Convivencia

Aquellos que caminan en los parques prefieren el crepúsculo

Vianco Martínez

 La ciudad estaba enamorada de julio cuando Goico, un ácrata nacido pintor que se tambaleaba entre los colores y la noche, tomó para siempre las de Villadiego. Fue ensayando su muerte a través de sus pinturas, que se fueron desvaneciendo al final. Mientras se apagaba, la ciudad se encendía, negada a morir con él.

Sitiada por las paradojas y toda preñada de luz, Santo Domingo se parece a él. Tiene los ojos castaños y la triste luminosidad de sus obras, y está llena de reyes coronados de tristezas y mendigos coronados de colores. Y lo más importante, sabe reír cuando le corresponde y entristecer cuando le llega su hora. Sin Goico puede que la ciudad se haya vuelto menos colorida, y la tristeza más triste. Sin él, la invención tiene un dejo menos de eternidad.

Una vez hubo una guerra en la ciudad y ya casi está olvidada. Fue en abril, hace muchos años, en un momento en que la esperanza trabajaba a tiempo completo. Guerreros metidos a poetas y poetas metidos a guerreros. Y todos llevaban el aliento de su época. Esta es la hora de la dignidad, dijeron sus defensores, que tenían un verso en una mano y un fusil en la otra. Y la brisa marina era su dama de compañía.

Ciudad que ha sido armada / para ganar la gloria / Santo Domingo /digna fortaleza del alba1

Convertida por la historia en una circunstancia, Santo Domingo se levantó; el presidente Caamaño —presidente bajo las bombas— derramaba la dignidad de sus esquinas sobre los ocupantes extranjeros, mientras recuperaba el puente y asolaba a los tanques enemigos, devolviéndolos a su lugar; tanques que no pudieron vencer y que lo único que lograron fue que el futuro naciera lastimado.

La guerra terminó y sus héroes viven olvidados. Se ha vuelto mezquina la ciudad con sus recuerdos. A veces parece que sus calles viven para olvidar.

El mar, el mar

Esta ciudad que está en el litoral, esa dama señorial que viste de salitre, que en las noches juega con la luna y en febrero se quita el sombrero y se acuesta con la brisa, esa que lo entrega todo a la luz del sol, es la misma que se va en los ojos de cada marinero que pasa por el puerto. Los arpegios que vienen del mar y los susurros que cantan las gaviotas son parte del hechizo de sus tardes.

Hay un hombre mirando al mar, un hombre con la mirada trepada sobre las olas. Frente a él, las gaviotas cantan pero nadie las escucha. Esta ciudad es así, sorda para las gaviotas y dispuesta para la bullanga. Pero las gaviotas siguen ahí, como un cuadro suspendido en el lienzo de la nada, y no les importa si las quieren o las dejan de querer; llegan en las horas silenciosas y cantan aunque nadie las asunte.

Nathalie Handal, poeta palestina y ciudadana sin frontera de todos los lugares, guardó sus mejores asombros para esta ciudad:

Un abrigo multicultural. Una moto. Una estrella parecida a Júpiter. Un espejo de voces incompletas. Un dibujo de plumas azules. Un baile color de coco. El aliento que exhalan los tambores de bambú. Un lienzo con soles amarillos. Las campanas sueñan con las noches de antes en una colonia de nubes2.

Para luego preguntar en versos blancos:

 ¿No sabes, hijo, que en el malecón las mujeres se ponen tan doradas, tan fascinantes, que incluso el sol desaparece durante el día?3

Una ceiba y una sonrisa, tres ríos y una luna para cada tristeza son suficientes para hacer una ciudad.

Los lugares no ocurren sin sus habitantes y aquí, en esta ciudad de trenzas largas y caderas de agua, que devuelve mejorada la luz del sol en la sonrisa de sus muchachas, hay dos millones de almas para hacerla ocurrir, dos millones de almas como dos millones de hortensias. Y cada sueño es un proyecto inconcluso.

Manuel Rueda, poeta de siempre, que vino del Noroeste y, caminando por sus calzadas, terminó amándola y metiéndola en sus versos, la definió hace tiempo con el lenguaje de los dioses:

Santo Domingo es esto: un millón de habitantes / que te miran / un millón de moribundos que se esfuerzan bajo el sol / que hacen ruido y te miran/ te gritan / te esquivan a sabiendas / te persiguen / te violan / te agarran la solapa / te sacuden los hombros / te interrogan / te besan / te preguntan / te comprimen / te arreglan la corbata3

Aquellos que caminan en los parques prefieren el crepúsculo. Y la sombra de las ceibas. Y el lamento de las palomas. Esos parques fueron hechos para que la brisa tenga sentido y para rendirle un homenaje a la soberanía de las flores y las matas. Por ellos van muchachas que parece que acaban de salir de un cuadro de Elsa Núñez y se han puesto a caminar calle arriba y calle abajo.

Y nada como el buen decir de Miguel Alfonseca, el poeta del parque Hostos:

Han vuelto los niños a reír / en tus calzadas donde murió la primavera / donde la primavera se perdió bajo las púas / porque la sangre estaba allí invadiendo 4.

Con el calendario convertido en un recuento de ocasos y amaneceres, a Santo Domingo le tomó siglos salir de los muros y las piedras, y ahora, peleando con una modernidad hecha con pedazos de pasado y migajas del presente, y encandilada de horizontes lejanos, se quedó sin límites y se volvió desmesura. Ya nadie sabe dónde empieza y dónde termina esta ciudad. Ahora su guerra es la del tiempo y su mejor desvelo es el que dedica cada día a prevalecer.

Aquí está ella, toda galana, con sus viejos lucimientos y todas sus tristezas, ella, como una diosa mancillada, con su carrusel de alegrías necesarias y alucinada con los fuegos fatuos de la modernidad, llevando la música en las manos y aprendiendo a reír con los pies cada vez que tiene que llorar.

Esta es Santo Domingo, la ciudad de ojos castaños.

2   Nathalie Handal: “Santo Domingo”. Del libro La estrella invisible.

3   Nathalie Handal: “El viejo malecón”. Ob. cit.

4   Manuel Rueda: “Santo Domingo es esto”. Del libro La ciudad en nosotros, de Soledad Álvarez.

5   Miguel Alfonseca: Del libro La ciudad en nosotros.