Poesia

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En torno a un tríptico de poesía marina

J U A N  C A R L O S  M I E S E S

Leo estos versos y me pregunto si el mar de Miguel Alfonseca que es metáfora circular y referencia de intimidad, de amor y de tristeza, que resbala sobre cantos rodados en una noche de guerra y de agonía y que como una presencia mitológica enmarca la violencia, la incertidumbre y hasta el consuelo del amor. 

O el de Alejandro González, que es dura y dulce prisión como la vida; mar que nos habita y nos define dolorosamente, que nos devora y que al hacerlo nos recrea; mar que nos plantea preguntas esenciales, que —como las de Mir— sugieren ellas mismas sus respuestas.

O el de Franklin Mieses Burgos, que nos lleva de la mano en un paseo intemporal a partir de una vieja calle de Ciudad Nueva hasta el antiguo crisol de la creación, antes de la paciente escritura de Dios, y que sirve de pretexto a reflexiones en las que el poeta se remonta más allá del Génesis, si es posible esa hazaña… ¿Pero, acaso no es lo imposible la norma de los poetas?

Ante el mar que se abisma en estos versos evoco el tentador de Aníbal; el promisorio de Jasón; el despiadado y sangriento de Lodbrok; el sin retorno y sin consuelo de Lembá el rebelde; el celestino mar de Helena; el vengador de Menelao y el eterno mar de Dios, vacío y oscuro hasta la sorprendente luz del primer día... Y me digo, finalmente, que el mar de los poetas es otro y es el mismo —único y múltiple— que siempre ha sido mío, que siempre será nuestro: el fluyente mar que despliega tenaz en nuestras venas sus íntimas mareas de obstinada vida y de incansable muerte.

FRANKLIN MIESES BURGOS

Segunda variación

Ahora que en mí siento

la inconmovible eternidad gritando

como un árbol erguido, como una oscura piedra

caída en lo profundo, en un grito que cobra

su precisa medida de estatura de mundo;

ahora que en mi carne yo sé que está esculpiendo

la soledad su estatua más honda de silencio,

porque no soy un bosque de hojas, sino un hombre,

limitado en la forma de su humana presencia:

devuélveme mi mar veraz de otras edades;

mi fino mar de vidrio transparente,

desmelenado igual que los leones,

con su náufrago cielo solitario

en la aurora salobre de sus rosadas conchas,

con sus yodos terribles, sus salitres

de milenarios miedos oxidados

en el bronce sonoro de sus negras campanas:

mi mar, mi viejo mar, poblado todo

de corales profundos

y tenebrosos légamos primarios;

 

 

el que vive aún en mí, petrificado,

en submarinas olas

de pretéritas penas congeladas;

el mar que no se ha ido, porque en mí está varado

como en el tallo del rosal la rosa,

como mi corazón sobre la tierra.

Oh, mar creación perfecta,

e hijo preclaro de mi sagacidad:

dame tu oscura lámpara de sombras;

quiero irme de nuevo desnudando

hasta volver a ti

y ser tus olas.

 

      De: Sin rumbo ya y herido por el cielo (1944)

Alejandro González Luna

estudio preparatorio para un poema de la isla

Esto es una isla: viejo mapa del fuego. Peñón de sombras   y cacharros. Pájaro herido que intenta volar sobre la lengua. Escozor que raspa y corroe nuestra sangre. Esto es una isla: tierra sin puentes. Enjambre de pequeñas palabras que arropan las olas. Lengua de larvas y astillas diminutas que tiene sus raíces en mi boca. Lenguaje que sobrevive a duras penas. No cede nunca la marea aquí: muerde, traga, conjetura. Todo el día. Animal inquieto el agua, el cerco, las preguntas. El mar tiene dialectos y origen en un mismo hueso. En la orilla, el agua obra su verdad última, su desenlace.

                                    De: Donde el mar termina (2016)

Miguel Alfonseca

Canto del mar en la guerra

Oscuro es el mar en la madrugada 

como un vuelo lejanísimo de aguas,

como un gran animal de tristeza y espanto 

rodeándonos, 

cercándonos.

