Con sentido

Manuel García Arévalo

La apasionante conquista del mar Caribe se produjo durante el transcurso de más de cuatro milenios con el paso de diferentes grupos aborígenes que, por diversos factores, se trasladaron desde las costas continentales hacia las islas antillanas.

Se desconoce si, como medio de transporte, las etnias más arcaicas emplearon rústicas balsas formadas por troncos de árboles amarrados con bejucos o cuerdas, o si, en cambio, ya usaban la canoa, embarcación monóxila construida a partir de un tronco ahuecado y utilizada profusamente por los habitantes de las selvas orinoco-amazónicas que pasaron desde las costas de Venezuela, alcanzando primero la isla de Trinidad para desde ahí continuar a las restantes islas.

Lo cierto es que, antes de la llegada de las naves españolas capitaneadas por Colón y los hermanos Pinzón que atravesaron el Atlántico en busca de nuevas tierras, los aborígenes de Suramérica se habían desplazado por las aguas del Caribe para poblar las tierras antillanas, estableciendo un dinámico sistema de comunicación e intercambio por medio de sus ágiles canoas.

Así, el mar verde-azulado que circunda el arco insular antillano, lejos de ser un obstáculo divisorio entre las diferentes tribus, se convirtió en su principal vía de enlace y transportación gracias a las habilidades náuticas de los indios, tanto de los continentales como de los antillanos.

El historiador Roberto Cassá valora la utilidad de la canoa, señalando que contribuyó significativamente a conformar aspectos fundamentales de la cultura taína. “Sobre todo, creaba la posibilidad de regulares contactos e intercambios culturales de grupos taínos de islas diferentes y, ocasionalmente, con grupos continentales”1.

A este respecto, en su Historia de las Indias, fray Bartolomé de las Casas, quien fue testigo presencial de la conquista del Higüey, informa cómo los indios de este cacicazgo, situado en el extremo oriental de la isla Española, se comunicaban con la cercana isla de Boriquén, hoy Puerto Rico: “[…] y no hubiese sino 12 ó 15 leguas de distancia, cada día se iban en sus canoas o barquillos los de esta isla a aquélla y los de aquélla a ésta venían y se comunicaban, y así pudieron bien saber los unos y los otros lo que en la tierra de cada uno había”.

Los taínos utilizaron las canoas y los cayucos, tanto en la navegación fluvial como marítima, para sus menesteres de pesca y práctica del comercio, al igual que para sus desplazamientos guerreros o como simple medio de transporte.

De modo que la canoa contribuyó en épocas precolombinas a desarrollar un verdadero diálogo y al establecimiento de un lenguaje interinsular, como se desprende de la afirmación de Andrés Bernáldez, mejor conocido como el Cura de los Palacios, quien al poco tiempo del descubrimiento de América, y luego de haber oído personalmente las experiencias del Gran Almirante, señaló con marcado asombro que “en tantas islas no haya diversidad de lenguas”, lo que podía deberse al “navegar, que eran señores de la mar. Y por eso en la[s] de Canarias no se entendían, porque no tenían con qué navegar, y en cada isla había una lengua”2.

El testimonio de Colón

El propio Cristóbal Colón pondera elocuentemente en su Diario del primer viaje —lo mismo que en su célebre “Carta del Descubrimiento”, dirigida a Luis de Santángel, escribano de ración de los Reyes Católicos— la facilidad y buena disposición que tenían los indígenas antillanos para la navegación cuando indica que eran “hombres que navegan todas aquellas mares, que es maravilla la buena cuenta que ellos dan de todo”, y que con sus canoas “navegan todas aquellas islas, que son innumerables, y tratan sus mercaderías”.

Como experto en el arte de navegar, Colón se esmera al describir las embarcaciones autóctonas: “Ellos vinieron a la nao con almadías, que son hechas del pie de un árbol, como un barco luengo, y todo de un pedazo, y labrado muy a maravilla según la tierra, y grandes en que en algunos venían 40 y 45 hombres. Y otras más pequeñas, hasta haber de ellas en que venía un solo hombre. Remaban con una pala como de hornero, y anda a maravilla. Y si se les trastorna, luego se echan todos a nadar y la enderezan y vacían con calabazas que traen ellos”. El descubridor de América se asombra, además, de su abundante presencia entre las comunidades indígenas cuando frente a la costa norte de Haití, en el cacicazgo de Guacanagari, tuvo un impresionante recibimiento de “más de ciento veinte canoas que vinieron a los navíos, todas cargadas de gente, y todos traen algo, especialmente de su pan y pescado y agua en cantarillos de barro y simientes de muchas simientes que son buenas especias”.

Al principio, Colón llamó “almadías” a estas primitivas embarcaciones, pero después aceptó plenamente el término taíno de canoa, consignándolo de forma reiterada en sus informes, lo que ocasionó que fuera el primer vocablo americano incorporado al idioma español, al ser incluido comopalabra nueva en el Vocabulario español latín de Antonio de Nebrija en 1493, la cual alcanzó igualmente difusión en otros idiomas europeos.

