RAÚL ZURITA

“Somos una raza de criminales condenados a construir el paraíso”

ENTREVISTA POR

Plinio Chahín y Soledad Álvarez

A la hora exacta que habíamos quedado en encontrarnos, Raúl Zurita sale del ascensor del hotel donde se aloja, invitado por la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo, y voy a su encuentro.

Me entusiasma la presencia en mi ciudad del autor de Purgatorio (1979), Anteparaíso (1982), La vida nueva (1994), INRI (2003) y Zurita (2011), entre otros poemarios imprescindibles en la literatura latinoamericana actual, que he perseguido desde el día ya lejano que leí por primera vez en alguna antología versos que por su austeridad y desesperación alucinada fueron tajos en el corazón: “No habrá nada. Ningún sueño en el sueño/ ni en la muerte, sólo tu amor arrojándose/ por la borda como si las olas de un océano/ desconocido te llamaran.”

A causa del largo viaje está cansado y por la rigidez muscular que padece se mueve con dificultad. La primera impresión, cuando salimos a recorrer la ciudad colonial bajo un tiempo inusualmente lluvioso, es de fragilidad. Pero a poco, la fuerza de la presencia y la intensidad de Raúl Zurita borran el equívoco. Luego descubriría que no es este el único rasgo de correspondencia entre el poeta y su poesía. Como en sus versos, es arduo escucharle al inicio, seguirle la musitación que progresivamente se transforma, ampliándose en expresión poderosa que conocen quienes han vivido la experiencia inolvidable de escucharle recitar sus poemas. Como en sus versos, desde lo que se quiebra la majestuosidad contenida en el dolor, la humanidad que no se da por vencida frente a la derrota y la violencia del poder, la búsqueda y la compasión hacia el otro desde sí mismo, y sobre todo la posibilidad de la esperanza y la fraternidad.

El poeta, en la juventud combativa preso y torturado por la dictadura militar, el de las acciones artísticas críticas que le llevaron a automutilarse, el que escribió en los cielos de Nueva York los versos de La vida nueva y en el desierto de Atacama, en una longitud de tres kilómetros, “Ni pena ni miedo”, y proyectó sobre los acantilados de la costa norte de Chile 22 frases que concluyen en un estremecedor “Y llorarás”, en Santo Domingo descubre, con mirada de asombro infantil la belleza de los monumentos, la intimidad de algunas calles. Y ríe, disfruta y alaba el sabor de la comida, canta a Violeta Parra y recita a cada momento poemas suyos y de otros haciendo gala de una memoria prodigiosa. Sin pena ni miedo, Raúl Zurita siempre es la grande, conmovedora poesía.

(S.A.)

Plinio Chahín, Soledad Álvarez, Raúl Zurita.

Soledad Álvarez. Comencemos por el inicio. Grupo CADA. Publicación de Purgatorio. En la portada, tu foto con la mejilla quemada. Y en “Mein kampf” lo que escribes sobre tu práctica: “una práctica que asumida desde el dolor de la propia experiencia, transforme la experiencia del dolor en la construcción colectiva de un nuevo significado”. 38 años después, ¿sigue siendo válido ese desiderátum?

Raúl Zurita. Para mí sigue siendo absolutamente válido. El CADA se formó a finales de 1979, Purgatorio fue publicado en 1979, y todavía me siento absolutamente cercano. Suscribiría casi todo lo que se dice allí.

