Con parecer

Dos ensayos breves

 Marco Escalante

Para una historia de las lágrimas

Las lágrimas, en la antigua Grecia, las prohibió el estoicismo, como un signo irracional de debilidad. “Si nada sabes de la muerte, por qué le temes”, preguntaba asiduamente Sócrates, que prohibió a sus discípulos y amigos llorar cuando un tribunal ateniense lo condenó a la pena capital.

La escuela estoica prolongó su influencia a Roma, que también prohibió las lágrimas entre la élite. Como Sócrates, Séneca, antes de matarse por órdenes de Nerón, reprochó firmemente a sus amigos y familiares cuando vio que lloraban.

Grecia y Roma persiguieron el ideal de la ataraxia, es decir, la impasibilidad, la indiferencia ante las adversidades de la vida como único medio de derrotarlas. El ejemplo más extremo es el de Anaxágoras, que jamás lloró por la muerte de sus hijos y que interrogado por su aparente falta de amor filial, respondió así: “Jamás los creí eternos”.

En la Edad Media, como reacción a la impasibilidad de los clásicos paganos, hay un desborde impresionante de lágrimas. Lágrimas en los cuadros que representan la crucifixión de Cristo, en las procesiones de la iglesia, en las miles de vírgenes de yeso que saturan las hornacinas católicas. La gente llora en todo momento —cuando se corona a un rey, cuando se oye un sermón, cuando un perro mea donde no debe. Huizinga describe el siglo XIII como la edad de las lágrimas. Al frío Sócrates, le sucede un Cristo melocotonáceo y llorón.

La Ilustración es un retorno al clasicismo greco-latino en muchos sentidos, incluso en lo relacionado a las lágrimas. Nuevamente se prohíbe llorar, porque el ejercicio de la razón promete progreso y felicidad. En Guerra y Paz, de Tolstoi, el príncipe Nikolai Bolkonsky vigila de cerca a su hija Marya para impedir que ande llorando románticamente en los rincones secretos de su casona de campo. La geometría, la filosofía, la horología, pesan más que las emociones, y hay una saturación de libros de Newton y Descartes, además de relojes... Tanta ciencia y precisión hay en la vida cotidiana, que Voltaire abre su propia fábrica de relojes en su villa de Ferney.

El romanticismo es un retorno de las lágrimas. Pero de las lágrimas con filosofía. El filósofo de las lágrimas es Chateaubriand, que las describe como el límite de la razón, como la prueba interior de que la filosofía y el conocimiento no bastan, que a veces el grito revela una actitud superior ante las incertidumbres de la vida. En las alturas del Mont Blanc, propicias para las lágrimas, Chateaubriand educa a las generaciones posteriores en el arte de la queja.

Uno de los momentos más graves en la historia de las lágrimas ocurre precisamente en 1805, cuando el romanticismo expande su influencia por Europa. El capitán de artillería Tushin, viendo que el príncipe Andrei es el único oficial de alto rango que no ha escapado del campo de batalla, a pesar de la superioridad de las fuerzas napoleónicas, se despide de él llorando, vencido por su coraje. La escena, otra vez, está en Guerra y paz.

Nos toca a nosotros averiguar, en tiempos de los Reality Shows, de los iphones y los ipads, de los mercenarios del mercado internacional, de los políticos populistas y autoritarios, cómo es la lágrima digital. La pública y la privada. Cómo, por ejemplo, se llora para uno mismo y para los demás. Grandes temas, para mí, son las lágrimas que de tan falsas son crueles; lágrimas como las que ha comenzado a verter últimamente Obama, o como las de ese profesional del llanto llamado John Boenher, o como las de nuestro alcalde cuando se refiere a los pobres de Chicago, que son precisamente sus víctimas. Ya no lloran los que deben; lloran, y a granel, los canallas. l

3 o 4 cosas sobre la araña

“La mariquita, la mariposa y la abeja, son los únicos insectos que habitaron el Edén, porque se parecen a las flores”, dice Robert Lynd en su librito de ensayos The Pleasures of Ignorance. La araña, excluida de esta entomología edénica quizá porque no tiene alas con qué evocar a los pétalos, tiene sin embargo la simplicidad esquemática de la inflorescencia. El ojo entrenado sabe adivinar en la forma del girasol y la rosa la circularidad radiante de la araña, que fue seguramente un boceto de la flora durante la creación.

Debiera bastar para reivindicar a la araña con la intuición de los niños, cuyos dibujos la muestran casi idéntica al sol. Solo que la lumbre de la araña es interior, y eso lo deja claro su relación con la idea. Si la serpiente llega al Edén con una promesa erótica, la araña lo hace con una fuerza sintáctica: todo en ella es encadenamiento lógico, ilación multidireccional, trama, tejido, a tal grado que el pensamiento del hombre no tiene mejor analogía para sus procesos que la humilde telaraña.

El mismo inicio de una idea, un ensayo, una teoría, es el boceto, que plasmado en el papel parece una telaraña, o simplemente una araña. Walter Benjamin, por ejemplo, pensaba cientos de arañas: sus archivos son, en términos estrictamente visuales, arácnidos. Y ello porque la araña es el único animal del mundo que evoca una pasión íntima del escritor y el filósofo: la pasión por el diagrama.

Miro el vientre de la araña y pienso de inmediato en las grandes teorías que gobiernan nuestra historia. De su centro circular y atómico se desprenden como rayos, como patas de araña, herejías, disensiones, actualizaciones críticas y heterodoxas que guardan, sin embargo, una conexión fundamental con su matriz.

Su comportamiento es también una lección filosófica. La araña privilegia los rincones escondidos, lo que el ojo humano no puede penetrar fácilmente, sugiriendo en su alocada huida la vastedad de lo nimio. Estancarse en ese universo eleático, imaginar las aventuras microscópicas que allí ocurren, libera del rutinario naufragio en lo escandalosamente obvio. Walser ha escrito cosas hermosas sobre una aguja y un cerillo; Benjamin hallaba historias apoteósicas en el reducido espacio de su almohada; Altenberg creó una religión de lo chiquito.

La epopeya, la historia, la épica, necesitan apaciguarse en la domesticidad de lo ínfimo. Pasar a un cuadro de Vemeer, después de contemplar por horas uno de David o Delacroix, elimina la ansiedad y hasta devuelve cierto goce de vivir recluido y desapercibido. Así, recluido y desapercibido aparece San José en el Tríptico de Mérode, ese retablo genial en que Campin pintó con tal lujo de detalles las cosas más pequeñitas (clavos, alicates, martillos, tachuelas) que a uno lo tienta buscar en lo alto de las paredes arañas.