Con sentido

Medar Serrata

“Duarte contemplando el nacimiento de la República”, de Luis Desangles.

El mar, la nación y lo sublime en el Santo Domingo de fin de siglo

En el cuadro Duarte contemplando el nacimiento de la República (1890), del pintor dominicano Luis Desangles (1861-1940), el fundador de la nación dominicana aparece sentado frente al mar. Apoyado sobre la mano izquierda, bajo la cual figura un pergamino abierto, con la derecha Duarte protege sus ojos del resplandor que ilumina la parte superior izquierda del cuadro. La luz proviene de una escena que se desarrolla sobre el horizonte, al otro lado del mar: se trata del Baluarte de San Genaro, también conocido como Baluarte del Conde, que surge de entre las nubes como el sol al amanecer. Una bandera tricolor, apenas visible, ondea sobre la estructura, donde se proclamó la independencia dominicana de 1844. Asombrado por el magnífico espectáculo, Duarte no se percata de la figura femenina que aparece a sus espaldas, suspendida en el aire, vistiendo una túnica con la forma de la bandera dominicana. Esa túnica la identifica como el espíritu de la nación. En una mano sostiene un libro abierto, y en la otra una corona de laurel, que se apresta a colocar sobre la cabeza del Padre de la Patria.

Cabe señalar que Duarte observa el fruto de su obra desde la distancia, en la más absoluta soledad, frente a un mar de color sombrío que parece cercar al héroe, confinándolo a una tierra extraña. Esta manera de representar el paisaje marítimo alude a la noción de lo sublime, la mezcla de terror y fascinación ante el espectáculo de la naturaleza que fue uno de los temas recurrentes del arte y la literatura del romanticismo. Implícita en el cuadro de Desangles está la idea del mar como un lugar amenazante, repleto de peligros. Idea que se ve confirmada por los restos de un naufragio, en la parte inferior izquierda del cuadro, en lo que podría interpretarse como una metáfora de las vicisitudes políticas que alejaron a Duarte del suelo natal. El mar une así la concepción de lo sublime —que define la relación entre el sujeto romántico y una naturaleza avasallante— al carácter inestable, e incluso turbulento, de la vida nacional. Este vínculo entre la expresión de lo sublime y el sentimiento nacionalista informa el tratamiento del mar en la literatura dominicana del siglo XIX, convirtiéndolo en un reflejo de las luchas políticas que se libraban en tierra.

La significativa iconografía de este cuadro es apropiada para iniciar el análisis de algunos textos dominicanos, incorporándolos al caudal de obras literarias y artísticas inspiradas por la perenne fascinación del mar. En efecto, el deseo de representar el mar atraviesa múltiples culturas y períodos históricos y ha inspirado una gran variedad de obras de géneros diversos. Como señala Charlotte Mathiesson, en la introducción al volumen de ensayos Sea Narratives: Cultural Responses to the Sea (2016), diarios, cartas, libros de viaje, novelas, poemas, dramas y documentos científicos han captado

las múltiples maneras en que los seres humanos se relacionan con el mar, representándolo como un lugar enigmático colmado de peligros, un espacio repleto de posibilidades o una zona de contacto y de conflicto. Alain Corbin, en su importante libro Territorio del vacío: El Occidente y la invención de la playa (1993), rastrea el origen de ese rechazo a El Libro del Génesis, que impuso la idea del “gran abismo”, un lugar de misterios insondables, imagen del infinito, sobre el cual se movía el espíritu de Dios. Filósofos medievales como San Agustín, San Ambrosio y San Basilio creían que el mar era un residuo de la materia de la creación, remanente del caos primigenio. Tratar de penetrar en su misterio constituía un sacrilegio comparable al de intentar comprender la naturaleza de Dios.

Para los griegos de la antigüedad, el mar se ofrece como un signo ambiguo: lejos de la tierra, es un lugar donde las cosas desaparecen para no volverse a ver jamás; próximo a la costa, es un agente de purificación. Esta ambivalencia permea las literaturas europeas hasta mediados del siglo XVIII, cuando la actitud de rechazo hacia el mar empieza a cambiar. Los baños de mar, antes considerados insalubres, adquieren propiedades terapéuticas y surgen los sanatorios en las ciudades costeras. Este cambio se ha atribuido a una reacción contra la vida urbana y contra la explotación del paisaje para la agricultura. A diferencia de la tierra, el mar no podía ser sometido a control para investirlo de propósitos morales. John Mack, autor de The Sea: A Cultural History (2011), sostiene que fue así como, junto a las montañas escarpadas, esa masa inestable llegaría a convertirse en depósito ideal del sentimiento de lo sublime.