Plinio Chahín. ¿Esa forma de acercamiento a tu poesía contiene un modo de redención o rebeldía? porque al leer tu obra percibimos como un guiño a la antirredención: Purgatorio, Anteparaíso…

Zurita. Creo que he intentado hacer una poesía que, a partir de la experiencia concreta del sufrimiento y del dolor, pueda intuir vislumbres de una posibilidad nueva, pero solamente vislumbres. Más allá no podemos ir. El infierno es inescribible. Cualquiera que haya tenido una experiencia de máxima soledad o de máximo sufrimiento sabe que hay cosas que nunca van a llegar al lenguaje. Tú dices “sufro” y ya volviste a ti mismo, te incorporaste al mar de la lengua, pero una persona a quien le matan el hijo delante de ella, el grito, ese grito no es para nadie, es un hoyo por donde se desfonda el lenguaje. Purgatorio se llama purgatorio, y no infierno, porque parte de la comunicación, del hecho de que es posible balbucear unas pocas palabras. Y la mejilla quemada es porque efectivamente sucedió en el año 1975, después de una situación humillante que me pasó con una patrulla militar. Me acordé de la frase de Cristo: “si te abofetean una mejilla, pon la otra”, entonces fui y me quemé la mía. No fue una performance ni ninguna cosa parecida, no fue con fotógrafos, fue un acto absolutamente solitario, desesperado, encerrado en un baño. Después me di cuenta de que allí había comenzado algo, había vislumbrado un camino.

Chahín. ¿Para ti la poesía es un acto desgarrante, de dolor, o es una especie de catarsis, de salvación?

Zurita. No sé… para escribir es necesario quemarse entero, que no te quede ni un músculo ni un hueso a salvo. Quemarte entero. Y esa ceniza es la escritura, una operación absolutamente de autorreconocimiento, por duro que sea. Pero escribir puede ser una experiencia extremadamente feliz, una felicidad casi dolorosa porque nace de la angustia.

Chahín. En su expresión, mas no en su resultado.

Zurita. Pero el resultado de lo que tú escribes no lo tienes tú, lo tiene el otro…

Y bueno, después de la mejilla quemada imaginé un itinerario, imaginé la secuencia entera en el contexto de una dictadura muy fuerte. Sentí que frente a la violencia que se estaba ejerciendo no sacábamos nada con responder con un andamiaje de poemitas de combate o de resistencia, sino que había que responder con una poesía que fuera tan violenta, tan fuerte, tan contundente como el dolor que se nos estaba causando. Había que volver a nombrar la palabra amor, pero para eso había que aprender a hablar de nuevo. Sentí que en Purgatorio partía de lo más elemental, de la A, de la B, de la C, y era porque todos los grandes discursos, la portentosidad de Neruda ni el humor de Parra alcanzaban para dar cuenta de lo que había pasado.

Para escribir es necesario quemarse entero, que no te quede ni un músculo ni un hueso a salvo.

Chahín. En tu poesía la historia se transforma en mito, en alegoría de Chile, este último el espacio imaginario, del deseo no redimido. Haces lo mismo, por ejemplo, con el Génesis, lo conviertes en una especie de Apocalipsis. ¿Tiene eso algo que ver con la historia pasada, presente y futura de Chile?

Álvarez. Chile es el centro de tu poesía, todo Chile el alfa y el omega…

Zurita. Todo ser humano que está parado en la tierra es el alfa y el omega.

Álvarez. Pero alguna vez fuiste más preciso, dijiste que sin la dictadura quizás no hubieses escrito ni una sola línea.

Zurita. Hay un chiste: ¿por qué los elefantes son grandes, plomos y voluminosos? porque si fueran chicos, planos y blancos serían una aspirina. Entonces es inconcebible una vida que no seaNexactamente la vida que has vivido. Para mí es inconcebible pensarme sin lo que me tocó, por casualidad, vivir. Pongo a Chile porque es mi lugar, porque es mi circunstancia. Posiblemente si fuera argentino habría hecho otra cosa e imaginaría una cosa distinta. Siento que todo lo que he hecho está ligado, por un lado a la historia de la poesía chilena, por el otro a una circunstancia particular, la que me tocó a mí vivir. Y si hay una redención, es una redención sin Dios.

Álvarez. Redención sin Dios, pero redención con la poesía.

Chahín. ¿La poesía revela alguna forma de redención o de condena?

