y sesenta centímetros de ancho, que desde hace un siglo separa al mar de la ciudad. Con orgullo, los habaneros decimos que es el banco de un parque público más largo del mundo, pues una costumbre acendrada resulta la de sentarse en el muro del Malecón, unas veces de frente, otras de espaldas al mar, para tomar la brisa (cuando hay brisa) y practicar uno de los más amados deportes nacionales: el dolce far niente.

Por lo general, quienes se sientan de cara a la ciudad, quieren ver pasar el tiempo, la gente, contemplar la vida de los otros. Los que optan por acomodarse de frente al mar, casi siempre se empeñan en mirar hacia dentro de sí mismos, mientras observan la superficie plana o rizada del océano, un eterno misterio, promisorio como todos los enigmas.

Paralela al muro transcurre una acera de tres, cuatro metros de ancho, por la cual puede ejecutarse ese paseo peatonal, y más allá, una avenida de seis carriles, en la que el recorrido puede realizarse en auto, a velocidades máximas de hasta ochenta kilómetros por hora, mejor si con todas las ventanillas bajadas para dar libre acceso a los efluvios del mar. En la otra banda de la avenida, luego de la consabida acera, están las edificaciones que, en lucha diaria con la agresividad del salitre, disfrutan y sufren de la corrosiva cercanía del océano, al que deben sus diversos aunque seguros grados de deterioro.

Pero la esencia del Malecón habanero no son ni su muro ni su avenida ni sus edificaciones carcomidas, sino la de ser, precisa y evidentemente, la frontera entre la tierra y el mar. Una tierra caliente y un mar que, asomado a la corriente del Golfo de México que sube hacia el océano Atlántico, puede ir de lo apacible a lo furibundo, a veces en un mismo día. Porque la frontera que marca el Malecón no es solo geográfica (tierra y mar), física (sólido y líquido), sino también orgánica y espiritual (adentro y afuera), pues representa la que con mayor evidencia indica a los cubanos, y en especial a los habaneros, lo que ha sido la esencia de una forma de ser, de ver y de vivir la vida: la insularidad. El Malecón constituye el fin de algo y el principio de otra cosa, en dependencia del punto de vista o el estado de ánimo con que se le quiera mirar. Principio o fin de la isla; principio o fin de lo que está más allá, siempre como una promesa más o menos tentadora, más o menos inalcanzable. El Malecón es la constancia material y visual de una condición geográfica, advertida a veces como una fatalidad, a la cual el poeta Virgilio Piñera, en su verso más celebrado y citado, calificó como “La maldita circunstancia del agua por todas partes” (La isla en peso, 1943).

II

El sentimiento y el hecho de la insularidad inapelable que revela y resume el Malecón habanero se hicieron más evidentes y traumáticos porque durante más de cincuenta años los habitantes del país no pudieron moverse con libertad más allá de los límites de la isla. Una de las leyes revolucionarias tomadas en la década de 1960, cuando el gobierno cubano adoptó el socialismo como su sistema político, fue la de controlar de modo estricto el movimiento de sus ciudadanos hacia lo que está más allá del Malecón. Se instituyeron desde entonces figuras jurídicas como el “permiso de salida” que debían conceder las autoridades migratorias cubanas a los que pretendían viajar, o el de la “salida definitiva” el cual significaba la concesión del permiso de partir con la condición de que no se contemplara para nunca jamás el regreso al país natal que se abandonaba. Para hacer más patente esta imposibilidad del retorno, a los que optaban por la “salida definitiva” se les incautaban todos los bienes (casa, auto, objetos materiales, incluida la ropa que no cupiera en dos maletas) que habían sido previamente inventariados por las autoridades. Era un acto radical, como para que el emigrante no quisiera ni tuviera adonde volver, pues de hecho se convertía en un apátrida, alguien que perdía todo derecho ciudadano.