Las reiteradas referencias hechas por el Gran Almirante al desplazamiento de los indígenas en sus prácticas embarcaciones monóxilas han motivado a los estudiosos del periplo colombino a considerar la canoa como una de las claves de aquel primer derrotero por las aguas del Caribe, ya que, gracias a las indicaciones de los indios, Colón fue capaz de guiarse por los mares del Nuevo Mundo en sus viajes de exploración y descubrimiento3.

Precisamente a bordo de una canoa, Diego Méndez, el leal compañero de Colón, protagonizó su legendaria hazaña de cruzar desde Jamaica a Santo Domingo, con el objetivo de pedir auxilio para el desdichado Almirante y su tripulación cuando, al final del calamitoso cuarto viaje, se encontraban varados en las playas jamaiquinas con las naves deshechas. La proeza náutica realizada por Méndez fue tan celebrada que, poco antes de morir, mandó que en la lápida de su tumba figurase la imagen de una canoa.

Las canoas y los cayucos continuaron utilizándose intensamente durante la época colonial. Y todavía a principios del pasado siglo XX el puerto de Santo Domingo estaba atestado de canoas de variados tamaños, en las cuales los campesinos llevaban sus productos a través del río Ozama para suplir de víveres, frutas y carbón a los vecinos de la ciudad capital.

Vector de intercambio y unión

Con la finalidad de demostrar el conocimiento marítimo alcanzado por los indígenas antillanos y la utilidad de las canoas en la navegación, no solo en la de cabotaje sino también en la de mar abierto, el geógrafo y comandante revolucionario cubano Antonio Núñez Jiménez —en el marco de la conmemoración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América— se propuso reeditar el desplazamiento geográfico de los primeros pobladores de las islas antillanas partiendo desde las zonas orinoco-amazónicas, aprovechando el curso de las corrientes y la orientación de las estrellas.

La expedición llamó la atención sobre la existencia de un mundo autóctono antes de la llegada de los europeos y los contingentes africanos. Aunque lo más relevante de esta singular y riesgosa travesía fue imaginarse el Caribe sin las tensiones políticas y los fuertes contrastes económicos y sociales que hoy fragmentan a nuestros pueblos, al extremo de encontrarnos actualmente más desunidos que hace cinco siglos, cuando los nativos se impulsaban libremente en canoas a través del mar.

En un Caribe fraccionado por barreras lingüísticas, ideológicas y políticas, la imagen retrospectiva de los desplazamientos indígenas en sus canoas por el islario antillano nos convoca a reflexionar sobre nuestro legado prehispánico.

Los actuales pobladores de las Antillas procedemos de muy diversos y remotos lugares, y muchos de nuestros antepasados llegaron en grandes canoas trasatlánticas impulsadas por velas o vapor. Tenemos —como ha dicho Julia Álvarez en País Cultural— una hibridez y movilidad multirracial, multicultural y multifacética creada a partir de sucesivas migraciones. Formamos una sorprendente amalgama de pueblos que tuvo como punto de partida las ondas migratorias nativas. Por eso, la canoa constituye un símbolo de interconexión y unidad que despierta un sentimiento muy íntimo de fijación local y representa un claro exponente de las profundas raíces que sustentan las identidades fluidas del Caribe.

Tal vez, intentar unificar los distintos países que conforman el arco insular antillano en un espacio sin fronteras tan solo sea una utopía. Pero puede lograrse. Un ejemplo de tal posibilidad lo constituye la Unión Europea. El propio descubrimiento de América dio vuelos al pensamiento utópico, donde nuevos espacios, nuevas gentes, nuevas formas y posibilidades de vida se conocieron y se integraron para siempre, uniendo a dos partes de la humanidad que hasta entonces estuvieron viviendo de espaldas.

A fin de cuentas, nuestras islas del Caribe tienen derecho a enrumbarse dentro de un nuevo orden geopolítico que trascienda las fronteras nacionales y se coloque por encima de las diferencias que nos segregan para beneficio socioeconómico y cultural de sus pueblos. Aunque parezca una utopía, vale la pena imaginar la concretización de la unidad antillana anhelada por Betances, Martí, Gómez, Hostos y Luperón.

Pictografía de canoa taína. Cueva de Hoyo de Sanabe

1. Roberto Cassá, Los taínos de La Española, Santo Domingo, Ediciones de la UASD, vol. CLXV, 1972, p. 92.

2. Andrés Bernáldez, Memorias del reinado de los Reyes Católicos, edición y estudio de Manuel Gómez-Moreno y Juan de M. Carriazo, Madrid, 1962, cap. CXVII, p. 276.

3. Antonio Núñez Jiménez, El Almirante en la tierra más hermosa. Los viajes de Colón a Cuba, Diputación Provincial de Cádiz, Jerez de la Frontera, 1985, p. 17. Véase del mismo autor En canoa del Amazonas al Caribe, Imprenta Amigo del Hogar, Santo Domingo, 1992.

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