Zurita. Yo percibo que toda obra de arte es en realidad un poco vergonzante. Porque la tarea no era escribir el Canto general, ni era pintar los frescos de la Capilla Sixtina. No era eso. La tarea era hacer de la vida una obra maestra, y esa tarea no ha sido cumplida. Una obra de arte es el residuo que queda de una batalla que ha sido perdida estrepitosamente. Entonces, todo lo que nosotros vemos como arte, partituras, libros; lo que llena las bibliotecas, los museos, las salas de conciertos, los estadios, no son sino los restos, las ruinas que quedan de un intento infinitamente mayor. La tarea era hacer de la vida una obra de arte. No escribir el canto feliz.

Álvarez. Por eso me ha llamado la atención cómo desde el individualismo, tan radical que titulas Zurita tu libro de 800 páginas, tu poesía sale al encuentro del otro.

Zurita. Mira, no tengo una explicación para todo, pero lo que sí sé es que si uno fuese capaz de llegar al fondo de sí mismo, sin autocompasión, sin falsa solidaridad, sin presumir lo que no es verdad en ti, si eres capaz de hacer eso lo más probable es que llegues al fondo de la humanidad entera. Porque todos tenemos la misma necesidad de amor, los mismos temores, las mismas pesadillas, y más o menos los mismos sueños.

Álvarez. Y es por eso que tus poemas maravillosos de La vida nueva son narraciones donde tú eres los otros…

Zurita. Yo creo que tocando el fondo tocas la humanidad entera. Mira, hay una feminista, muy alucinante, que decía: “después de todo ¿qué es lo que más se parece a una mujer? Bueno, de todo lo existente lo que más se parece a una mujer es un hombre”. Bendito sea. No es un teléfono, no es ni un caballo, ni un colchón…

Chahín. A propósito de lo que dice Soledad, me parece que tu poesía se desplaza de lo individual a lo colectivo, y de lo colectivo a lo cósmico. La expresión cósmica tiene que ver con una realidad que se acerca a lo místico, quizá una mística negativa.

Álvarez. Cuando Zurita dice, en su último verso, que ha vuelto a ver de nuevo las estrellas irrefutables, no hay mística negativa ni amargura.

Zurita. Lo escribí hace muchos años y espero que sea mi último: “Señor, si tú hubieras conocido a mi padre lo habrías amado igual que yo. Entonces aplastando la mejilla quemada contra los ásperos granos de este suelo pedregoso —como un sudamericano, llorando, porque yo que creía en la felicidad habré vuelto a ver de nuevo las irrefutables estrellas”.

Chahín. Son plegarias de impotencia.

Zurita. Y es el final. Creo que un final feliz porque si no fuera así, si el último segundo de ese ser que muere torturado, de ese niño que muere masacrado, de ese ser que muere triturado a manos de otros

hombres, si ese último segundo no es un instante de plenitud, feliz aunque te mueras en la tortura, la vida no significa nada, no vale nada. Y ahí sí que yo diría que Dios existe. Dios existe porque es un concha de su madre, Dios existe porque sería la peor chanchada, la bellaquería, la mariconada más grande del universo haber creado la vida para que tuviera ese fin. Es una burla. Yo no creo en Dios, pero si el final fuese tan atroz como las condiciones en que te estás muriendo, entonces si Dios existe, es lo más parecido al demonio.

Álvarez. ¡Siempre tan radical! no puedes pensar ni sentir sino es hasta el límite último.

Zurita. En la vida puede ser una opción válida ser socialdemócrata o demócrata cristiano, pero no en el arte, el arte tiene vocación de extremos.

Creo en una arrasadora esperanza que sea capaz algún día de dar vuelta a la realidad.

Chahín. Tú hablas de los límites. En un artículo que recientemente escribí sobre tu poesía, aludo a la penuria existencial y social, al dolor que lo trastoca todo. Cuando asumes el poema como experiencia extrema se produce allí un desdoblamiento del sujeto poético. A veces, ese desdoblamiento es un instante en que una persona absorta parece autocontemplarse como si fuera otra: la distancia, sin embargo, es una forma paradójica de intimidad, la intimidad del ensimismamiento. Tu expresión interior, tu mundo autocontemplativo en el fondo es negativo. ¿Lo ves de otra manera?