Con aquellas fiscalizaciones y leyes drásticas se pretendió en algún momento controlar la migración masiva de profesionales que desangró al país en los primeros años revolucionarios; más tarde, coartar las ansias posibles de esos profesionales, o deportistas, o funcionarios, o simples ciudadanos, que solo podían trasladarse a probar suerte en otras tierras si les era concedido ese doloroso “permiso de salida” que los convertía en apátridas —personas sin patria…—. Hasta hace poco, con esa ley onerosa, además, se castigaba o se premiaba, se permitía o se impedía: desde el poder se decidía el destino y los deseos de las personas.

Alejo Carpentier, otro de los grandes escritores cubanos del siglo XX, reflejó en una de sus novelas lo que significa el sentimiento opresivo de la insularidad y los modos de hacerla más patente con la imposibilidad de quebrarla por los barrotes legales impuestos por determinadas leyes. Al principio de una de sus grandes novelas, uno de los personajes habaneros “pensaba, acongojado, en la vida rutinaria que ahora lo esperaba […] condenado a vivir en aquella urbe ultramarina, ínsula dentro de la ínsula, con barreras de océano cerradas sobre


Durante más de cincuenta años los habitantes del país no pudieron moverse con libertad más allá de los límites de la isla.

toda aventura posible […]. El adolescente padecía como nunca, en aquel momento, la sensación de encierro que produce vivir en una isla; estar en una tierra sin caminos hacia otras tierras a donde se pudiera llegar rodando, cabalgando, caminando, pasando fronteras…”. Y hacia el final de la obra, otro de sus personajes, también habanero, siente que “… seguía preso con toda una ciudad, con todo un país, por cárcel. […] solo el mar era puerta, y esa puerta estaba cerrada con enormes llaves de papel, que eran las peores. Asistíase en esta época a una multiplicación, a una universal proliferación de papeles, cubiertos de cuños, sellos, firmas y contrafirmas, cuyos nombres agotaban los sinónimos de ‘permiso’, ‘salvoconducto’, ‘pasaporte’ y cuantos vocablos pudiesen significar una autorización para moverse de un país a otro, de una comarca a otra —a veces de una ciudad a otra—. Los almojarifes, diezmeros, portazgueros, alcabaleros y aduaneros de otros tiempos quedaban apenas en pintoresco anuncio de la mesnada policial y política que ahora se aplicaba, en todas partes —unos por temor a la Revolución, otros por temor a la contrarrevolución— a coartar la libertad del hombre, en cuanto se refería a su primordial, fecunda, creadora posibilidad de moverse sobre la superficie del planeta que le hubiese tocado en suerte habitar”. Lo curioso es que estos personajes son Carlos y Esteban, dos de los protagonistas de El siglo de las luces (1962), y que sus experiencias se remiten a los años finales del siglo XVIII y primeros del XIX, antes y durante otra revolución: la que se inició en París con la toma de la Bastilla. Lo más significativo resulta, sin embargo, que mientras se publicaba esa gran novela, con esta palmaria denuncia a los encierros territoriales decretados por el poder, en Cuba se ponía en circulación una ley que controlaba férreamente “la libertad del hombre […] [para] moverse sobre la superficie del planeta que le hubiese tocado en suerte habitar”. Terrible conjunción poética.

El hecho de que tanto Carpentier como Piñera, antes de que se aplicaran las leyes revolucionarias destinadas a controlar la emigración, se refirieran de forma tan dramática al sentimiento de encierro que produce la insularidad geográfica y legal (pues El siglo de las luces estuvo terminado dos o tres años antes de su publicación, según atestiguó su autor y el poema “La isla en peso” data de los años 1940) puede explicar mejor cómo se pudo haber manifestado esa condición en un país moderno, de finales del siglo XX y principios del siglo XXI, en donde los ciudadanos dependieron durante cincuenta años de estrictas


Alejo Carpentier, uno de los grandes escritores cubanos del siglo XX, reflejó en una de sus novelas lo que significa el sentimiento opresivo de la insularidad.


autorizaciones oficiales para salir o regresar a su país. Y se entiende mejor qué podía significar en el imaginario nacional la muralla sólida del Malecón habanero y el piélago que ante él se extendía.