 

Oscuro es el mar en la hora 

de blancas cabelleras sobre la ciudad, 

de enredaderas malvas y violáceas 

colgando del viento insomne y del cielo: 

aún los pájaros no desgarran la niebla 

y se hunden las estrellas, desoladas.

El ojo de nuevo se abre al mundo. 

 

Oscuro es el mar en la madrugada, 

como la desolación del hombre, 

como la soledad después de la entrega, 

como el recuerdo de grandes matanzas 

en los días más agrios de la guerra.

 

Oscuro es el mar. 

A través de los cristales yo veo su lomo, 

yo veo su espinazo de movible epidermis 

donde los peces muerden las algas y las sombras.

Los peces muerden el anzuelo del hombre, 

donde se acaba el mar.

                                          

A través de los cristales yo veo su universo, 

escucho su voz más honda que los tiempos 

y la tristeza, ¡ah, la tristeza!, 

suelta avispas en mi pecho y mi garganta.

Oscuro es el mar a través de esta ventana.

Sueño de amantes quebrados en la despedida 

y de ancianas gaviotas sobre los peñascos.

 

Oscuro es el mar a través de esta ventana 

y más oscuro aún en la madrugada de guerra.

Yo veo los escombros, el resto del incendio,

allí quedaron cuerpos de muchachos alegres 

para quienes la vida era el combate,

para quienes la vida fue una infancia enrejada 

y luego las cenizas antes de crecer.

 

Yo veo escombros, el resto del incendio, 

allí quedó la sangre caída junto al grito 

en un derrumbamiento de árboles y huesos.

Allí quedaron muertos 

junto a rocas y troncos y lenguas de salitre.

 

Oscuro es el mar

y la canción marina de la guerra:

-Abril trajo la guerra y entonces todo ardió.

Yo vi las llamaradas girar en desenfreno 

desencadenando humo y huestes de la furia.

Los muertos cubrieron 

el espacio más amplio y maduro de la tierra.

Los muertos cubrieron 

la voz y el corazón de los habitantes.

Entonces fue el acero 

sobre mis marinos herbazales 

y la muerte ladró desde mis aguas tranquilas.

Entonces fue la muerte desde mis ondas 

y el sollozo más duro salió de mi garganta.                                                      

 

Guinda el cielo sus morados telares 

sobre las extensas planicies salobres.

El silencio aprieta calles y edificios 

y ferozmente lucha con la brisa.

A mi lado está la amada y la esperanza 

durmiendo en la tregua de la guerra 

y dulcísimo es el vagido del alba.

Claro es el mar.

Más claro.

 

Abajo, el ruido de un fusil despereza la calle. 

Alguien golpea los tímpanos del sueño 

anunciando un periódico. 

Claro es el mar.

Más claro.

 

Un rumor de pasos creciendo tira del día. 

En los vidrios, una violenta rotura sin estruendo 

me enceguece.

El mar de golpe borbota reflejos en Oriente 

desparramando blancos, verdes, azules, 

sobre las lilas y violetas de la madrugada.

La sangre sobre el mar, extendida y brillante.

Claro es el mar.

Claro es el mar en la alborada.

El despertar.

De: La guerra y los cantos (1969)

MONCHOACHI

Devoción

Encíclica para permitirme caer

(a Matchbox 20 y Mick Jagger)

 

Enfermedad de la distancia

la mancha de los muchos días.

Se porta cual bacteria el vivir sin ti.

Extraña Ébola azucarada con suero

de carcajadas y algo de agorafilia

en el punto de no regreso

de tu traje negro Madame Butterfly.

Abrumado por su incendio. Recluido

en su centro como si fuera fruto

de cenizas. Bendita seas. Distancia

toda tú el sabor del colapso.

Alea iacta est la clastomanía de las perdidas

células. Balanceado en la cuerda

laxa donde me libro de mi enfermedad.