Zurita. Yo lo veo un poco más complicado. Primero se me criticó porque yo sería un mesiánico, el mesianismo que cree en el fin de los tiempos y en el advenimiento de la felicidad en el mundo. Eso, hasta La vida nueva fue la crítica que más me hacían. Después viene el ciclo negativo. Pero lo cierto es que no es esto o lo otro. Son las dos cosas. Por un lado está el “Ni pena ni miedo” escrito en el desierto, por el otro “Y llorarás”, en el que termina el proyecto de los poemas sobre los acantilados. Y es que si tú supieras que te vas a perder, que nunca vas a vislumbrar un instante feliz, probablemente sería una revelación; pero si supieras que vas a ser feliz también sería una revelación. Lo cierto es que nuestra vida es como un purgatorio, porque no tienes la certeza de que llegues al cielo, pero tampoco de que va a haber un infierno. Toda experiencia de dolor extremo no se da en el lenguaje. Pero tampoco cabe e  n el lenguaje toda expresión de felicidad máxima, de enamoramiento alucinante, ese en el que no se sabe dónde comienza uno y termina el otro. También está más allá, lo excede. Y si en ese momento dices “te amo” ese te amo suena como una decepción. A nosotros nos pasó: la experiencia de evitar las palabras. Entonces, tu preocupación es legítima y poderosa. Pero yo tengo la esperanza, si es que puedo poner esperanza en el poema, creo en una arrasadora esperanza que sea capaz algún día de dar vuelta a la realidad, porque si millones de personas no se suicidan frente a condiciones de vida atroces como las que estamos viendo en estos momentos y hemos visto siempre, si no optan por suicidarse es porque hay un sueño, persiste el sueño del mañana. Si nos quitan el sueño, o la visión de un posible mañana, la humanidad sucumbiría en los cinco minutos que le quedan. Podemos resistir setenta y dos horas de estar sin agua, pero no resistimos ni cinco minutos de estar sin un sueño, aunque ni siquiera lo sepamos conscientemente. Es una cosa que he dicho: creo que somos una raza de criminales condenados a construir el paraíso. Para eso estamos en esta tierra. Si estas cosas no se ven en mi poesía, son mis limitaciones, mi incapacidad.

Álvarez. Esa esperanza que dices, irrefutable como las estrellas, siguiendo el camino de Chahín diría que tus lectores la hemos advertido en tu poesía paulatinamente. Ha habido un largo trayecto entre tus primeros poemas y los últimos, en los que pareciera que te ha ido ganando una cierta serenidad. Persiste el dolor, el desgarramiento, la angustia, pero no la violencia original.

Zurita. Es posible. Sin embargo, hay textos en Zurita que considero los más dolorosos que he escrito en mi vida, aunque puede que no tengan la violencia. ¿Y por qué Zurita? Porque es mi situación, es mi cuerpo, como dicen los pretenciosos que leen a Foucault, dos líneas, y empiezan a hablarte del cuerpo. Pero es lo que habito. Y lo habito como un tipo idéntico a millones de otros tipos. No creo que en las cosas que he escrito esté relatada una experiencia superior ni que esté en una situación de superioridad. He pretendido que hable lo más raído, lo más bajo, lo quebrado; porque solamente desde esos lugares puede surgir efectivamente una visión nueva. Felices los felices, dice Borges. Los felices están bien. Pero los que hay que nombrar son los que no son felices, aquellos a los que no les son fáciles las cosas. Los más débiles, los más quebradizos. Hay una cosa que siempre me impresionó de Miguel Ángel: que le dieron un puñetazo y le aplastaron la nariz y lo primero que hace es aparecer en su primera obra, es autorretratarse con la nariz aplastada. Entonces si nos han causado dolor, lo recibimos, lo multiplicamos, y esa es la respuesta de la belleza.