Hasta hace apenas un año el sistema establecido en Cuba para viajar al extranjero contemplaba, en lo esencial, cuatro variantes para atravesar las fronteras de la isla. La más común era que el ciudadano formara parte de una delegación oficial o fuese convocado a realizar una labor en el exterior que contara con el apoyo o la venia estatal. Por esta vía viajaban funcionarios, deportistas, periodistas, artistas (los que con mayor libertad nos movíamos, justo es decirlo), y también los cooperantes internacionalistas (Nicaragua, Venezuela, etc.), los soldados que participaron en campañas como las de Angola o Etiopía, en las décadas de 1970 y 1980 o los muchos jóvenes que se instruyeron en universidades del antiguo bloque socialista. La segunda vía era la del viaje personal al que podían acceder, sobre todo a partir de la década de 1980, los cubanos que fuesen invitados por un familiar o amigo a realizar una estancia en el extranjero (algo muy ansiado entre los cubanos mayores de edad con familia en Estados Unidos), para lo cual resultaba indispensable obtener el permiso de salida conocido como “la carta blanca”. La tercera opción era la ya mencionada “salida definitiva”, que podía ser muy complicada si se trataba, por ejemplo, de un profesional con estudios universitarios, que para emprender el viaje sin retorno dependía de que se le concediera una “carta de liberación” en su centro de trabajo, un documento con reminiscente sonoridad a los tiempos de la esclavitud, indispensable para acceder a la otra epístola, la ya mentada “carta blanca” que abría las puertas de salida. Y la cuarta ruta era la de la partida al exilio sin permiso para hacerlo, opción que a su vez se concretaba de dos maneras fundamentales: la “salida ilegal”, casi siempre en embarcaciones rústicas a través del estrecho de La Florida, a la que se lanzaban quienes no obtenían el permiso de salida, la carta de liberación o la visa de otro país, en especial Estados Unidos, y se sentían forzados a emprender una travesía en la que ha muerto una cifra no conocida de cubanos; y la opción de “quedarse”, que podían poner en práctica los que viajaban con permiso de salida y visa (esos funcionarios, deportistas, artistas, estudiantes) y decidían no regresar al país, aun sabiendo que, como castigo, en la mayoría de los casos las fronteras de la isla se les cerraban por tiempo indefinido a “el quedado” (si deseaba regresar) y a sus familiares más cercanos (si deseaban emigrar). Sumadas todas esas alternativas, no deja de resultar curioso que de un país de fronteras casi cerradas por ley, insular por añadidura, salieran tantas personas empleando tan diferentes rutas. El resultado de salidas y fugas ha sido conseguir que en cinco décadas alrededor de la quinta parte de la población cubana se desperdigara por los más recónditos lugares del planeta –incluida Groenlandia…

Solo a principios del año 2013, como parte de la política de cambios emprendida por el gobierno de Raúl Castro, sucesor de su hermano Fidel, la infame figura del “permiso de salida” ha sido al fin abolida, aunque no la de la “carta de liberación” para algunas profesiones y cargos. Durante años muchas voces en Cuba, de personas que, teniendo incluso la posibilidad de viajar hemos decidido vivir en Cuba, reclamaban el restablecimiento de la libertad de movimiento de los ciudadanos del país. Y, luego de anuncios, controversias, advertencias de posibles o seguras limitaciones, la vieja ley migratoria al fin fue modificada y desde enero de 2013, prácticamente la totalidad de las personas pueden viajar a donde lo deseen solo con tener un pasaporte habilitado, y a donde puedan… siempre que les sea concedida la visa de entrada en el país de destino escogido, un trámite que en la mayoría de los casos sigue siendo difícil, incluso, más difícil ahora que los cubanos no necesitan permiso de su gobierno para salir y regresar (o no) a la patria…

Esta nueva coyuntura, que ya ha sido aprovechada por muchas personas con la intención de irse por un tiempo breve o dilatado del país, ha hecho que algunas empiecen a mirar de un modo diferente los cientos de metros de hormigón armado del muro del Malecón… al menos alentadas por un sueño, una posibilidad. Sobre todo, por un derecho.

