Con parecer

Floriano Martins

Viajes del Surrealismo

Surrealistas americanos fueron a Europa por motivos distintos de los que trajeron a América a surrealistas europeos. Los primeros se desplazaron en busca de diálogo, lo que resultó en adhesión al movimiento, que de regreso al continente americano difundieron y en algunos casos reprodujeron en forma de grupos, manifiestos, exposiciones. A su vez, surrealistas europeos buscaron refugio en América, huyendo del clima tenso de la Segunda Guerra Mundial. Al llegar a lo que para ellos se reveló como un mundo mágico, se aventuraron en su pasado mítico, indiferentes casi por completo a las sociedades contemporáneas en las que vivieron por algún tiempo. Algunos, como Breton, ni siquiera se preocuparon por aprender el idioma local, fuera este el inglés o el español. Entre los primeros en llegar dos constituyen casos aparte. Benjamin Péret llega al Brasil en 1929. La residencia prolongada por dos veces en este país, intercalada por un período en México, lo llevó a aprender español y portugués. El otro es Antonin Artaud. Cuando vino a México, en 1936, ya no era considerado surrealista por sus pares. El caso de Artaud muestra uno de los aspectos intrigantes del surrealismo en Europa: la proliferación de nombres que se apartaron o fueron apartados del grupo con el correr del tiempo. La lista incluye, entre otros, a Jacques Prévert, Tristan Tzara, Malcolm de Chazal, Paul Eluard, Max Ernst, Salvador Dalí y Philippe Soupault, todos ellos poetas y artistas de relevante expresión, tema que merece un estudio aparte.

Carlos M. Luis, poeta y crítico de arte cubano residente en los Estados Unidos, en una serie de ensayos que publicó en Agulha Revista de Cultura bajo el título “Los surrealistas en América”1, observa que fueron tres las razones que llevaron a André Breton a México, en 1938: “La primera de orden económico, la segunda por su afán de establecer contacto con León Trotsky, y la tercera porque siempre vio a México como tierra de elección” . Es evidente que esa tierra de elección se delineó mejor gracias a los relatos de Artaud acerca de su visita a la región de los tarahumaras, en la sierra de Chihuahua. Breton prolonga su residencia en América hasta 1946; vivió en México y en los Estados Unidos, y visitó Martinica, Haití y la República Dominicana. Su gran descubrimiento en la poesía fue Aimé Césaire, a quien leyó en la revista Tropiques, dirigida por este poeta. En general, la atención de Breton estuvo casi siempre volcada hacia dos temas: las artes plásticas y el pasado indio o salvaje de la región. Este doble interés tenía por detrás un curioso motivo: su monolingüismo, que resultó en el predominio, la difusión y la universalización de las artes plásticas.

Reunidos en los Estados Unidos, los surrealistas europeos dialogaban plásticamente entre sí, en un ambiente que fue muy favorecido por la presencia de Peggy Guggenheim, sobre todo a partir de 1942, cuando ella abre la galería Art of this Century en Nueva York. También la presencia del artista Wofgang Paalen en México es decisiva; gracias a él y al peruano César Moro se inaugura, en 1940, en la capital mexicana, la Exposición Internacional del Surrealismo. También desempeñaron papel fundamental en este momento Charles Henri Ford y Nicolás Calas, este último otro europeo que pasa a vivir en los Estados Unidos, donde ayuda a divulgar el surrealismo a través de revistas como New Directions y View. Los propios surrealistas europeos que buscaron refugio en América eran, en gran parte, artistas plásticos; de manera que prácticamente se restringió al campo de esas artes el diálogo entre surrealistas europeos y americanos. En entrevista dada a Jean Duché, Breton dice que es “en el continente americano donde la pintura parece haber lanzado sus más bellos haces luminosos con atraso: Ernst, Tanguy, Matta, Donati y Gorki en Nueva York; Lam en Cuba; Granell en la República Dominicana; Frances, Carrington y Remedios en México; Arenas y Cáceres en Chile”2. Es curioso que mencione, al final, a dos integrantes del grupo Mandrágora, cuya actuación más destacada se dio en la poesía y no propiamente a través de sus collages. Pero importa observar aquí, respecto a la difusión del surrealismo en América, que la barrera lingüística operó favoreciendo las artes plásticas, inclusive con la aproximación de artistas americanos que comenzaban a organizarse en torno de una nueva tendencia, el abstraccionismo expresionista.

