.Poesía

Poema inédito

RENÉ DEL RISCO BERMÚDEZ

 

 

 (Fragmento)

 

2                                  

 

La ciudad necesaria me recibió llorando

y escuderos terribles detuvieron mi risa.

 

Anduve gris entonces sobre calzadas rotas,

bajo árboles perennes, por torturados días.

Y era la luz del mundo y era el ruido del mundo

y era el dolor apenas de la tierra mordida.

 

(El abrazo del hombre con su angustia en la cara

apresuró mi viaje hacia tu amor, muchacha).

 

Pero yo te buscaba sobre los días perseguidos,

entre la propia muchedumbre retorcida,

aquí, en la pena que oscurece el comedor de las humildes casas.

 

Te seguí en los espejos, en las oscuras calles,

en los iluminados corredores

y la angustia del pueblo alzaba copas impacientes

y bailábamos todos como payasos locos del silencio.

 

Yo perseguí tu amor y tu cadera sobre revueltos lechos,

y acostado sobre la tierra lastimada

en los húmedos patios,

y de pies contra un árbol de cualquier avenida.

 

Te presentía en el deseo que humedecía mis sábanas,

en el sudor de las muchachas,

en las niñas desnudas, en las ropas tendidas

de los patios vecinos.

 

Mi sed te procuraba en los mediodías de los hombres,

la ciudad ardía en manos prisioneras

y en retorcidos corazones delirantes,

y la tristeza bajaba sombrías escaleras

en los desesperados minutos del silencio.

Esclavitud terrestre,

doloroso tránsito,

y la angustia giraba en la oscura mirada de los muchachos.

 

Acorralado en mi silencio quise arder en varillas verticales,

destruir campanarios, monumentos y cárceles,

y lanzarme a las calles sin camisa

y hallar mi pueblo enloquecido y ebrio

dando saltos fantásticos,

golpeando contra el techo las cabezas

por siempre levantadas y ya por siempre nuestras.

 

Yo te buscaba mujer, yo te buscaba,

mi amor andaba suelto por la ciudad ardiente

y cruzaba las calles entre automóviles y hombres

y animales y señales de tránsito.

 

Mi amor te perseguía en el pecho de las adolescentes,

en los iluminados aposentos,

en las piernas cruzadas de las mujeres en los parques

y en el desnudo cuerpo de las que se bañaban

bajo las regaderas de sus casas.

 

Por ascensores y túneles y sótanos iba yo con mi amor,

crucificado en el estrépito de tanto mundo atormentado,

desesperado y solo

en la hora más alta de los atardeceres

lentamente cayendo sobre los edificios.

 

Más allá de los años te seguía procurando mi silencio,

bajo cerradas lluvias

encarcelado en las calles sordas y ensangrentadas

con un oscuro nombre cruzado en la tristeza.

 

Te me hacías necesaria para querer mis cosas

y tener un lugar definitivo,

para poder amar lo que nos ata,

para tener un cuerpo con las cosas

que no tuviera el mío,

pero que fuera mío para siempre.

 

Te me hacías necesaria para apretar los vasos y las frutas

y andar entusiasmado como un muchacho saludable,

y secarme la frente sudorosa con una mano diferente

y sobre todo, para olvidar un poco esta terrible angustia.

 

Era preciso oír una amorosa voz acompañándome a través de los días,

alimentando este furor de reconquistas,

cuidándome la piel y esta pobre cabeza que todavía me duele de silencio.

 

Te me estabas haciendo necesaria hasta para aprender a levantarme,

para luchar contra posibles vientos,

contra los vuelos poderosos,

para mirar las cosas de los hombres como admirables cosas de mi tiempo.

 

Eras ya necesaria para desembocar esta tristeza

en un abrazo ardiente con la vida.

 

 

3                      

 

Pero no sé qué decirte, qué rayas te formaron,

en qué cerrado círculo descubrí tu presencia,

en qué lámpara ardías,

qué guerras te situaron de espaldas a mi búsqueda

donde tu piel lloraba,

y tus cabellos tristes

y tus pasos…

 

No sé qué decirte, qué parecida fruta me señaló tu nombre,

hacia qué claridades huías y lanzabas tus flechas invencibles,

dónde te desvestía el solitario otoño en que te aprisionabas,

por qué sombrías calles donde yo transitaba te me habías perdido,

qué habitación lejana refugiaba tu ausencia para desesperarme.

 

(Apenas si recuerdo tus encendidos ojos, tus manos

y tus pequeños senos de muñeca).

 

Ya no sé de los fuegos

ni de las apresuradas hélices que estremecieron mis maderas,

las derribadas puertas, las profundas campanas

desesperadamente sacudidas por mi espanto

cuando tú apareciste no sé bajo qué arco,

ni en qué cerrado signo.

 

Ya no puedo decirte qué lluvias te trajeron,

sobre qué iluminadas estaciones llegas a mi universo

estrujando cerezas en las manos,

quién gimió para siempre con tu arribo

 

Solo podría contarte dolorosas historias de horas destruidas,

remotas, lúgubres, donde giraban temerosas mis palabras

y te buscaban mis pájaros ansiosos.

Tal vez podría contarte de las hinchadas frutas que trajiste,

del vino que trajiste, de las espigas que trajiste

y de la tibia luz que me trajiste.

 

Contarte del poderoso golpe con que acosaste a mis verdugos,

señales luminosas que me hiciste

no sé desde qué órbita, desde qué lejanía.

Situar esta tristeza más allá de los días consumidos,

contarte aquel espanto que sacudió mis edificios,

alzar mis monumentos,

soltar mis pájaros de nuevo y entrar con lacerada voz en el iluminado pueblo

que emergió de tus besos en aquella hora ardiente.

 

 

4                                          

 

Estoy en ti con las manos de los náufragos,

con las rosas que pueblan tu voz mansa,

con los azules cielos y las azules aguas

y las azules cosas que rodean al mundo.

 

Estoy en ti, contigo, en mi universo de naranjas,

de minerales, de hombres desnudos

y cantando

solo sé que te amo,

solo sé que te amo.

 

En ti se levantaron mis ciudades dolientes,

de tu voz emergieron los hombres necesarios.

Ya sé que no estoy solo cuando miro hacia el mundo

y alguien espera un día de fiesta en su silencio.

Mark Strand

Entregándome

Traducción: Johnny Durán

Entrego mis ojos que son huevos de vidrio

entrego mi lengua

entrego mi boca que es el sueño constante de mi lengua

entrego mi garganta que es la manga de mi voz

entrego mi corazón que es una ardiente manzana

entrego mis pulmones que son árboles que jamás han visto la luna

entrego mi olor que es el de una piedra viajando a través de la lluvia

entrego mis manos que son diez deseos

entrego mis piernas que son amantes solo de noche

entrego mis nalgas que son las lunas de la niñez

entrego mi pene que en susurros infunde aliento a mis muslos

entrego mis ropas que son muros que soplan en el viento

y entrego el alma que vive en ellas

me entrego me entrego

y tú nada querrás tener que ver con ello

porque ya estoy comenzando de nuevo sin nada

Vigilante

Pinté un perro para que cuidara mi puerta,

un perro triste y feroz al mismo tiempo

que disuadiera a cualquier atacante.

Pero cuando fui a colgar el perro en mi puerta

vi que no había puerta, ni ventanas.

Pasé mi mano por la pared rugosa buscando una grieta,

tal vez un agujero. Comprendí que yo era la pared,

que iba a morir sin aire,

que la única grieta estaba en mis adentros

y que por los agujeros de mis ojos

miraba un perro triste,

triste y feroz al mismo tiempo.