III

Esa fatídica insularidad “acentuada” que se vivió en Cuba durante medio siglo generó infinidad de traumas de diversa hondura, de uno y otro lado del muro del Malecón.

Cierto es que el exilio, el deseo o la necesidad de partir, forma parte esencial de la historia y la espiritualidad cubanas desde mucho antes de que se construyera el muro del Malecón o se dictaran leyes revolucionarias destinadas a controlar la migración. El primer escritor verdaderamente cubano, José María Heredia (primo del parnasiano francés que, en realidad, era otro exiliado cubano), fue también el primer hombre cubano que sufrió los rigores del exilio, en los tiempos coloniales, a causa de sus ideas independentistas. Desde que se vio obligado a huir de Cuba, a fines del año 1822, Heredia no pudo regresar a su patria hasta el año 1836 cuando, enfermo de tuberculosis y desengañado de sus ideales, se atrevió a pedir un permiso al gobernador español de la isla con la intención de ver por última vez a su madre. El capitán general Miguel Tacón le concedió entonces dos meses de estancia en el país, pero con la condición de que no participara en ninguna actividad pública… Fue en ese largo exilio, vivido en Estados Unidos y México, donde Heredia escribió varios de sus poemas más trascendentes, conformando la primera gran obra lírica de la literatura cubana, la más alta expresión del romanticismo en lengua española. Entre esos poemas siempre se destaca la conmovedora oda “Niágara” (escrita en 1824, recién cumplidos los veinte años), en la que funda la nostalgia por la patria cubana perdida, en versos más que célebres para todos los cubanos, cuando ante la grandeza de las cataratas le pregunta a la naturaleza:

Mas, ¿qué en ti busca mi anhelante vista

Con inútil afán? ¿Por qué no miro

Alrededor de tu caverna inmensa

Las palmas ¡ay! Las palmas deliciosas,

Que en las llanuras de mi ardiente patria

Nacen del sol a la sonrisa, y crecen,

Y al soplo de las brisas del Océano,

Bajo un cielo purísimo se mecen?

Y en el destierro Heredia también escribe el desgarrador “Himno del desterrado”, cuyos versos repitieron los combatientes de las guerras independentistas de la segunda mitad del siglo XIX, y entre los que nos quedaron estas rimas premonitorias del carácter nacional: “¡Dulce Cuba!, en tu seno se miran / En su grado más alto y profundo / La belleza del físico mundo, / Los horrores del mundo moral”.

El más grande novelista cubano del siglo XIX, Cirilo Villaverde, se vio forzado a partir al exilio norteamericano, y uno de los más lúcidos pensadores de ese tiempo, José Antonio Saco, terminaría sus días precisamente en la metrópoli española.

Muy conocido es que otro de los grandes poetas iberoamericanos del XIX, el apóstol de la independencia de Cuba, José Martí, igualmente sufrió el exilio. Pero en la distancia Martí no solo escribió sus mejores páginas, sino que preparó la guerra que al fin conduciría a la independencia de Cuba. Tal vez por tantos años de lejanía forzada, que lo obligaron a cruzar tantas veces el océano en busca de destinos transitorios para vivir y alimentar su proyecto político, Martí escribió en uno de sus versos más conocidos: “el arroyo de la sierra / me complace más que el mar”.

Como Martí, Heredia, Villaverde y Saco, a lo largo de dos siglos decenas de escritores cubanos, incluidos Alejo Carpentier y Virgilio Piñera, se vieron impulsados, voluntaria o involuntariamente, a partir al exilio en determinados momentos de la historia cubana, convirtiendo la distancia física en una constante de la literatura nacional. Luego, con la voltereta histórica que siempre implica una revolución, otra gran cantidad de escritores decidieron partir, antes o después, la mayoría de ellos para no regresar jamás: Severo Sarduy, Guillermo Cabrera Infante, Reinaldo Arenas entre los más conocidos. En muchos casos, la parte más nutrida y significativa de sus obras se escribió en la distancia y, en muchísimos casos, con la mirada y el alma puestas en la tierra que comienza o termina con el muro del Malecón.