Dado de alta trazo sílabas

sobre un tronco que mil siglos espera

la miel que en su fósforo

entregue en cuerpo y alma al mundo

aquello que no puede ser si no está enfermo.

 

 

Poema inédito

RENÉ DEL RISCO BERMÚDEZ

 

 

 (Fragmento)

 

2                                  

 

La ciudad necesaria me recibió llorando

y escuderos terribles detuvieron mi risa.

 

Anduve gris entonces sobre calzadas rotas,

bajo árboles perennes, por torturados días.

Y era la luz del mundo y era el ruido del mundo

y era el dolor apenas de la tierra mordida.

 

(El abrazo del hombre con su angustia en la cara

apresuró mi viaje hacia tu amor, muchacha).

 

Pero yo te buscaba sobre los días perseguidos,

entre la propia muchedumbre retorcida,

aquí, en la pena que oscurece el comedor de las humildes casas.

 

Te seguí en los espejos, en las oscuras calles,

en los iluminados corredores

y la angustia del pueblo alzaba copas impacientes

y bailábamos todos como payasos locos del silencio.

 

Yo perseguí tu amor y tu cadera sobre revueltos lechos,

y acostado sobre la tierra lastimada

en los húmedos patios,

y de pies contra un árbol de cualquier avenida.

 

Te presentía en el deseo que humedecía mis sábanas,

en el sudor de las muchachas,

en las niñas desnudas, en las ropas tendidas

de los patios vecinos.

 

Mi sed te procuraba en los mediodías de los hombres,

la ciudad ardía en manos prisioneras

y en retorcidos corazones delirantes,

y la tristeza bajaba sombrías escaleras

en los desesperados minutos del silencio.

Esclavitud terrestre,

doloroso tránsito,

y la angustia giraba en la oscura mirada de los muchachos.

 

Acorralado en mi silencio quise arder en varillas verticales,

destruir campanarios, monumentos y cárceles,

y lanzarme a las calles sin camisa

y hallar mi pueblo enloquecido y ebrio

dando saltos fantásticos,

golpeando contra el techo las cabezas

por siempre levantadas y ya por siempre nuestras.

 

Yo te buscaba mujer, yo te buscaba,

mi amor andaba suelto por la ciudad ardiente

y cruzaba las calles entre automóviles y hombres

y animales y señales de tránsito.

 

Mi amor te perseguía en el pecho de las adolescentes,

en los iluminados aposentos,

en las piernas cruzadas de las mujeres en los parques

y en el desnudo cuerpo de las que se bañaban

bajo las regaderas de sus casas.

 

Por ascensores y túneles y sótanos iba yo con mi amor,

crucificado en el estrépito de tanto mundo atormentado,

desesperado y solo

en la hora más alta de los atardeceres

lentamente cayendo sobre los edificios.

 

Más allá de los años te seguía procurando mi silencio,

bajo cerradas lluvias

encarcelado en las calles sordas y ensangrentadas

con un oscuro nombre cruzado en la tristeza.

 

Te me hacías necesaria para querer mis cosas

y tener un lugar definitivo,

para poder amar lo que nos ata,

para tener un cuerpo con las cosas

que no tuviera el mío,

pero que fuera mío para siempre.

 

Te me hacías necesaria para apretar los vasos y las frutas

y andar entusiasmado como un muchacho saludable,

y secarme la frente sudorosa con una mano diferente

y sobre todo, para olvidar un poco esta terrible angustia.

 

Era preciso oír una amorosa voz acompañándome a través de los días,

alimentando este furor de reconquistas,

cuidándome la piel y esta pobre cabeza que todavía me duele de silencio.

 

Te me estabas haciendo necesaria hasta para aprender a levantarme,

para luchar contra posibles vientos,

contra los vuelos poderosos,

para mirar las cosas de los hombres como admirables cosas de mi tiempo.

 

Eras ya necesaria para desembocar esta tristeza

en un abrazo ardiente con la vida.