Chahín. Uno lee tu poesía y puede verificar diferentes fuentes, pero ¿de qué tradición en Chile nace tu poesía? Porque yo la veo más fuera de Chile que en Chile mismo.

Zurita. Yo fui un lector tardío de Neruda.

Álvarez. De Neruda y el paisaje.

Chahín. Pero el tuyo no es el mismo paisaje que el de Neruda.

Zurita. Yo creo que no. Neruda les canta a los paisajes.

Chahín. En Neruda el paisaje constituye un canto de exuberancia verbal, sinfonía vegetal, materia excesiva y torrencial; en cambio en ti el paisaje es más denso, desértico y crítico.

Zurita. Son imágenes-imaginaciones. Se mueven, conversan, hablan… se convierten en humano. 

Álvarez. Veo el vínculo porque después de Neruda ningún poeta chileno, que yo conozca, había establecido esa relación tan visceral con el paisaje. No en las metáforas sino en la mitificación.

Zurita. No quiero que crean que quiero decir que no soy un seguidor de Neruda. (risas)

Chahín. Los paisajes tuyos son estados mentales.

Zurita. Son mentales y cumplen una función también. Cuando vino el golpe empezaron los militares con todas sus canciones. A cada rato sonaban en las marchas: [Zurita canta] “cantemos la gloria del triunfo marcial que el pueblo chileno obtuvo en Yungay”. Toda la mitología guerrera, fascista y milicoide. Los militares nombran los territorios, nombran la patria. [Zurita canta] “Puro Chile es tu cielo azulado, pura brisa, y ese mar que tranquilo te ven”. Es como si hubieras tenido un abrigo que nunca te importó y meramente te lo roban. Nunca te había importado, pero la persona que te lo roba empieza a hacerlo notorio. Y es mío también. A mí me pasó exactamente lo mismo. Empiezo a nombrar Chile para arriba y para abajo. Los nombres de Chile me aparecen después del golpe. Entonces, ¿cuáles son los significados que importan? ¿Los significados que pretenden implantar los militares, el fascismo, o los significados que se fueron construyendo desde Alonso de Ercilla, Víctor Jara y la Violeta Parra, Nicanor Parra, Pablo De Rokha, Pablo Neruda? ¿Es el Chile de sus poetas, de sus cantores, de sus artistas o el Chile de los militares? Ahí se establece una lucha. Esto lo he visto después, no cuando lo hacía. Es que nosotros, y hablo de nosotros porque no he sido el único, dimos una lucha por los significados, no por los significantes. El Chile que yo digo es el mismo Chile como palabra, como significante, que nombran los militares, pero, ¿cuáles son los significados? Y creo que fue una lucha feroz de la cultura chilena contra la dictadura: no perder los significados. Si te ganan la lucha de los significados, la derrota es eterna. Entonces creo que esa lucha por los significados, no la mía en particular, fue la que significó que ganaran. Y todavía estamos sufriendo las consecuencias. Pero esa victoria no fue un absoluto. Y tiene que ver con una cosa también, con el último discurso de Salvador Allende: “Más pronto que tarde se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor”. Esa voz es tan fuerte, tan emocionante, te da una obligación con las palabras. Y la otra cosa es la palabra para luchar contra fuerzas que son infinitamente superiores a ti. Entonces yo hago una obra, un acto, una poesía que se fuera con todo, y que la palabra tuviera la misma fuerza que podía tener un cañonazo, un misilazo o la tortura que estaban haciendo en los genitales. Tenía que tener esa contundencia. Tenía que irse con todo, con todo. No dejarse una gota de cuidado, no tratar de hacer bonitos poemas. Yo pongo en una parte del Zurita: “Yo no escribo cosas bonitas ¿me entiendes?, yo en cada letra cago sangre ¿me entiendes?”. La poesía no consiste en decir en bonito lo que puedes decir de otra manera. Y esa fue la razón, con todo el respeto que me merecen mis tantos amigos, por qué en Chile no prendió nunca el neobarroco. La lucha fue por los significados, no por los significantes.