Ha habido, sin embargo, escritores cubanos que han hecho de la “maldita circunstancia del agua por todas partes” y de prohibiciones o dificultades para cruzar las fronteras del país, la esencia de su vida y su literatura. Quizás el caso más significativo y sostenido sea el del poeta y novelista José Lezama Lima, uno de los grandes autores del siglo XX iberoamericano, quien apenas salió una vez de Cuba: a la vecina isla de Jamaica. Toda su vida, pues, transcurrió en esa Habana cercada en su vertiente norte por el muro del Malecón, la ciudad en la que Lezama se declaró un “viajero inmóvil” mientras se trasladaba a otros mundos perdidos, exóticos, ideales, a través de sus lecturas. Su obra, no obstante su afincamiento físico en la isla, es la menos típicamente cubana que se pueda concebir, en cuanto a densidades, lenguajes, pretensiones: junto a Carpentier, que persiguió de manera ostensible lo universal como fundamento de su estética, Lezama lo alcanzó por la distancia poética que colocó entre su chata realidad cotidiana de funcionario público y su mirada golosa de hombre sin fronteras culturales ni temporales.

IV

La insularidad que simbólica y físicamente revela la serpiente pétrea del Malecón no ha perdido su sentido por un favorable y reciente cambio de leyes. Cierto es que la libertad ganada por los ciudadanos cubanos con una política migratoria que casi llega a la normalidad universal, ha bajado tensiones, ha engendrado esperanzas, incluso ha concretado sueños de viajeros que no pretendían la voluntaria inmovilidad lezamiana. No obstante, ir más allá de lo que encarna el más famoso y concurrido paseo habanero y cubano, sigue siendo un reto para unas personas a las que, en su inmensa mayoría, les está vedada la posibilidad económica de viajar como turistas y a las que, en muchos países de posible estancia o destino, las miran en sus consulados habaneros con caras de “potenciales inmigrantes” y se les exigen los más diversos documentos para obtener un visado. El Malecón sigue ahí, firme en sus cimientos esenciales, testimonio —para algunos— de una fatalidad geográfica.

Pero el hecho de haber nacido y vivido en una isla y, por tanto, sentirse rodeado de “la maldita circunstancia del agua

por todas partes” genera otros muchos efectos espirituales y materiales.

Si bien, como antes he puesto en evidencia, una parte muy notable y abundante de la literatura —y en general de la cultura— cubana se ha hecho fuera de las cuatro paredes de la isla, para el escritor cubano de los últimos cincuenta años que, por la razón que fuere, haya decidido permanecer en su tierra, el mundo exterior le ha resultado un destino de difícil acceso literario.

La frontera física del Malecón también fue, hasta hace apenas veinte años, un muro físico para las aspiraciones de mostrarse literariamente los autores del país. Otra ley, o disposición, o regulación (sabe Dios cómo se llamaba) obligaba a los escritores a comercializar sus obras con editoriales del mundo a través de una agencia literaria, adjunta al Ministerio de Cultura, la única instancia autorizada para gestionar ediciones y cobrar contratos y regalías. Dominada por la ineficiencia, la ortodoxia política, las lentitudes burocráticas, la llamada Agencia Literaria Latinoamericana intentaba “vender” a autores y obras en otros países, mientras los creadores debían esperar pacientemente que la institución obtuviera una respuesta afirmativa. De convenirse una edición foránea, entonces el escritor recibía un porciento de las cifras acordadas y, durante años, su dinero le llegaba ya cambiado en pesos cubanos que solo le servían para sufragar gastos del lado de acá del muro del Malecón.