 

 

3                      

 

Pero no sé qué decirte, qué rayas te formaron,

en qué cerrado círculo descubrí tu presencia,

en qué lámpara ardías,

qué guerras te situaron de espaldas a mi búsqueda

donde tu piel lloraba,

y tus cabellos tristes

y tus pasos…

 

No sé qué decirte, qué parecida fruta me señaló tu nombre,

hacia qué claridades huías y lanzabas tus flechas invencibles,

dónde te desvestía el solitario otoño en que te aprisionabas,

por qué sombrías calles donde yo transitaba te me habías perdido,

qué habitación lejana refugiaba tu ausencia para desesperarme.

 

(Apenas si recuerdo tus encendidos ojos, tus manos

y tus pequeños senos de muñeca).

 

Ya no sé de los fuegos

ni de las apresuradas hélices que estremecieron mis maderas,

las derribadas puertas, las profundas campanas

desesperadamente sacudidas por mi espanto

cuando tú apareciste no sé bajo qué arco,

ni en qué cerrado signo.

 

Ya no puedo decirte qué lluvias te trajeron,

sobre qué iluminadas estaciones llegas a mi universo

estrujando cerezas en las manos,

quién gimió para siempre con tu arribo

 

Solo podría contarte dolorosas historias de horas destruidas,

remotas, lúgubres, donde giraban temerosas mis palabras

y te buscaban mis pájaros ansiosos.

Tal vez podría contarte de las hinchadas frutas que trajiste,

del vino que trajiste, de las espigas que trajiste

y de la tibia luz que me trajiste.

 

Contarte del poderoso golpe con que acosaste a mis verdugos,

señales luminosas que me hiciste

no sé desde qué órbita, desde qué lejanía.

Situar esta tristeza más allá de los días consumidos,

contarte aquel espanto que sacudió mis edificios,

alzar mis monumentos,

soltar mis pájaros de nuevo y entrar con lacerada voz en el iluminado pueblo

que emergió de tus besos en aquella hora ardiente.

 

 

4                                          

 

Estoy en ti con las manos de los náufragos,

con las rosas que pueblan tu voz mansa,

con los azules cielos y las azules aguas

y las azules cosas que rodean al mundo.

 

Estoy en ti, contigo, en mi universo de naranjas,

de minerales, de hombres desnudos

y cantando

solo sé que te amo,

solo sé que te amo.

 

En ti se levantaron mis ciudades dolientes,

de tu voz emergieron los hombres necesarios.

Ya sé que no estoy solo cuando miro hacia el mundo

y alguien espera un día de fiesta en su silencio.

Mark Strand

Entregándome

Traducción: Johnny Durán

Entrego mis ojos que son huevos de vidrio

entrego mi lengua

entrego mi boca que es el sueño constante de mi lengua

entrego mi garganta que es la manga de mi voz

entrego mi corazón que es una ardiente manzana

entrego mis pulmones que son árboles que jamás han visto la luna

entrego mi olor que es el de una piedra viajando a través de la lluvia

entrego mis manos que son diez deseos

entrego mis piernas que son amantes solo de noche

entrego mis nalgas que son las lunas de la niñez

entrego mi pene que en susurros infunde aliento a mis muslos

entrego mis ropas que son muros que soplan en el viento

y entrego el alma que vive en ellas

me entrego me entrego

y tú nada querrás tener que ver con ello

porque ya estoy comenzando de nuevo sin nada

Vigilante

Pinté un perro para que cuidara mi puerta,

un perro triste y feroz al mismo tiempo

que disuadiera a cualquier atacante.

Pero cuando fui a colgar el perro en mi puerta

vi que no había puerta, ni ventanas.

Pasé mi mano por la pared rugosa buscando una grieta,

tal vez un agujero. Comprendí que yo era la pared,

que iba a morir sin aire,

que la única grieta estaba en mis adentros

y que por los agujeros de mis ojos

miraba un perro triste,

triste y feroz al mismo tiempo.

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