Chahín. Sin embargo, para algunos críticos tú eres un poeta neobarroco.

Zurita. Que me pusieran en la antología Medusario, se lo agradezco; pero yo no participo de esa ni en la “o”, independientemente de que José Kozer y Roberto Echavarren y otros me parezcan buenísimos poetas, pero no es mi humus. Ayer le decía a Soledad que la obra del barroco que me alucina es el Paradiso de Lezama. Está entre mis obras máximas, y también Carpentier. Pero a mí la poesía de Lezama no me gusta. Yo la llamo “el jardín de las palabras”.

Álvarez. Mencionas a Carpentier, a Lezama, y ayer cuando hablábamos recordé de Lezama la imagen como absoluto y caí en cuenta de cómo, en esa preeminencia de la imagen tuya el lector la ve generarse y crecer en la lectura. Como cuando dices que la dignidad del desierto de Atacama se eleva como un pájaro en el cielo.

Zurita. Si quieres tener una imagen visual en la poesía de Lezama es muy difícil. Tienes imágenes acústicas, el sonido es la danza entre los sonidos, las palabras. Pero una imagen visual es prácticamente imposible. Yo descanso más en la imagen visual, que por demencial que sea pueda construir los espacios. En teoría es loco pero puedes imaginar el desierto como un pájaro volando. En las imágenes también hay diferencia con Neruda. Cuando dice [Zurita recita a gran velocidad]: “del aire al aire como una red vacía, iba yo entre las calles y la atmósfera llegando y despidiendo, en el advenimiento del otoño la moneda extendida de las hojas”… es más difícil. Pero el sonido: “del aire al aire como una red vacía”. Impresionante.

La poesía no consiste en decir en bonito lo que puedes decir de otra manera.

Álvarez. Volvamos al barroco.

Zurita. Yo digo un poema barroco. Para mí del más grande poeta barroco que ha existido. Está vivo. (Zurita recita a gran velocidad): “Vértice euclidiano escinde secularidad agonal… Contraditio Concordio… leve escarceo de demiúrgicos dedos cimbran de cinabrio e incienso… la mónada inmortal de l’eternidad… Mustio hasta lo álgido llanto iris-discente irradia ajada lividez… Rotterdam… Rotterdam… Rotterdam. Adán sin sierpe ni hespérides. Calíope sin sierpe ni hespérides… Plena d’alfileres damocleanos… pitonisa que pregona el pregón d’arcanos advierte: Los héroes son de alabastrina y diamante”.

Álvarez. ¿Quién es?

Zurita. Es Anastasio Lovo, nicaragüense. Impresionante.

Chahín. Es un texto denso, vertiginoso, rítmico, y hasta impresionista.

Zurita. Cuando se lo escuché hace 44 años, él tendría 21 años y me incliné, porque está llevado a lo extremo. Y me fascina y me lo aprendí de memoria. Lo veo cuando voy a Granada. Ese barroco es sublime. ¿Cómo termina?: “pitonisa que pregona el pregón de arcanos advierte: los héroes son de alabastrina y diamante”. Y está dedicado al Frente Sandinista de Liberación Nacional. ¡Y cómo mezcla planos el tipo! Eso es sublime. Pero ahí está el artista llevado a su máximo. Es una explosión del lenguaje. Pero en general siento que lo neobarroco lo dejan hasta por ahí no más. Repito que hay muy buenos poetas que se sienten “neobarrocos”, pero el presupuesto teórico de que al optar por la dilapidación del lenguaje contra el principio de la eficiencia del capitalismo… ¡El problema es que al capitalismo le importa un pepino el lenguaje que utilices! (risas)

Álvarez. Hablando del neobarroco, cuando estás frente a la página, ¿estás consciente de tus búsquedas formales, te lo planteas a priori o sencillamente es un fluir?

Zurita. Estoy consciente de lo que estoy haciendo, por lo general. Pero lo que sale me sorprende siempre. Me funciona la autocrítica más que el hecho mismo de lo que estoy haciendo. Sé cuando se me fue por otro lado. Me doy cuenta.