En gran parte, el monolingüismo de Breton contribuyó a aislar a los surrealistas europeos en una especie de gueto, lo que iba contra todo lo que ellos defendían en Europa. Es igualmente curioso observar que el surrealismo despertó siempre muy poco interés entre los poetas, en México y en los Estados Unidos, donde hubo un predominio de adeptos al movimiento en el campo de las artes plásticas. La inexistencia de diálogo generó ese silencio poético. Incluso considerando un caso atípico como el del mexicano Octavio Paz, o las afinidades con el surrealismo en la obra de americanos como Frank O’Hara, Philip Lamantia y Ted Joans —los dos últimos ya ligados a la Generación Beat—. Conviene recordar que Octavio Paz se inserta en el rol de surrealistas americanos que fueron a Europa y allí se aproximaron al grupo surrealista.

Con todo, el continente no se agota en los aspectos referidos; tampoco la aventura del surrealismo se restringe a la presencia de los europeos en esas instancias. Los deslizamientos verificados en la identificación de cuerpos —pulsantes o cristalizados—, en una materia quemante como esta, son de orden variado, y se destaca la argumentación exagerada, favorable o contraria. En rigor, no se dispone todavía de una bibliografía consistente que observe el continente en su totalidad o que estime valores propios del surrealismo en América. Esta fue la situación que encontré, en 2004, cuando publiqué la primera antología del surrealismo que reúne poetas de todo el continente, lo que significa considerar textos en cuatro idiomas: español, francés, inglés y portugués. Tal situación se repetía en 2008, cuando ese trabajo fue considerablemente ampliado, en contenido y circulación3.

Hay, sin embargo, dos estudiosos merecedores de una crítica más atenta, sea por sus esfuerzos de comprensión del tema o por el alcance de sus observaciones. Me refiero a Carlos Martín (Colombia, 1914) y a Stefan Baciu (Rumania, 1918-1993). El primero es autor del volumen más completo sobre surrealismo en América Hispana. El segundo publicó una antología (1974) seguida de una colección de artículos (1979). Aunque los dos libros indican en sus títulos que abarcan América Latina, en rigor el de Baciu toma la misma franja geográfica de observación del colombiano, o sea, los países hispanoamericanos.

Carlos Martín, en su libro Hispanoamérica: mito y surrealismo, hace una formulación cuando menos arriesgada, como tentativa de comprender el grado de influencia del surrealismo en nuestro continente. Dice:  

Dos transcendentales acontecimientos del Viejo Mundo occidental son el Descubrimiento de América, por el cual se logra establecer la integridad de la tierra que habitamos y, posteriormente, el surrealismo, que intenta descubrir y expresar al hombre integral, limitado hasta entonces por la tradición, la razón y la lógica que estructuran la cultura occidental4.

Descubrimiento y redescubrimiento, por así decirlo, como los dos puntos esenciales de fundamento de la cultura americana. El mestizaje actuando, en los dos casos, como componente decisivo en todas las conquistas internas, con sus inseparables contradicciones, evidenciando el carácter fundacional y singular con que el surrealismo se enraizó en América, identificando postulados y procedimientos de matriz europea con la vastedad cosmogónica del Nuevo Mundo. Pero incluso considerando la intensidad de ese diálogo —lo que llevó al cubano Alejo Carpentier (1904-1980) a declarar como mayoritaria la influencia del surrealismo en la poesía hispanoamericana—, hay que tener cuidado de no cargar la tinta surrealizando el continente. Un reflejo negativo de ello es el entendimiento, casi siempre equivocado, que se tiene sobre los precursores del surrealismo en América. El rumano Stefan Baciu, por ejemplo, impuso una lista que fue parcialmente validada por Octavio Paz, con los siguientes nombres: José Juan Tablada, José María Eguren, José Antonio Ramos Sucre, Oliverio Girondo y Vicente Huidobro. Ya volveremos sobre el tema.

1 Carlos M. Luis, “Los surrealistas en América” –parte I. Agulha Revista de Cultura # 67. Fortaleza/São Paulo, Enero/febrero de 2009.

2 “André Breton”, entrevista concedida a Juan Duché. Le Littéraire, 05/10/1946.

3 Floriano Martins. Un nuevo continente. Antología del surrealismo en la poesía de nuestra América. Una primera edición, publicada en Costa Rica (San José, Ediciones Andrómeda, 2004, 328 págs.), incluyó 30 poetas. Posteriormente un volumen ampliado alcanza una mayor distribución al salir en Venezuela (Caracas, Monte Ávila Latinoamericana, 2008, 670 págs.), esta vez incluyendo 50 poetas.

4 Carlos Martín. Hispanoamérica: mito y surrealismo. Bogotá, Nueva Biblioteca Colombiana de Cultura, 1986.

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