Otra voltereta histórica comenzó a cambiar esa situación. Por suerte para algunos, por desgracia para muchos, en los años noventa, tras la desaparición de la Unión Soviética, en Cuba se comienza a vivir una crisis económica tan profunda que a las paredes más sólidas se les hicieron grietas… y por una de ellas se deslizaron los escritores cubanos en su búsqueda individual y desesperada de editores fuera del país.

El empeño, que al principio llenó a tantos de ilusiones, fue, sin embargo, degradado por la realidad: lo que los cubanos creían importante, renovador, interesante, atractivo no lo

 

La insularidad genera también un efecto benéfico: el del sentido de pertenencia.

 

fue para la mayoría de las casas editoriales de la lengua —menos para las de otros idiomas— y la insularidad literaria cayó como un fardo sobre las pretensiones de muchos autores que no pudieron atravesar el muro del mercado, cuando más, debieron conformarse con seguir publicando en Cuba —si podían— o en sellos pequeños o marginales del ancho mundo que está más allá de los mares que rodean la isla.

Quizás la explicación a este fracaso sea tan simple como que los encierros dilatados, la insularidad física y mental, tienen el efecto secundario e indeseable de provocar el localismo, o sea, la mirada centrada, concentrada, en lo interior. El propio Carpentier, citando a Unamuno, alguna vez lo advirtió refiriéndose a la cultura de todo el continente latinoamericano: la esencia del arte es “hallar lo universal en las entrañas de lo local”. Pero, ¿cómo asomarse a lo universal desde la convivencia continuada y autofágica con lo local? ¿Cómo ver lo que hay más allá del mar si, por generaciones, de esos sitios solo se han entrevisto flashazos, muestras autorizadas a exhibirse por una política también restrictiva de lo que puede o no consumir política y culturalmente un habitante de la isla? Los encierros físicos, por supuesto, pueden terminar provocando encierros mentales. Incluso castraciones. No todos los inmovilizados pueden convertirse en viajeros como Lezama Lima, porque, entre otras razones, no todos somos Lezama Lima. Ni mucho menos.

V

La insularidad genera también un efecto benéfico: el del sentido de la pertenencia. Creo que pocos habitantes del mundo han desarrollado un sentimiento de pertenencia tan fuerte como el cubano —aunque seguramente estoy equivocado, creo y quiero verlo así—. Quizás la muestra más patente de esa cualidad esté no en los cubanos que permanecen en la isla, sino, por cierto, en los que, a veces con muchos trabajos, sacrificios y riesgos, optaron por la distancia del exilio. Un viejo amigo, escritor cubano radicado en España desde hace dos décadas, me expresó esa realidad con estas palabras: “el problema de los cubanos es que ni huyendo de Cuba salimos de Cuba”. Algo así fue lo que les ocurrió a los independentistas Heredia y Martí en el siglo XIX; lo mismo les ocurrió a Guillermo Cabrera Infante y a Reinaldo Arenas en sus destierros políticos recientes, cuando siguieron escribiendo sobre Cuba y “en cubano”, mientras se enquistaban en un odio permanente hacia el sistema político del país e, incluso, contra muchos compatriotas por el solo hecho de haber decidido permanecer en la isla. Fue lo que le ocurrió a Eliseo Alberto, más cubano en la distancia y capaz de asegurar: “nadie quiere a Cuba más que yo”.

Muchas, demasiadas veces, los periodistas de diversas partes del mundo me han preguntado por qué yo he decidido seguir viviendo en Cuba, cuando tengo editoriales que publican mis libros en veinte países, productores de cine en media Europa con los cuales he trabajado o trabajo, incluso, poseyendo la ciudadanía española (y el consabido pasaporte que abre tantas puertas) que, por acuerdo del Consejo de Ministros, me concedió el Reino de España… Y la única respuesta posible ha sido siempre una y la misma: porque soy cubano, un escritor cubano, que escribe sobre Cuba y los cubanos y que, por decisión y voluntad propia ha decidido —incluso en los momentos más duros de mi vida y de la vida del país, como esos desoladores y hambreados años noventa— permanecer viviendo y escribiendo en Cuba. Y es que el sentido de la pertenencia no solo me ata a mi país, a mi ciudad (con su Malecón y su muro), a mi barrio (vivo en el mismo sitio donde nací), sino que me advierte de algo mucho más complicado: que nunca voy a ser otra cosa que un escritor cubano y que, de vivir en otro sitio, sería uno de esos cubanos que nunca podría “salir” de Cuba.