Chahín. El libro Zurita es un título revelador. “Aquí estoy yo, soy todo, esta es toda mi poesía, es mi vida”. Sin embargo, el libro parece revelar un diario de peleas y conflictos contigo mismo, y con Chile.  

Zurita. Puede ser.

Chahín. Porque hay, visceralmente, de todo ahí. Empezando por el derrocamiento de Salvador Allende, la historia de tu vida, el sufrimiento bajo la dictadura de Pinochet, la resistencia del pueblo chileno, pero también veo ahí una pelea constante de lo que procuras resolver en libros anteriores, y que en Zurita logra el registro más fulminante y elevado.

Zurita. Puede ser, pero si ustedes me dicen cuál es el libro con el que yo siento que hay una pelea, un diálogo, no es ni con Neruda ni con Dante Alighieri, es mucho más completo, es con 2666 de Bolaño. Por supuesto, son dos géneros distintos, pero también está Chile.

Álvarez. Bolaño en algún momento dijo que tú habías transformado la poesía chilena.

Zurita. Puede ser loco o presumido, pero siento que con Bolaño teníamos un raro paralelismo. Al tipo lo respeto porque era un jugado en extremo, políticamente en cambio era bastante tímido, de una ceguera política tremenda. Yo escribo Mein Kampf —así se iba a llamar el libro— y Bolaño escribe La literatura nazi en América; hago la escritura en el cielo, después Bolaño saca su Estrella distante, haciendo una escritura en el cielo. Bolaño habla de Parra, de la gran influencia de Parra, y no toma nada de él; al único que le toma es a mí, en el sentido de una cierta ambición. No quiero entrar en la competencia vulgar, pero a 2666 la tuve en mente. Pero también tuve en mente el Ulises de James Joyce porque la cosa que hizo, transformar el poema más legendario, mítico, en la cultura como la Odisea, transformarla en un día, y después escribir el libro de la noche; el Finnegans Wake, es tan importante como la teoría de la relatividad. 2666 es una obra maestra que tiene una característica increíble, única entre las obras maestras de la literatura: o le sobraron 800 páginas o le faltaron 800 páginas. Es así, pero igual sales de ella boqueando.

Fue una lucha feroz de la cultura chilena: no perder los significados.

Chahín. ¿Y cómo llega el libro Zurita a convertirse en un texto total? Tengo entendido que en principio tenía otro título.

Zurita. Yo le iba a poner Mein Kampf. Finalmente lo hizo el noruego Karl Knausgard. Se atrevió a ponérselo. El libro nació en Alemania. Yo estaba pasándolo entre pésimo y esperanzado junto, pero estaba más cerca del suicidio, y creo que no me maté porque había una novela de un chileno que se llamaba Morir en Berlín y me encontré ridículo venir a morir en Berlín. Pero estaba tan deprimido, tan angustiado que me daba órdenes: “ahora hazte un té”, hacía un te; “échale agua, tómatelo”, porque era la única forma de salvar el instante y pasar al instante que sigue. Y es la única vez que he sentido la cosa de Dios, del Dios de que todo el mundo habla. No era algo colosal ni enorme ni pequeño ni nada. Dios es solamente ese hilo infinitamente tenue que cuando todo alrededor se derrumba te permite pasar de ese instante al que sigue. Solamente ahí, sentado frente a una maquina, al teclado del computador. “Pon tu nombre, escribe”, por qué está escribiendo, no sé. “Escribe un recuerdo”, escribo un recuerdo, estoy tecleando, no sé… y ahí empezó. Fue el momento también en que comenzaba una relación. Yo había conocido a la que es mi mujer. Me había separado hacía muy poco y todo lo que fue ese proceso me tenía muy deprimido, no porque marcharan las cosas tan bien sino porque había alcanzado una cierta normalidad y volver a separarme. Ahhh… poco después conocí, como les decía, a la que es mi mujer, pero yo a los diez días de conocerla partía a Berlín, sin saber muy bien en qué plano estábamos con Paulina, es su nombre, Paulina Wendt, pues yo volvía cinco meses después. Entonces fueron todas esas cosas que se juntaron, y se dio una manifestación contra Bush en Berlín, y de repente empecé a escribir de nuevo porque hacía cuatro años que no escribía ni la “o”. Y escribí bastante en Berlín, cinco años después volví a ver lo que había escrito. Y ahí ya estaba Zurita entero.