La imagen del mar como expresión de lo sublime se manifiesta en los escritores dominicanos del siglo XIX, muchos de los cuales vivieron la experiencia del viaje marítimo a bordo de las naves que los llevaban al exilio, en los frecuentes períodos de turbulencia política, o los traían de regreso al país natal, cuando la vida volvía a la normalidad. En la obra de Javier Angulo Guridi, el mar es tanto un reflejo del estado de la nación como escenario de relatos legendarios de clara filiación romántica. Podemos ver un ejemplo en La fantasma de Higüey (1857). El narrador es un exiliado político que regresa a Santo Domingo después de una larga ausencia solo para encontrar que allí le aguardan “penas mayores que las ya pasadas”. Perdida la ilusión de un cambio en la situación política del país, el personaje se abandona a un exilio interior, viviendo entre las montañas y “las desiertas y tendidas playas” de Higüey. La descripción del paisaje marítimo que ofrece en las páginas iniciales de la novela guarda cierta similitud con la escena pintada por Desangles:

En presencia de aquel espectáculo sublime, éste es, del mar que inmenso se tendía ciñendo los lejanos horizontes, de la tierra que adormecida envolvía en su silencio inalterable sus palpitaciones fuertes y sonoras, y del cielo que cóncavo parecía una vastísima redoma en que el mismo mar se columpiaba... allí, pues, anonadado mi espíritu culpable volaba sin intermisión desde el universo hasta Dios, desde el amor de las cosas terrenales, hasta el sigiloso culto de la austera religión.

Como en el cuadro de Desangles, la representación del mar como expresión de lo sublime está aquí unida implícitamente a las luchas políticas que mantienen a la nación en zozobra, puesto que son estas luchas las que empujan al personaje a buscar la soledad de las zonas costeras. Solo que en la pintura la búsqueda culmina en el instante apoteósico del nacimiento de la República. En cambio, en la novela de Angulo Guridi no hay apoteosis fuera de la naturaleza, frente a la cual los conflictos sociales resultan mezquinos.

En el relato que ocupa la mayor parte de La fantasma de Higüey —una truculenta historia de piratas que se desarrolla en alta mar y en las soledades de la Isla Saona—, el paisaje marítimo refleja las acciones y los estados de ánimo de los personajes. Esta correspondencia entre el ser humano y la naturaleza aparece en otros poetas dominicanos del XIX, tales como Salomé Ureña y Gastón F. Deligne. Pero en pocos alcanza la prominencia que tiene en José Joaquín Pérez, otro escritor que conoció la experiencia del destierro y que se valió del mar para plasmar esa experiencia en un sinnúmero de poemas de factura romántica. Así, en “Guaiguasa (Episodio del Destierro)”, el desterrado mira su alrededor y sufre porque no encuentra el paisaje conocido, ni siente la brisa del Ozama, ni llega a sus oídos el ruido de la ciudad. Solo se escucha el estruendo de la costa, donde un árbol moribundo se cimbrea. Como en Duarte contemplando el nacimiento de la República, el poeta vive la experiencia del mar como una realidad que lo confina: “Y por límite... el mar, e iris de espumas, / y piedras que calcina un sol de fuego, / y sola allá, indecisa, entre las brumas, / una ciudad en lánguido sosiego”.

En “Ecos del destierro” (1873), Pérez le pregunta a su propia poesía adónde se dirige, “así cruzando los extensos mares / con el dejo fatal de la agonía / que lanzo lejos de mis patrios lares”. Y en “La vuelta al hogar” (1874), el sonido del mar se hace eco del júbilo que le embarga al regresar a Santo Domingo:

Y ¡ven! le dice ronco el estruendo

que hace en las rocas lejos el mar...

¡El mar! que un día su adiós oyendo

fue de ola en ola su adiós llevando,

luego tomando

con hondos ayes del pobre hogar.

La armonía entre el ser humano y la naturaleza aparece también en poemas de trasfondo histórico, tales como “Abismos”, en el que la voz poética imagina el estado de

incertidumbre que debieron sentir Cristóbal Colón y los hombres que le acompañaron en su primer viaje de exploración y conquista al navegar rumbo a lo desconocido, al describir como “un abismo, ese mar de negras olas, / insondable, fatídico, desierto, / sobre el que van desamparadas, solas, / frágiles naves sin destino cierto”. El poeta concibe el mar, amenazante, cargado de peligros, como reflejo del abismo interior que separa en la mente de los exploradores los mitos y leyendas de la Edad Media de los avances científicos del Renacimiento.

Finalmente, en un poema titulado “El mar”, Pérez compara la vida humana con el movimiento fugaz de una ola. Lo mismo que la ola, “que crece y en su aliento / brinda un iris de espumas a la brisa”, antes de desaparecer sin dejar rastros, “así el hombre, en el mundo, vacilante / se alza del tiempo en la voluble oleada; / y apenas brilla altivo un solo instante/ se confunde en el seno de la nada”. La imagen supone una serie de asociaciones implícitas. La metáfora de la ola como representación de la vida humana nos remite a otra metáfora: la del mar, inmenso y voluble como el tiempo. En una imagen que recuerda las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, el mar evoca aquí la imagen de la muerte: esa nada en la que la vida humana se confunde, tras brillar apenas un instante.

Estas nociones románticas no desaparecieron con la proliferación de signos de la modernidad que empezaban a asomar en la vida urbana del Santo Domingo finisecular. Sin embargo, la expansión del transporte marítimo, el desarrollo de los balnearios costeros, y el surgimiento de la industria del turismo producirían nuevas formas culturales en las que el mar ocupa una posición de primerísima importancia. Una multitud de bañistas y marinos mercantes descenderá sobre los pueblos costeros y el oscuro oleaje que confinaba al personaje del cuadro de Desangles será desplazado por la luminosa sensualidad de la playa.

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