Tal vez el hecho de haber nacido en un barrio periférico de La Habana, una especie de pequeña villa con relativa independencia de la ciudad (en mi barrio teníamos de todo, excepto funeraria y cementerio), de ser miembro de una de las familias fundadoras de la localidad, alimentó mucho ese sentimiento de pertenencia a un territorio que desde la única colina del barrio resultaba visible en su totalidad, que en cualquier sitio donde estuviera, me pertenecía en su totalidad.

Pero lo decisivo, creo, es que un escritor es su cultura, que incluye ante todo la lengua y el modo en que se utiliza esa lengua, pero también las infinitas referencias y circunstancias propias de una identidad –lo que he ido llamando pertenencia, quizás porque tiene un matiz más fatal, más inapelable, más insular… La música cubana, la desastrosa gastronomía nacional, la pasión por el beisbol, el clima y el paisaje, el modo de actuar, pensar y amar de las gentes y hasta la “maldita circunstancia del agua por todas partes” forman los ladrillos de un espíritu singular que el escritor aprehende una sola vez, a menos que sea un trashumante o un hombre partido por dos culturas, como, en nuestro caso, ocurre con algunos de los llamados escritores cubanoamericanos, nacidos allá o acá, cultores de la lengua de allá o acá, permeados de reminiscencias históricas y de conciencia de acá y de allá.

 

Tener voz y no utilizarla puede ser un pecado, más en un país como Cuba.


Pero el fuerte sentimiento de pertenencia de que gozamos o padecemos los cubanos, más las imposibilidades sostenidas durante décadas para movernos por el mundo según nuestro albedrío, han sedimentado en muchos de los escritores cubanos (y en mí específica y profundamente), una relación de dependencia con un medio sin el cual nos sería (me sería) muy difícil seguir siendo escritor, a juzgar por lo que conozco gracias a mis lecturas y también a muchas conversaciones públicas y privadas… O si no, ¿por qué Cabrera Infante y Reinaldo Arenas seguían escribiendo sobre Cuba, sobre su vida en Cuba? ¿Por qué escritores cubanoamericanos como Cristina García concibe una novela titulada Dreaming in Cuban y Óscar Hijuelos, el más exitoso y reconocido de esos autores, ganador de un Pulitzer, alcanzó su gran notoriedad con una novela hecha de recuerdos familiares y voluptuosidades cubanas como The Mambo Kings…?

Escribir sobre Cuba y sobre los cubanos que han sido y los que ahora somos es una misión fatal que me acompaña, pero que acepto con algo más que resignación. Lo acepto porque no puedo dejar de hacerlo —como el hecho de vivir en un país con “la maldita circunstancia del agua por todas partes”— pero sobre todo, porque quiero hacerlo. Tener voz y no utilizarla puede ser un pecado, más en un país como Cuba. Vivir dentro de la isla constituye, en cambio, una decisión, un ejercicio del albedrío, que he aceptado de forma voluntaria, porque quiero seguir siendo alguien que viva cerca de mis nostalgias, mis recuerdos, mis frustraciones y, por supuesto, de mis alegrías y mis amores. Aun cuando no practique con demasiada frecuencia algunas de esas sensaciones y revelaciones, como esa de caminar al final de la tarde por el Malecón, sentarme en su muro de frente a la ciudad a ver la vida, o de frente al mar a verme a mí mismo y a pensar que más allá del océano hay un mundo que he tenido la suerte de conocer y disfrutar, pero que no me pertenece, y a volver a sentir que, del muro hacia dentro, hay un país que, a pesar de leyes y prohibiciones que han llegado a hacerlo hostil, me pertenece. Y al que yo le pertenezco.

Etiquetas: ,