Chahín. Es decir, no fue concebido como un proyecto, como algo premeditado.

Zurita. Fue mi última idea, pero no sabía cómo hacerlo.

Álvarez. Entonces, en ese momento la poesía sí fue una salvación.

Zurita. Sí. He tenido dos ideas en mi vida: una, que termina con La vida nueva, la segunda fue Zurita. Ahora estoy buscando con desesperación a ver si se me ocurre una tercerita…

Habían pasado dos horas desde que iniciamos la conversación. Cómplice y gozosa. Y no queríamos terminar. Quedaban, entre otros temas, su idea y práctica de la poesía como “arte total” en performances y poemas-instalaciones que han llevado la expresión poética a límites inéditos, y su última novela autobiográfica, El día más blanco, memorias de infancia y juventud en la que los recuerdos personales, amalgamados con la historia del país dan las claves de su universo creativo.

A punto de apagar la grabadora del celular, un comentario jocoso sobre el énfasis en el paisaje en la entrevista motiva la hermosa reflexión de Zurita sobre el paisaje, un regalo para los entrevistadores y lectores de esta entrevista.

 

Zurita. Yo creo que los paisajes son grandes telones en blanco que nosotros vamos llenando con la pasión de vivir; que es la vida la que va levantando las montañas y a la vez las montañas se levantan contigo, que uno dice “montaña” porque otros han dicho montaña. Una montaña es una montaña porque otros la han visto como montaña; entonces cuando tú ves una montaña en cierto sentido todas las miradas que han visto esa montaña se devuelven y te saludan. Por eso los paisajes emocionan: porque son las grandes representaciones de las pasiones humanas.

El paisaje no existe, fuera de una pasión sobre la cual se tiende. Es como levantar el escenario donde tú estás viviendo. Y esto no es tan tirado de las mechas por lo siguiente: porque en Ercilla, Alonso de Ercilla, que es un poeta capital, un soldado español que escribe La Araucana, un poema épico, aparece por primera vez la naturaleza. En estos países, antes de llegar los españoles hay algo, pero no era la naturaleza, no era lo que entendemos como naturaleza. Eran espacios sagrados, mágicos, pero la naturaleza empieza con Ercilla, con él es la primera vez que aparecen los paisajes chilenos, porque son obstáculo. Si no fuera porque los bosques son obstáculos donde se esconden los araucanos para luchar y oponerse al avance de los españoles hacia el sur, no hubieran aparecido. Y aparecen los grandes ríos, anchos, torrenciales porque impiden el avance. Si no hubieran impedido el avance no hubieran sido nombrados. Entonces toda la naturaleza en sí se va levantando en la medida que va obstaculizando el avance.

En cierto sentido la vida es también ir levantando paisajes, ir levantando los escenarios en los cuales tú estás viviendo, que se levantan al mismo tiempo. Y la gran, gran, gran conquista de Neruda en el Canto general cuando dice: “Antes de la peluca y la casaca fueron los ríos, ríos arteriales, fueron las cordilleras.” Es decir, antes que llegaron ellos esto ya estaba, y por lo tanto estará después que ellos se vayan. Así que no hay ningún sometimiento ni sojuzgamiento que sea permanente. Y transforma el paisaje en historia.

Santo Domingo, 22 de abril 2017

Raúl Zurita, poeta, escritor chileno, ha merecido, entre otros reconocimientos, el Premio Pablo Neruda 1988, Premio Nacional de Literatura de Chile 2000, Premio José Lezama Lima 2006, Premio de la Crítica 2012 y Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda 2016.